Capítulo 13
—Es que no me lo puedo creer, joder. —Hollis cierra los ojos y respira por la nariz varias veces antes de seguir—. ¿Eres consciente alguna vez de que tus actos traen consigo consecuencias?
Brena se mira la manicura sin apartar la mirada de sus manos en ningún momento mientras agradece que estén de vuelta en el apartamento de su amiga y no en la calle, porque su voz ha ido subiendo decibeles de forma preocupante.
Una vez que Megan ha entrado en el edificio que alberga la sede de The Current Magazine, Hollis se ha quedado tan quieta que sus amigas pensaron que se había convertido en una estatua de sal, así que Brena ha hecho lo de siempre, intentar resolver una situación que de por sí ya era un caos.
Ha llamado un taxi, el conductor ha aparecido —milagrosamente— unos minutos después y mantuvieron un silencio tenso durante el camino.
Todo ha cambiado en el segundo en que la puerta del piso de la diseñadora se ha cerrado y el espacio se ha convertido en una cueva del terror.
—Lo siento, yo...
—Lo sientes —repite Hollis mientras se deshace de la chaqueta que lleva puesta—. Siempre es lo mismo, Melissa, ya no tenemos quince años. No puedes pensar con el coño y después pretender que nada ha pasado.
La diseñadora entra en la cocina, abre la nevera y saca un cartón de zumo de naranja. Está tan nerviosa que ni siquiera se molesta en coger un vaso, se empina el envase y se bebe un buen trago.
Melissa sigue de pie en el mismo sitio observando a su amiga. No duda de que tenga la razón, pero le parece una reacción exagerada dado que con la periodista tan solo pasó una noche. Hollis ni siquiera puede asegurar que ahora sea lesbiana.
—La he denunciado, la he acusado de algo de lo que ni siquiera estamos seguras de que hiciera, todo por tu incapacidad de cerrar las piernas.
—Te estás pasando. —Melissa da varios pasos adelante con el dedo apuntándola—. Conozco bastante bien mis capacidades y también sé cómo divertirme una noche de...
—¿Estás queriendo decir que yo no sé cómo pasármelo bien? —Hollis levanta las cejas y abre mucho la boca.
La pelirroja se encoge de hombros y compone un gesto irónico.
Hollis abre más la boca, mira a Brena, que parece muy concentrada en el color coral de sus uñas, sin prestar atención a la guerra que se cierne sobre ellas, y vuelve la mirada hacia Melissa. Ambas fruncen el ceño al mismo tiempo y se retan con los ojos como cuando eran unas niñas.
—Puedo ser divertida y también salvaje. —La pelirroja aprieta los labios para evitar que una sonrisa se le escape; lo más salvaje que ha hecho Hollis en su vida es subirse al tren llegando un minuto antes de que saliera—.
Lo que pasa es que soy cuidadosa con lo que hago y sobre todo evito joder a las que considero mis amigas.
Melissa resopla.
—Te he pedido perdón, sé que debí decirte de inmediato que había traído a alguien a tu casa —levanta las manos y mueve la cabeza—, pero te prometo que no te lo oculté premeditadamente. Había bebido demasiado y la cabeza no la tenía en su sitio cuando te despertaste y echaste en falta el portátil.
—Hasta ahí puedo entenderte —concede la diseñadora—, pero ¿y después? Hemos estado varios días en esto, buscando en el sitio equivocado porque no fuiste capaz de decir la verdad.
Melissa se deja caer en el sofá, exhausta, y mira el reloj. Tiene una reunión con un cliente esa tarde y es en la otra punta de la ciudad.
—No lo sé, Hollis, joder —brama, recogiéndose la melena con una mano—. Estaba bastante segura de que no había sido él, así que pensé que buscar a esa chica era lo correcto. Además —ladea la cabeza—, ahora que la hemos encontrado, sabes dónde trabaja y tienes su número.
Melissa acaba su maravilloso argumento con una sonrisa de dientes expuestos, pero cambia el gesto cuando los ojos de su mejor amiga centellean frente a ella.
—¿Crees que querrá saber algo de mí después de lo que he hecho? —Hollis levanta los brazos pidiendo a los dioses calma—. Eres demasiado ingenua para la imagen que proyectas.
La mujer sentada en el sofá frunce los labios, no está segura de si lo que acaba de soltarle es un insulto.
—De todas maneras no podemos descartarla —dice con total tranquilidad—. Megan sigue siendo sospechosa hasta que se demuestre lo contrario.
Brena se pone de pie, harta de escuchar a esas dos.
—¿Habéis acabado? —pregunta moviendo sus ojos entre ellas—. ¿O ahora que nuestra querida Hollis ha descubierto las artes amatorias con otra mujer os daréis un besito de reconciliación?
Las dos gladiadoras se miran y arrugan la nariz al mismo tiempo.
—Puaj —escupe Melissa—. Donde se ponga un buen plátano que se quite una almeja. Soy de poco pescado, amigas.
Al final las tres estallan en risas ante el comentario tan tonto de Melissa. La tensión aguda se rompe, el ambiente parece más liviano y el momento incómodo queda en el pasado.
—Bueno, mientras resolvíais vuestra rencilla, he mandado la foto a algunos conocidos. —Brena se sienta en el sofá—. Otros creadores de contenido que son muy discretos en este sentido; les he dicho que es algo personal.
—¿Te han dicho algo? —quiere saber Hollis de inmediato.
Brena mueve la mano como si quisiera lanzar la pregunta hacia el otro lado del salón.
—Hay que tener calma, es gente joven que todavía a esta hora duerme como si no tuvieran ninguna obligación en la vida, pero si saben algo, me lo dirán.
Hollis se deja caer en la butaca frente a ellas con gesto agotado.
—Podemos ir a hablar con Nathan Cole otra vez, ¿no?
—Yo no puedo, tengo que ir a Nueva Jersey y además preparar unos informes trimestrales —explica Melissa, que, aunque le encanta su trabajo en la aseguradora porque puede organizar su horario como quiera con tal de llegar al objetivo que le marcan, varias veces al año hay fechas agotadoras en las que tiene que trabajar más que el resto de los días.
—Y yo una agenda que no me va a dejar vivir por unos días. Lo siento, querida —se estira para apretarle el muslo—. Nuestro pequeño club de detectives tiene que parar, al menos por ahora.
—Sí, yo también tengo mucho trabajo y todo esto solo ha hecho que retrase cosas que no debería. —Hollis deja caer la cabeza hacia atrás—. Espero que la investigación de Megan dé sus frutos, pero si en unos días no sé nada, iré a hablar con ese tipo de seguridad.
Todas mueven la cabeza, de acuerdo con lo que ha dicho la diseñadora. Melissa es la primera en volver a hablar porque la curiosidad la mata.
—Oye, ¿qué tal es hacerlo con una chica? —pregunta con la mirada lobuna—. Reconozco que no es lo mío, pero al parecer es satisfactorio.
A Hollis una sonrisa se le dibuja en la boca sin poder frenarla, joder, vaya que es satisfactorio meterte en la cama con alguien que sabe exactamente lo que necesitas.
—Creo que es mejor que acostarse con un hombre —suelta, y Melissa se lleva la mano al pecho como si su amiga estuviera cometiendo sacrilegio—.
Es completamente diferente, una piel suave, sensibilidad en cada cosa que haces, la presión exacta en cada caricia.
—Hollis se muerde los labios porque sabe que sus mejillas están tan rojas como la cabellera de su amiga—. Es increíble.
Brena va moviendo la cabeza como si la idea le pareciera maravillosa. Desearía poder grabarlo, pero está segura de que Hollis no se lo tomaría demasiado bien.
—¿Y no te hizo falta...? Ya sabes. —Melissa separa las manos dejando un espacio considerable entre ambas.
—Para nada —responde Hollis tan rápido que la pelirroja entrecierra los ojos con desconfianza.
—No puede ser, sin penetración no es sexo satisfactorio. —Se niega a que sea diferente.
Hollis se ríe porque ella pensó lo mismo en el momento que Megan empezó a besarla con más intensidad, pero ni siquiera se habían deshecho de la ropa cuando ya sabía que podía volverla loca tan solo con su boca.
—Las manos son una herramienta maravillosa —se adelanta Brena a contestar—.
Después de que tu querido hermano me dejara por esa furcia —Melissa juzga a George con severidad—, me costó mucho volver a intimar.
El mercado masculino está hecho una porquería, así que he tenido que mantenerme en casa improvisando bastante bien.
Hollis y Melissa echan la cabeza hacia atrás al mismo tiempo. Demasiada información no solicitada que les ha dejado una imagen poco agradable de su amiga autocomplaciéndose.
—Mojigatas —dice la influencer con un movimiento elegante de manos—. Bueno, y si no es con Megan, ¿vas a darte una oportunidad con otra mujer?
A Hollis se le aprieta el pecho porque le encantaría continuar lo que comenzó con la periodista.
Hay algo en su interior que le dice que Megan no se llevó su portátil ni por error, pero la misma convicción le grita que no va a ser tarea fácil conseguir su perdón.
Hay ratos en los que piensa que tuvo uno de esos enamoramientos fulminantes de los que aparecen en las novelas románticas.
Luego piensa que es un flechazo tonto que se le pasará en unos días, pero hay momentos como esa mañana en que la vio otra vez, que se da cuenta de que, sea lo que sea lo que le ha pasado con esa mujer, es bastante más intenso que cualquier cosa que haya vivido antes.
—Posiblemente —contesta la pregunta en un susurro porque tiene claro que le encantó lo que pasó—. Estar con otra chica también puede confirmarme que lo que sentí no es solo porque fue con Megan.
Melissa abre mucho los ojos.
—¿Te imaginas? —Se da una palmada en el muslo—. Que solo te guste ella y ninguna mujer más en el mundo. La magia de Halloween te ha jodido viva.
Hollis coge el cojín que tiene en la espalda y se lo lanza sin miramientos a Melissa. Su amiga se mueve, pero lo hace con mucha lentitud y al final le impacta de lleno en la cara.
—Joder —suelta la pelirroja con un dramatismo exagerado—. ¿Pretendes matarme?
—Eso te pasa por bocazas. —Brena le da palmaditas en la espalda y se levanta del sofá—. Tengo que abandonaros, me espera una divertidísima fiesta privada de un cocinero experto en pescado crudo.
Las otras dos mujeres conocen de cerca la animadversión de Brena por todo lo que no esté bien cocinado, pero seguramente el pago por asistir, grabarlo todo y subirlo a sus redes es lo suficientemente jugoso para hacerlo, aunque sin probar nada.
—Levanta ese ánimo, ¿vale? —dice la influencer y le deja un beso en la mejilla a Hollis—. Aún me cuesta entenderlo del todo, pero a veces hay que pasar por mierdas como estas para valorar más lo que tenemos.
La diseñadora está segura de que ha sacado esa frase de algunos de los cientos de libros de autoayuda que leyó en su etapa vital más miserable.
—Espera, me voy contigo. —Melissa recoge sus cosas y luego se acerca a Hollis, que se ha levantado de su asiento—. Lo lamento, espero que puedas perdonar las cosas que hago sin pensar. Jamás te haría daño.
Hollis la abraza porque sabe que Melissa no lo dice como una simple frase para salir del paso. Su mejor amiga le ha demostrado muchas veces a lo largo de su vida lo mucho que la quiere.
Cuando la diseñadora despide a sus amigas en la puerta y se queda sola, el peso de todo lo que está pasando vuelve a asentarse en su pecho.
Piensa en Megan, en sus ojos azules ilusionados en cuanto la vio y la tristeza que vino después al escucharla.
Se siente mal, hundida y, si es exagerada, muy perdida.
Solo toca esperar que el Cupido que decidió aparecer en una fiesta de Halloween haga su trabajo bien y cree una nueva oportunidad para besar a Megan.