Cupido en Halloween Capítulo 15
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Capítulo 15

M egan no consigue localizar al tipo del vídeo, lo ha movido entre sus contactos y nadie parece poder aportar ninguna referencia, pero Natalie lo logra en apenas tres días.

Está sentada en su mesa, dando sorbos cortos a un café que está hirviendo cuando le vibra el teléfono con un mensaje.

Ella se puso en serio con esto, quizá movida por la rabia de ver a Megan tan hundida y la impotencia de no haber estado en ese bar cuando esas tres zorras la asaltaron como una manada hambrienta rodeando a su presa.

Si ella hubiera estado allí, le hubiera cerrado la boca a Hollis con dos frases, le habría destrozado el teléfono a la de los vídeos y hubiera fulminado con la mirada a la cobarde que tardó demasiado en admitir que había otra persona en el apartamento aquella noche.

Durante estos tres días, la editora ha hecho llamadas a la mitad de su agenda.

Lleva casi veinte años en eso, lo que significa que conoce a fotógrafos, relaciones públicas, promotores de eventos, camareros con buena memoria y un par de directores de seguridad que le deben algunos favores.

A cada uno de ellos le envió la foto del tipo moreno disfrazado de James Bond.

Algunos le contestaron que no les sonaba y otros prometían que preguntarían entre sus contactos.

Al final del primer día, Natalie tenía dieciséis respuestas negativas, cuatro promesas vagas y un dolor de cabeza que no la dejaba centrarse en el cierre de la edición del mes.

El segundo día le escribió a Claudia Stern, una relaciones públicas que gestiona las listas de invitados de media docena de fiestas exclusivas en Manhattan.

Es una mujer discreta, eficaz —buena en la cama, pero esto no es relevante— y le debe a la editora un favor importante porque hace tres años, Natalie mató un artículo que habría hundido la reputación de uno de sus clientes principales.

No lo hizo por amistad, sino como una inversión a largo plazo que decidió cobrarse por fin.

Y el favor ha dado resultados porque anoche recibió un mensaje de ella.

«Creo que sé quién es, pero déjame confirmarlo».

Y ahora acaba de llegarle otro que la hace sonreír con satisfacción.

«Se llama Scott Davenport. Tiene un concesionario de coches en Fort Lee, New Jersey. Va a ese tipo de fiestas de vez en cuando, ¿por qué lo buscas? ¿Qué ha hecho?».

«Nada que te deba preocupar. Gracias por la información».

Natalie abre el navegador y escribe el nombre del tipo. El primer resultado es el de su concesionario de coches, un negocio de venta de vehículos usados, y cuando entra en la sección «nuestro equipo», hay una foto de un tipo moreno que sin duda es el mismo hombre del vídeo.

—Te tengo, cabrón —murmura complacida mientras coge el teléfono y marca la extensión de Megan—. Ven a mi despacho.

Megan aparece en menos de un minuto. Tiene mejor cara que los días anteriores, aun así, está más apagada que nunca.

—Siéntate —ordena Natalie, y gira la pantalla del ordenador para que la periodista la vea—. Ahí tienes a tu hombre misterioso, es dueño de un concesionario en New Jersey.

Megan se inclina hacia delante y observa la foto con los ojos desorbitados.

—Joder, sí que es él. ¿Cómo lo has conseguido tan rápido?

—Claudia lo ha identificado. No sé cómo ni me importa, la cuestión es que ya le tenemos.

Megan se levanta, rodea la mesa y se tira sobre su jefa, abrazándose a ella con fuerza mientras la silla se inclina hacia atrás y cruje de un modo preocupante.

—Muchas gracias, no sé qué haría sin ti —dice, dándole un beso en la mejilla antes de volver a su sitio.

Natalie se pasa la mano por la piel para secarse la humedad de su saliva y la mira de soslayo.

—Por supuesto que no lo sabes, y recuerda que me debes una.

Megan se ríe; si de verdad tuviera que devolverle cada favor que le debe, estaría condenada a vivir eternamente.

—Vale, ¿te importa si llamo a Hollis? Quiero aclarar esta mierda cuanto antes —pregunta con el teléfono en la mano.

Natalie le hace un gesto para que lo haga y la periodista se pega el aparato a la oreja, sintiendo que el estómago se le gira de repente durante un segundo, el que se permite para pensar que va a escuchar su voz, pero después se recuerda que debe odiarla y la cara le cambia.

—¿Diga?

Dios mío, ¿por qué tiene que sonar tan sexy por teléfono? La periodista carraspea.

—Soy yo, Megan.

—Hola...

—He localizado al tipo de la fiesta, bueno, mi jefa, pero la cuestión es que ya sabemos quién es.

—¿En serio? —Hollis, que está sentada en su mesa haciendo combinaciones de colores en el programa que tiene de simulación, se levanta de la silla de golpe y camina por el salón de su apartamento sin saber muy bien qué hacer—. ¿Quién es? ¿Tienes su dirección?

—Sí, sé dónde trabaja, así podrás ir y acosarlo como hiciste conmigo —dispara sin piedad, y Natalie suelta una sonrisa satisfecha.

—Perdona, no debí hablarte así, estaba...

—Me da igual cómo estabas. —Megan se siente furibunda.

—Claro, sí. ¿Quedamos en algún sitio y vamos juntas a verlo? —a pesar de todo lo que ha pasado y de que la situación todavía no está aclarada, Hollis no quiere desaprovechar la oportunidad de verla de nuevo.

—Sí, pero no pienso ir sola, iré con mi amiga.

—Mira a Natalie de reojo con expresión suplicante, pero para su sorpresa, la editora asiente de inmediato porque no está dispuesta a dejar a Megan sola con esa mujer, y tampoco quiere desperdiciar la ocasión de decirle lo que piensa de ella—.

Así me aseguro de que no me acorralas otra vez con ese par de matonas que tienes por amigas y de que ese tipo confiese para dejarte claro cuánto te has equivocado conmigo.

Hollis se desinfla. Tenía la esperanza de verla a solas.

En su mente, la situación ya se había reproducido, quedaba con Megan, iban a ver al tipo, confirmaban que había sido él y después de que Hollis le pidiera perdón a Megan y ella aceptara sus disculpas, la invitaba a su casa y la metía en su cama para compensarla entre las sábanas por toda la incomodidad que le ha causado, pero parece que esto va a ser mucho más difícil de lo que ella pensaba.

—De acuerdo, dime un sitio y una hora y nos vemos allí.

—Quedamos esta tarde a las cuatro en el bar que hay frente al edificio, ya lo conoces, gritaste como una lunática el otro día, ¿recuerdas?

Natalie se frota las manos, divertida.

—Más de lo que me gustaría, nos vemos allí.

—Me vas a hacer mover una reunión —dice Natalie cuando corta la llamada.

—¿Quieres que le diga otra hora? Me he puesto nerviosa y he soltado lo primero que se me ha ocurrido, pero si tenemos que ir a New Jersey, hay que salir pronto de aquí.

—Tranquila, me apañaré.

● ● ●

Megan y Natalie bajan diez minutos antes de la hora y se sientan en una mesa junto a la ventana para ver venir a Hollis. Megan está callada, con un nudo en la boca del estómago que es mitad rabia y mitad ganas de verla, y el contraste la perturba tanto que no deja de resoplar.

—Relájate —dice la editora, removiendo su café.

—Estoy relajada.

—Se nota...

Megan levanta la mirada y le sonríe, y la sonrisa se le congela en la cara cuando ve llegar a Hollis seguida de su séquito.

Como no. En el fondo esperaba que viniera sola, que tuviera el valor de dar la cara, pero la entiende, ella tampoco se atrevería teniendo en cuenta cómo están las cosas entre ambas.

Las tres amigas entran y a Megan se le seca la boca cuando los ojos de Hollis conectan con los suyos. Tiene el pulso disparado contra el cuello y le cuesta tanto respirar que le sale el aire entrecortado.

—Hola —dice Hollis, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Hollis...

Natalie las mira una por una. Primero a la tal Hollis, que sí, debe reconocer que es atractiva, pero después de lo que le ha hecho a Megan, está en su lista negra.

Después repara en la que está a su lado, la pelirroja, y sabe que esta es la que se folló al tal Scott.

Suelta un resoplido hastiado que hace que la tercera amiga se gire hacia ella, y cuando Natalie le devuelve la mirada, siente un tirón en el estómago que la deja clavada en la silla.

¿Qué coño le pasa? ¿Es por la tensión del momento incómodo?

Seguro que sí. La observa de nuevo, esta vez recorriendo su cuerpo sin cortarse.

Le ve el móvil en la mano y concluye que esta es la de los vídeos.

—Si se te ocurre poner eso a grabar, te hundo el teléfono en el váter.

Brena levanta las cejas, sorprendida, y echa la mano hacia atrás en un gesto automático, pegándose el teléfono al vientre como si fuera su propio hijo al que debe proteger de esta salvaje.

—No estoy grabando nada, y si te atreves a tocar mi teléfono...

—¿Qué? —la corta Natalie—. ¿Le dirás a tus amiguitas que vengan a pegarme?

Brena parpadea, desconcertada, sobre todo porque tiene algo aleteándole por el pecho que no debería estar ahí.

—Vale ya, Natalie —pide Megan, aunque se ha tenido que morder los labios para no reírse de la situación.

Hollis la mira. Natalie debe tener una edad parecida a la de Brena, cuarenta y tantos, y ambas se están comportando como si tuvieran quince, aunque ¿quién es ella para juzgarlas si el otro día se comportó igual de mal?

—Sentaos —pide Megan—. Ella es mi editora, Natalie Grant.

—Un placer —dice Hollis—. Yo soy Hollis, y ellas Melissa y Brena.

—Para mí no es un placer —suelta Natalie, pero sus ojos solo miran a Brena, que se sienta a su lado mirándola con recelo.

—En fin, como veo que esto va a ser muy tenso, vamos al grano. —Saca su móvil, busca la foto de Scott en la página del concesionario y lo pone sobre la mesa—. Este es tu James Bond —dice, arrastrándolo hacia Melissa.

La pelirroja se inclina sobre la mesa y lo observa con las cejas juntas y una mueca extraña. Sí que es él, aunque la otra noche le pareció soberanamente atractivo y ahora le resulta un tío sin más.

—Joder, tengo que dejar de beber tanto —murmura para sí.

—La bebida distorsiona las cosas, y a ti parece que te secó la lengua durante días —suelta Natalie.

—Oye, fue un lapsus, ¿vale? Y Hollis ya me ha perdonado.

—No creo que sea Hollis la que deba perdonarte.

—¿Tú quién eres? ¿Su jefa o la princesa guerrera? —interviene Brena—. Deja de atacar, estamos aquí en son de paz.

—¿En son de paz?

—Nat, por favor —pide Megan, y la editora resopla y se centra en su café—. Bueno, esta es la dirección. El plan es este, vamos allí, le preguntas qué ha hecho con el portátil de Hollis —dice mirando a Melissa.

A Hollis le burbujea el cuerpo y contiene la respiración cuando escucha su nombre en los labios de Megan. Aquella noche también se lo susurró alguna vez, solo que el contexto era muy distinto porque ella se estaba corriendo.

—Y cuando te diga dónde está, si es que todavía lo tiene. —Se gira hacia Hollis—. Tú vas a la policía y retiras la puta denuncia contra mí. Lo que hagas después me da igual, pero esto lo arreglas.

—Pareces muy segura de que ha sido él —suelta Melissa, que todavía desconfía porque no hacerlo significa que ella es la culpable de todo, que Scott sacó el portátil del apartamento en sus narices y ella tenía la cabeza tan embotada que ni siquiera se dio cuenta.

—Claro que estoy segura, yo no lo hice, así que tuvo que ser él.

—O alguna de estas dos —dispara Natalie, señalando a Melissa y a Brena—. A veces crees que conoces a tus amigas y después resultan ser unas arpías que...

—¿Cómo te atreves? —Se sobresalta Brena, indignada.

Natalie se inclina hacia delante, apoyando los brazos en la mesa mientras sus ojos capaces de congelar el desierto se posan sobre los de Brena.

—Me atrevo de la misma manera que vosotras os presentasteis aquí, culpando a Megan sin ningún tipo de prueba. Debería daros vergüenza a las tres.

—Era lo lógico —se defiende Brena—. No teníamos todos los datos, además, esto no está aclarado todavía, hablas de la amistad, pero ¿quién dice que tú no eres peor?

—Joder —salta Hollis—, ¿podéis parar ya? —Se gira hacia Megan—. Quiero que sepas que...

—¿Lo sientes? —Megan la corta antes de terminar—. Tarde, Hollis.

—Creo que lo mejor es que vayamos ya a ver a ese tipo porque parece que aquí sentadas lo único que haremos será sacarnos los ojos —dice Melissa—. ¿Os parece si nos vamos ya?

—Por una vez, estoy de acuerdo con la pelirroja —dice Natalie.

—Melissa, no me llames pelirroja.

—Te llamaré como me dé la gana.

Por un momento, Megan y Hollis parecen olvidarse de todo lo que ha pasado, y se miran suspirando como si ambas fueran las responsables de vigilar a una clase de parvulario y no necesitaran palabras para entenderse.

A Hollis se le aprieta el pecho y baja la mirada hacia sus manos, preguntándose por qué no se quedó en casa aquella noche.

No habría conocido a Megan, pero tampoco sentiría este desasosiego que la invade desde entonces.

—Venga, movamos el culo, hay que cumplir una misión. —Brena se levanta y saca el móvil, y automáticamente siente una mano cayendo sobre la suya.

—Nada de grabar —dice Natalie, todavía con los dedos sobre la piel de Brena, que se ha quedado congelada al notar el hormigueo por el brazo.

—Suerte con eso —murmura Melissa—, todavía no conozco a nadie que le haya impedido grabar un vídeo.