Capítulo 16
H ollis Warren tiene que dar muchos saltitos seguidos a la vez que agita las manos con fuerza para poder disipar los nervios que desde hace días no la dejan en paz.
Podría decir que experimenta esa sensación desde el día en que el maldito Cupido se equivocó de festividad, decidió colarse en la fiesta de Halloween y flecharla, dejándola completamente atontada por una chica de ojos azules y acento precioso, pero a medida que ha pasado el tiempo y se ha hallado inmersa en esta novela de baja producción, la diseñadora ha notado que nada la ha puesto más nerviosa que volver a ver a Megan.
Han cogido dos taxis por separado y ahora que está esperándola frente al concesionario de coches en el que Scott Davenport trabaja, está segura de que va a desmayarse en cualquier momento.
—Me estás poniendo nerviosa —dice Brena, que aparta la mirada de la pantalla de su móvil para reñir a su amiga.
Hollis no le presta atención, sigue haciendo movimientos ridículos sin importarle quién pasa frente a ella y la mira como si estuviera teniendo un brote psicótico.
Solo están ellas dos en ese momento, Melissa está resguardada del frío en la esquina, con el móvil pegado a la oreja porque ha tenido que atender la llamada de un cliente.
Brena no tiene ninguna duda de que la pelirroja se está escaqueando, pero a Hollis parece no importarle, no desde que Megan se unió formalmente a la aventura de cazar al ladrón.
—Mira, ahí vienen —suelta la diseñadora de repente y tiene que ajustarse el abrigo porque ha sentido una ráfaga fría azotarla que nada tiene que ver con el clima.
—Y esa mujer no se le despega —murmura Brena con un deje de desprecio. Natalie le hace sentir cosas tan confusas que lo más fácil para ella es elegir el odio—. ¿Qué son, un pack?
Hollis gira el cuello para mirarla, la influencer al parecer no es consciente de que ellas van siempre a todos los sitios juntas, como un grupo dispar en el que no pueden vivir la una sin la otra.
—En el bar han dicho que venían juntas —le recuerda Hollis.
Brena mueve la mano en un gesto desdeñoso.
—Tenía la esperanza de que se rompiera una pierna y no pudiera unirse a nosotras —compone una sonrisa encantadora cuando ambas mujeres se acercan a ellas—. Megan, ¿qué tal estás?
Megan observa a la mujer con desconfianza, intentando que sus ojos no se desvíen hacia los iris oscuros que la contemplan fijamente.
—Deseando acabar con esto —mueve la cabeza hacia un lado—. ¿Vamos?
Natalie fulmina con la mirada a Hollis; sin embargo, cuando escanea a Brena, ese molesto aleteo regresa con más fuerza. Se gira para encabezar al grupo y evitar que se le note que de repente se ha puesto muy nerviosa.
—Allí está —señala la periodista.
Megan es la primera en reconocer a Scott Davenport desde el cristal exterior del concesionario.
El tipo le sonríe a una pareja que está mirando un coche de color rojo mientras camina despreocupado a su lado.
Ninguna de las cuatro mujeres dice nada, pero desde luego ese hombre no aparenta para nada ser un vulgar ratero que roba ordenadores portátiles después de un polvo, parece más bien alguien sofisticado que viste de forma exquisita y está acostumbrado a llevar trajes a medida.
—¿Cómo lo hacemos? —quiere saber Brena, que ya está preparando su móvil para grabar.
Natalie aprieta los puños con furia.
—Ni se te ocurra encender ese trasto. —La señala con el dedo—. Ya es suficientemente estúpido aparecer aquí por nuestra cuenta para acusar a alguien de ladrón sin saber realmente que fue él, como para también grabarlo.
Brena da un paso al frente con gesto retador.
—No queda muy bien de tu parte decir que no es el culpable —la influencer se cruza de brazos—, porque entonces estarías acusando directamente a tu amiga. Es la única extraña que había en la casa aparte de Scott.
La editora cierra la poca distancia que había entre ellas con la mandíbula apretada.
—A lo mejor ninguno de los dos tiene nada que ver y la ladrona está entre vosotras.
Brena abre la boca, el gesto es bastante teatral, pero le da más fuerza llevándose una mano al pecho.
—¿Cómo te atreves?
—Chicas. —Hollis interviene, cansada de todo este asunto—.
Dejemos de decir cosas que no tienen sentido, por favor.
No hacen más que empeorar la situación. Vamos a entrar.
—Se gira hacia Brena—. No grabes y mantente al margen.
—Luego se dirige a las otras dos mujeres, rehuyendo la mirada incendiaria de Megan—. Dejadme hablar a mí.
Asienten, en el fondo prefieren ser meras espectadoras de lo que pueda ocurrir en ese momento.
Cuando acceden al concesionario, Scott sigue atendiendo a la pareja; sin embargo, les hace un gesto de que esperen unos minutos y enseguida estará con ellas.
Ninguna se mueve, simplemente observan los pocos coches que hay exhibidos cuando un azote violento de puertas las sobresalta.
Hollis solo puede ver el destello rojo que avanza a zancadas, la cara de Scott horrorizado y Melissa Reynolds levantando la mano para abofetearlo.
—Serás hijo de puta —brama la mujer y la pareja que estaba con el vendedor da varios pasos atrás, desconcertada—. ¿Me follas y luego me robas? Menudo bastardo.
Brena reacciona y se mueve para calmar a su amiga, pero la escena está sucediendo tan rápido que no tiene mucha idea de qué hacer. Melissa niega con la cabeza sin apartar la mirada del hombre que tiene la mano en la mejilla y observa de reojo a la pareja que abandona el local.
—¿Dónde está el portátil? —pregunta Melissa, extendiendo la mano para que se lo entregue—. Más te vale que esté intacto.
Cuando Scott no contesta, la pelirroja avanza hacia él, arrinconándolo contra la pared.
—Espera, puedo explicarlo —dice el hombre, levantando ambas manos mientras su mirada nerviosa se pasea por el rostro de todas las mujeres—. Lo siento, de verdad que lo siento, pero tengo un problema y no he podido evitarlo.
Hollis camina con calma hasta detenerse frente a él.
—Tus excusas me importan una mierda, quiero mi portátil de vuelta. Ya.
—Es que no lo tengo —contesta, y cuando nota las caras de enfado, se apresura a explicarlo—.
Lo empeñé a los dos días. —Se pasa la mano por la frente, secándose el sudor—.
Soy cleptómano y ludópata, esa mañana, cuando me iba, lo vi sobre una mesa y no pude resistir la tentación de llevármelo.
La libreta, los dos bolígrafos y el pósit los tiré al contenedor.
Es en ese preciso momento, cuando el hombre habla de un pósit, que Hollis cae en la cuenta de que Scott no solo está aceptando que cometió el robo, sino que también confirma la historia de Megan sobre que le había dejado su número apuntado.
—¿Cleptómano? —pregunta Brena con el ceño fruncido, y Natalie suelta una exhalación ruidosa.
—Menos hacer vídeos y más cultura, bonita. —Mueve la cabeza—. Es un trastorno que impulsa a quien lo padece a robar objetos. No por necesidad, sino por la mera satisfacción de hacerlo.
—Gracias por la clase no solicitada.
Todos asisten perplejos al intercambio de las dos mujeres, cargado de una tensión sexual que ninguna de ellas parece reconocer.
—Me da igual lo que seas —sigue Hollis—, te he puesto una denuncia —técnicamente no a él— y quiero que me lo devuelvas.
Scott se pasa la mano por el pelo. Al final volverá a pisar la cárcel.
—Mira, lo siento —repite azorado—, pero no todo está perdido. Si tienes la denuncia, puedes ir a la tienda en donde lo dejé. Puedo darte la dirección.
—Deberías ir tú a recuperarlo, imbécil. —Lo señala Melissa con el dedo.
—No tendrá donde caerse muerto —Megan habla por primera vez, mirando al hombre que parece aterrado. Seguramente no lo estaba mientras se llevaba el portátil.
En efecto, Scott es un pobre desgraciado que está endeudado hasta las cejas y lleva meses sobreviviendo a costa de cometer pequeños hurtos y hacer apuestas con lo que saca de ellos. Cuando tiene suerte, vuelve a apostarlo todo y cuando no, vuelve a robar.
Hollis entiende que es una guerra perdida intentar que este tipo se haga responsable, por lo que decide que será ella misma la que vaya a la casa de empeño e intentará recuperarlo. Luego que la policía haga su trabajo.
Salen del concesionario cinco minutos después con la dirección en la mano y nuevas disculpas de Scott. Brena es la primera en hablar.
—Tienes que controlarte, por poco haces que se cague encima—le dice a Melissa.
—Era exactamente lo que pretendía —se recoge la melena alborotada—, no es justo que, por meter a ese idiota en el piso, todo esto estuviera ocurriendo.
—Ah, mira, ahora sí asume su culpa. —Natalie suelta un dardo envenenado y Melissa avanza hacia ella. Brena la coge por la cintura.
—Déjalo estar —dice la influencer —. Es mejor que nos vayamos.
Megan da media vuelta para marcharse, pero la voz de Hollis la detiene.
—¿Podemos hablar un momento? —El tono le ha salido tembloroso y se odia por estar tan nerviosa.
La periodista se gira y se cruza de brazos. Tiene la mirada fría y el gesto agrio.
—No, si vas a decirme algo, que sea aquí mismo.
Hollis las mira a todas y al menos tienen la decencia de encontrar atractiva la fachada frente a ellas, mirándola como si fuera una obra de arte. Siente una vergüenza tremenda, pero es ahora o nunca.
—Siento haberme comportado de esa manera, no debí acusarte sin hablarlo primero contigo —baja la mirada y se mira la punta de los zapatos—. Estoy segura de que lo habríamos solucionado sin llegar a esto.
Megan sigue en la misma posición y no pretende abrir la boca.
—¿Podemos vernos otro día? Y así...
—Estás de broma, ¿no? —Megan suelta un bufido—. Te dije que daríamos con este tipo para demostrarte que yo no había sido y que después no querría saber más de ti. Natalie, vámonos, por favor.
De inmediato, las dos mujeres se alejan de ellas y se pierden calle abajo.
Brena abre la boca, pero Hollis es más rápida.
—No quiero oír nada al respecto. —Saca las gafas de sol de su bolso y se las pone—. Voy a ir a comisaría a modificar la denuncia y luego a la casa de empeño. Si no queréis venir, no pasa nada.
Melissa y Brena la acompañan porque notan la tristeza por la que está pasando la diseñadora.
Caminan varias manzanas hasta conseguir una comisaría.
No es la misma donde pusieron la denuncia original, pero de camino Hollis ha llamado a información y le confirman que la modificación pueden hacerla en cualquiera.
Están allí casi una hora, pero esta vez salen con un papel sellado en el que figura el nombre del ladrón y dónde pueden encontrarlo.
—No se preocupe, señora, hoy mismo una patrulla irá a buscarlo —le ha dicho el agente—. Si tiene problemas para que le devuelvan el portátil en la tienda, llame al número de emergencias, pero normalmente se resuelve rápidamente. Entregue esta copia y lo recuperará.
Ahora están en la tienda donde un hombre la mira con el ceño fruncido y actitud hostil.
—No puedo entregárselo sin más, tiene que pagar —suelta el tipo.
Brena activa la cámara de su móvil y empieza a grabar.
—Oiga, señora, apague eso —se queja el dependiente.
—Te hemos entregado la copia de denuncia en la que figura el recibo de compra y todos los datos de la dueña. —Le hace zoom a la grabación—. El agente de policía nos dijo que no habría problema, pero podemos llamar a una patrulla de inmediato y entregarles también esta grabación.
El hombre bufa mientras niega con la cabeza, pero se mueve hacia la vitrina donde tiene expuestos los portátiles y recupera el de Hollis. Lo coloca encima de la mesa y lo señala.
—Ahí lo tienes.
Es consciente de que no puede meterse en más problemas, esta es la tercera persona en una semana que se presenta para recuperar un objeto que ha sido robado. Su hermano Mike suele aceptar toda clase de artículos por poco dinero y eso al final acabará perjudicando el negocio.
—Muchas gracias, es usted muy amable —dice Brena con ironía.
Cuando las tres amigas salen de la tienda, a Hollis solo le apetece tirar el aparato a la basura. Haberlo recuperado no elimina todos los problemas que le ha generado el robo de su portátil.
—Me voy a casa, chicas —anuncia la diseñadora con tono cansado.
—¿Quieres que vayamos contigo? —Se atreve Melissa. Hollis niega.
—Prefiero estar un rato sola, lo necesito.
—Claro, cielo, haz lo que necesites. —Brena le pasa una mano por la espalda—. Nos llamamos para cualquier cosa.
Hollis mueve la cabeza y empieza a caminar por la acera. Va a dar un paseo, no sabe durante cuánto tiempo, pero sí el que sea necesario para dejar de pensar en esos ojos azules que por desgracia no verá nunca más.