Capítulo 14
H ollis está sobrepasada, ha terminado de trabajar después de haber comprado un portátil nuevo que se ha pasado media mañana configurando y restaurando la copia de seguridad de la nube.
No podía seguir esperando, ha perdido toda la esperanza de que el portátil aparezca y si es que lo hace en algún momento, lo dejará en casa de sus padres como ordenador de repuesto, un lugar seguro donde los amantes de su amiga pelirroja no puedan robarle.
Suspira y se frota los ojos con las manos cuando se da cuenta de que da por hecho que fue ese tipo, porque ella sabe, muy en el fondo de algún sitio, que no es cosa de Megan.
Recoge sus cosas. Tenía previsto quedarse en la ciudad hasta mañana, pero necesita un respiro, irse a la casa del pueblo donde no se escucha nada que no sea el sonido del viento, los gruñidos de los cerdos de su padre o los cacareos de las gallinas de su madre.
Necesita volver al olor a tierra mojada de Warwick, eso seguro que la ayuda a despejarse y a poder dormir una noche sin despertarse sobresaltada pensando en las manos de Megan en su cuerpo o las de ese tipo sobre su portátil.
El tiempo en la autopista lo pasa en silencio, con la radio apagada porque ahora mismo cualquier canción romántica le parecerá dirigida a ella y no tiene la energía emocional para escuchar cantar a alguien sobre algo cuya posibilidad de vivir con Megan ella misma ha destrozado.
Cuando gira por el camino de tierra y ve la casa al fondo, con cerca blanca y parte del gallinero asomando por detrás, los labios se le estiran y su cuerpo se relaja un poco.
Este sitio siempre consigue que respire mejor, aunque al principio le parecía que sus padres se habían equivocado al comprar esta casa tan alejada de la ciudad.
Como siempre, su padre está en el cercado de los cerdos cuando aparca, con las botas de goma y una sudadera que en algún momento fue azul y ahora está completamente descolorida. Tiene la manguera en la mano y cierra el grifo cuando la ve.
—¡Hollis! —grita levantando la mano—. No te esperábamos hoy.
—Sorpresa —responde ella con una sonrisa que no se le estira del todo, intentando sonar alegre.
Su padre la mira desde lejos con una expresión rara, porque conoce a su hija y Hollis sabe que no ha logrado su objetivo, pero no le dice nada, es lo bueno de su padre, que no la agobia nunca.
—Tu madre está dentro, ve a verla, yo todavía me voy a quedar un rato aquí, tengo que terminar de limpiar esto.
Si estuviera haciendo otra cosa, Hollis se ofrecería para ayudarlo, pero meterse en el cercado de los cerdos con esas bestias pesadas mirándola fijamente… No, gracias.
—Vale, papá, te veo dentro.
Hollis empuja la puerta y enseguida le llega el olor a cebolla desde la cocina. Aquí siempre huele igual, a animales en la calle y algún ingrediente delicioso en el interior.
—Hola, mamá. —Hollis deja su bolsa de viaje en el sillón.
—¡Hija! —se gira con la cuchara en la mano, tan sorprendida como su padre por verla—. Pensaba que no venías hasta mañana.
—Ya, pero me apetecía venir, necesito una comida decente o me desmayaré.
Su madre no dice nada, está haciendo caldo de pollo y carne con verduras, siempre hace para que sobre porque a su marido le encanta la comida de un día para otro, así que hay de sobra para los tres.
Hollis se acerca a la nevera y saca una cerveza antes de sentarse en una silla y apoyar los codos en la mesa. Dalia tapa la olla, baja el fuego de la sartén y se sienta frente a ella.
—¿Qué te pasa?
—Nada —responde Hollis, y sabe que lo ha hecho demasiado rápido y no ha pasado el detector de mentiras de su madre, que levanta una ceja.
—¿Segura?
Hollis la mira un momento y se plantea decir que solo le duele la cabeza, eso funciona cuando no quiere contarle nada a su madre.
Dalia le suele preparar una infusión, le da una pastilla y le dice que vaya a descansar hasta que se le pase, pero Hollis no quiere descansar, descubre que quiere hablar de lo que ha pasado con alguien que no sean sus amigas, que lo han vivido en primera persona y no tienen la perspectiva que ella necesita.
—Me han robado el portátil.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo ha pasado eso? —se escandaliza su madre, como si los robos en Nueva York no fueran frecuentes—. ¿Te lo dejaste en un bar?
—No, mamá, me lo robaron en casa.
—Cielo santo —su madre se santigua—. Tengo que hablar con tu padre, ya le dije que esa cerradura no era suficiente, mañana mismo irá y te la cambiará por...
—La cerradura está bien, nadie se ha colado en el apartamento.
—¿No? —Dalia no entiende nada.
—No, fue alguien que entró con nosotras, bueno, con Melissa para ser exactos. Fuimos a una fiesta en Halloween, nos quedamos a dormir en mi apartamento y por la mañana el portátil ya no estaba.
—No entiendo, ¿quién se quedó a dormir?
—Melissa y Brena... Y Megan, y un tipo que no conozco.
Su madre frunce el ceño.
—¿Has metido a un desconocido en casa? —pregunta escandalizada—. Hollis Warren, nosotros no te hemos enseñado eso.
Hollis se ríe.
—Yo no lo metí, fue Melissa, pasó la noche con él.
—Oh, entonces, ¿fue él quien se lo llevó?
—Sí, creo, aunque yo acusé a otra persona, a Megan, ella también durmió en casa. Conmigo.
Dalia parpadea.
—¿Quién es Megan?
—Una chica a la que conocí en la fiesta.
—¿Y por qué durmió contigo? ¿El sofá no estaba libre?
—Sí, o sea, no, allí estaba Melissa.
—Pero tienes dos camas libres...
—Mamá, durmió conmigo porque yo quería que estuviera en mi cama.
—¿Y por qué ibas a querer que una mujer durmiera contigo?
Hollis no se lo puede creer, ¿en serio es tan difícil? Bueno, en realidad, con sus padres lo más complicado siempre es fácil y viceversa.
—Porque tuve sexo con ella, ¿lo entiendes ahora?
—Tuviste sexo.
—Sí, lo tuve.
—Tuviste sexo con una mujer —repite Dalia, y Hollis empieza a pensar que su madre se ha quedado atascada en una especie de bucle.
—Si lo repites otra vez, voy a pensar que te está dando un ictus.
—Perdona, perdona —Dalia se lleva la mano al pecho y suspira—. Es que no me lo esperaba, hija, dame un momento.
Hollis la observa con una sonrisa mientras su madre procesa la información. Dalia mira al techo, al suelo, después sus manos y de nuevo al techo hasta que logra mirar otra vez a su hija.
—¿Y cómo fue eso?
—¿Cómo fue el qué?
—Pues todo, Hollis. ¿Cómo la conociste? ¿Es guapa? ¿De dónde es? ¿A qué se dedica?
Hollis coge aire, abrumada por tantas preguntas, pero feliz porque en el fondo ella esperaba que su madre le soltara algún sermón, o peor, que le dijera que tenían que llamar a su padre como si fuera un asunto urgente y delicado que tuvieran que tratar en familia, pero su madre solo parece tener curiosidad y la emoción de quien se ha enterado de un cotilleo jugoso.
—No irás a escandalizarte si te hablo de ella, ¿verdad?
—¿Escandalizarme? —Dalia junta las cejas—.
Hija, tengo sesenta y cinco años y la vida social de una lechuga.
Lo más emocionante que me ha pasado este mes es que una gallina se escapó del cercado y estuvo persiguiendo a un cerdo de tu padre durante cinco minutos.
Así que perdóname si me resulta apasionante enterarme de que mi única hija ha tenido una aventura con una mujer.
—No ha sido una aventura —suelta Hollis, y se da cuenta de que sí, de que eso es lo que fue gracias a su dedo acusador.
—¿No?
—No, bueno sí, en realidad, solo fue una noche.
—Pues cuéntamela.
Hollis suelta un resoplido porque esta conversación no está yendo como ella la había previsto.
En su cabeza, hablaban del portátil desaparecido que parece ser algo que a su madre no le importa.
Esperaba que ella le cogiera la mano, le dijera que no se preocupe, que el portátil aparecerá y todo se solucionará, aunque Hollis sabe que eso no es tan sencillo.
—La conociste en la fiesta, ¿qué más? —insiste su madre—. Te gustó, ¿no? O sea, como cuando te gusta un hombre.
Hollis pone los ojos en blanco.
—Sí, mamá, me gustó como me puede gustar un hombre.
—Es decir, que eres lesbiana.
—No soy lesbiana.
Dalia parece desconcertada.
—Pero hija, te has acostado con una mujer.
La diseñadora no puede contener la risa.
—Que me haya acostado con una mujer no me convierte en lesbiana, mamá. No todo es blanco o negro. No tengo ninguna etiqueta ni me la pienso poner ahora, no sé lo que soy, solo sé que pasé una noche con una mujer que me atrajo mucho y que todo fue increíble. Eso es todo.
Dalia la mira mientras su cerebro trata de procesar toda la información, ni siquiera sabe a qué se refiere con las etiquetas, es algo con lo que no está familiarizada.
—Bueno, seas lo que seas, yo te quiero igual —dice, sintiéndose satisfecha de su respuesta—. ¿Sabes que no conozco a ninguna persona homosexual? Es decir, seguro que las hay en el pueblo, pero nadie que yo sepa. Tu padre y yo no tenemos ningún amigo gay.
Hollis apoya la frente en la mesa.
—Dejamos ya el tema, mamá, por favor.
—Pero si es maravilloso —Dalia sonríe sin maldad—, siempre he pensado que las mujeres deberían tratarse mejor entre ellas.
Hollis sonríe con amargura, porque eso es precisamente lo que ella no ha hecho. Megan se desvivió por complacerla, fue atenta, divertida y cariñosa, y ella se lo devolvió acusándola de ladrona.
—Bueno, entonces, es guapa —concluye su madre.
—Muy guapa. Rubia, con los ojos azules, es de Savannah y se dedica al periodismo —dice del tirón.
—Ah, una chica del sur —Dalia lo dice como si eso lo explicara todo—. Las del sur tienen una educación exquisita, tu tía Lorraine vivió en Carolina del norte dos años, ¿te acuerdas? Decía que la gente de allí es encantadora.
—Savannah está en Georgia, no en Carolina del Norte.
—Pero están al sur igual.
—Entonces, ¿la vas a volver a ver?
—No lo creo, mamá, la acusé de haberme robado el portátil.
—Uy, sí, el portátil, pero, ¿no decías que fue el chico ese al que Melissa llevó a tu casa?
—Sí, eso creo ahora, pero en ese momento no lo sabía.
Es decir —aclara, porque la cara de su madre se ha convertido en un poema—.
Cuando yo me desperté, ese hombre ya se había ido, y Melissa no me contó que había estado en casa hasta el día que fui a ver a Megan y la acusé de ladrona.
Hasta entonces, yo pensaba que la única desconocida que había entrado en casa había sido ella.
—Dios sabe que quiero a Melissa como a una hija, pero a veces esa chica necesita un par de bofetones.
Hollis suelta una carcajada y se termina el último trago de la cerveza, que estaba muy fresca y le ha sentado de maravilla.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —dice Dalia.
—Me da bastante miedo, pero vale.
—¿Fue bueno?
—¿El qué?
—Lo que pasó esa noche, con Megan. ¿Fue suficiente?
Hollis no tiene muy claro si está entendiendo a qué se refiere su madre con «suficiente», pero lo sospecha y prefiere no preguntar para confirmarlo.
—Sí, mamá, fue muy bueno y más que suficiente.
—¿De verdad? —pregunta dudando—. ¿Fue mejor que con Andrew?
—Mamá...
—¿Qué? Estuviste casada con él muchos años y ahora te has acostado con una mujer, es normal que me genere dudas.
Hollis se tapa la cara con las manos.
—Sí, mamá, fue mucho mejor que con Andrew, y no voy a darte más detalles.
—Solo una cosa más.
—No —se niega Hollis, pero su madre la ignora.
—¿Tú también le hiciste cosas a ella?
—¿En serio, mamá? Voy a fingir que no me has preguntado eso.
—No sé por qué te avergüenzas, hija, el sexo es algo natural.
—Dios mío —Hollis se arrepiente de habérselo contado—. No me avergüenzo de lo que hice, mamá, me avergüenzo de que me lo pregunte mi madre en la cocina mientras papá está fuera con los cerdos.
—¿Qué te está preguntando? —aparece su padre justo en el peor momento.
Hollis se queda congelada. Puede soportar las preguntas incómodas de su madre, pero tener esta conversación con su padre...
—Hollis ha tenido sexo con una mujer.
—¡Mamá!
—Oh. Creo que es mejor que me vaya con los cerdos, ya me avisáis cuando terminéis de hablar de vuestras cosas de chicas.
—Perdón, sí que estáis susceptibles —dice la mujer, y Hollis se echa hacia atrás en la silla, rendida—. En serio, hija, perdona. A veces me emociono con las cosas, pero háblame más de Megan, ¿la vas a volver a ver?
—Te lo he dicho, mamá —dice con hartazgo—, la acusé de ladrona, así que ahora me odia.
—Pero tú querías volver a verla —entiende su madre.
—Sí, me hubiera gustado mucho que las cosas hubieran sido de otra manera. Megan me gustó mucho.
Su madre estira la mano por encima de la mesa y busca la suya.
—Se arreglará, Hollis, no te preocupes. Si tú también le gustaste a ella, seguro que encontrará la manera de perdonarte.
«Ojalá», piensa Hollis.