Cupido en Halloween Capítulo 12
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Capítulo 12

M egan cruza el vestíbulo del edificio sin levantar la vista del suelo.

Pasa por el lado de Henri, que la saluda sin escuchar lo que ella responde, y después coloca la tarjeta sobre el lector del torniquete y se mete en el ascensor.

Las puertas se cierran y los doce pisos se le pasan en cuestión de segundos, pero ese tiempo es suficiente para que todo lo que ha contenido estando frente a Hollis le empiece a empujar desde dentro y a formarle una bola enorme en la garganta.

Cuando las puertas se abren, el ruido de la redacción le molesta en exceso y solo quiere que se apague.

Megan camina a paso rápido, con la cabeza baja y las manos escondidas en las axilas.

Martin le dice algo cuando pasa por delante y, a pesar de que lo escucha, ni levanta la mirada ni se detiene, ella sigue su camino hasta que ve el despacho de Natalie, que tiene la puerta entornada y eso significa que no hay nadie con ella.

Entra sin llamar y cierra a sus espaldas.

Natalie está en su mesa, rodeada por su caos habitual de periódicos, revistas y carpetas repartidas por la superficie sin ningún tipo de criterio.

Tiene puestas las gafas de lectura y estaba leyendo algo con un bolígrafo rojo en la mano, pero cuando repara en la presencia de Megan, lo deja sobre la mesa y se echa hacia atrás en el respaldo.

—Ya era hora, Palmer. No sé qué estabas haciendo, pero...

Se calla en cuanto ve la cara de la periodista, que está roja, tiene el labio inferior temblando y brazos apretados contra el cuerpo.

—¿Qué pasa? —Natalie se levanta, preocupada.

—Me acaban de acusar de ladrona —la voz le sale temblorosa y, en cuanto termina de hablar, todo lo que ha estado soportando en la última hora le sale de golpe.

Empieza a llorar por la rabia con unos hipidos que le sacuden el pecho, un llanto feo en el que la cara se le empapa en cuestión de segundos que deja a Natalie completamente desconcertada.

Después reacciona y se acerca, abrazándola hasta que todo lo gordo le sale y solo le quedan las respiraciones entrecortadas.

—Venga, respira —Natalie le acaricia la espalda y le besa la sien—. Respira y me lo cuentas, ¿vamos a sentarnos?

Megan asiente, se limpia la cara con la manga del jersey y traga saliva varias veces antes de sentarse. Natalie arrastra la silla de al lado y la gira hacia su amiga.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién te ha acusado de ladrona? ¿Qué absurdez es esa?

—Hollis, la mujer de la que te hablé —las palabras le salen a trompicones.

—¿La de la fiesta? ¿La mujer de la que te has encoñado?

Megan suelta una risa triste. Esa misma, la mujer que puso su mundo al revés en una sola noche y que ahora la ha zarandeado hasta dejarla completamente confundida.

—Sí, esa.

Natalie junta las cejas, notando que un ligero resquemor se le va formando en las entrañas.

—No entiendo nada, ¿dónde la has visto? Pensaba que no te había llamado.

—Y no lo hizo, me la he encontrado en el bar de Will, o eso pensé al verla, pero parece que venía buscándome.

Se ha presentado allí con sus dos amigas, una que llevaba un móvil y lo grababa todo como si fuera un programa de televisión basura.

Hollis estaba hecha una furia y ha empezado a gritarme delante de todo el bar.

—Megan se detiene para respirar, con el labio inferior todavía temblando—.

¿Sabes lo peor, Nat? Que cuando la he visto entrar he pensado que venía a verme, que de alguna manera me había localizado y el corazón me ha dado un vuelco —se toca el pecho—.

Sabes cuánto deseaba verla y de repente la tenía delante.

Me he ilusionado como una imbécil y al segundo siguiente me estaba llamando ladrona y desgraciada.

Natalie parpadea y busca su mano, apretándosela con fuerza mientras la cara le va cambiando, pasando de la preocupación a la ira hasta que sus ojos se convierten en dos bolas de fuego que quiere utilizar para carbonizar a la tal Hollis.

¿Cómo se atreve? ¿Quién se ha pensado que es para hablarle así a Megan, para acusarla de ladrona y destrozarle la ilusión como si no fuera importante?

—Continúa —pide con voz sibilina, consciente de que si escupe ahora mismo su saliva sería puro veneno.

—Dice que cuando ella se despertó por la mañana, su portátil no estaba, y que como yo era la única persona en su casa a la que no conocía, pues que había sido yo.

Ni siquiera me ha preguntado, no me ha dado el beneficio de la duda, decidió que yo le había robado y se acabó —a Megan le tiembla la voz, pero ahora por la rabia—.

Ah, y no sabes lo mejor, me ha denunciado, ha ido a la policía y ha puesto una denuncia con mi descripción.

—¿Que ha hecho qué?

Natalie no sale de su asombro, le parece la típica noticia que ella no publicaría jamás en su revista por lo absurda que parece.

—Pues eso, me ha denunciado sin pruebas, sin que se le pasase por la cabeza en ningún momento que la persona con la que se acostó no era una jodida delincuente.

La editora suelta un resoplido y ve cómo Megan traga saliva con fuerza mientras ella intenta procesar todo lo que está escuchando, y, sobre todo, poniéndose en la piel de Megan, imaginando su decepción al ver a la mujer que le gusta frente a ella, señalándola con el dedo.

—Esa mujer está loca, joder —espeta furiosa—. ¿Cómo se le ocurre presentarse en el bar y montar un circo delante de todo el mundo?

—Pues no sabes la mejor parte —los labios de Megan dibujan una sonrisa amarga.

—Sorpréndeme.

—Resulta que aquella noche sus dos amiguitas también durmieron en su casa, y la pelirroja se llevó a un tío al apartamento cuando volvió de la fiesta.

Un desconocido, se lo folló en el sofá del salón y el tipo estuvo allí hasta la mañana.

Yo vi el bulto cuando salía, pero no me fijé tanto como para identificar quién había.

—¿Y por qué te acusa a ti si también estaba ese individuo? —pregunta Natalie sin entender nada.

—Aquí viene lo bueno, al parecer la pelirroja no había contado nada hasta ahora, lo ha soltado en la calle delante de mí cuando ha visto a su amiga histérica, después de que Hollis ya me hubiera destrozado la mañana, y la semana.

—Será zorra. A ver si lo entiendo. La amiga sabía desde el principio que allí había un desconocido, un tío que pudo ser perfectamente el que se llevó el maldito portátil, y sabiendo todo eso deja que Hollis venga aquí y te monte todo el numerito.

—Sí, justo así.

Natalie se queda quieta unos segundos, pensando y procesando.

Después se gira hacia su mesa y coge la taza de café que se estaba tomando cuando Megan ha irrumpido en su despacho.

Le da un trago y hace una mueca de asco porque se ha quedado frío, pero después da otro y se lo termina porque necesita la cafeína para despejarse.

—Que hija de puta la amiguita, las tres en realidad —Natalie lo dice despacio, masticando cada palabra como si fuera cualquiera de esas mujeres y pudiera triturarlas hasta convertirlas en basura, que es lo que piensa que son.

—Igual lo puedes ver todo publicado en algún sitio, porque había una que grababa al principio. Will le ha pedido que borrase el vídeo, pero no sé si lo ha hecho.

—No puede publicarlo, si la gente te reconoce te van a convertir en una apestada.

Megan se encoge de hombros, no había pensado en eso, pero ahora mismo le da igual porque a ella lo único que le duele es que Hollis no ha confiado en ella.

—Vale. Pues lo primero que haremos es llamar a Carol de jurídico. Una denuncia sin pruebas no va a ninguna parte, pero aun así quiero que estés cubierta por si a alguna de esas taradas se le ocurre difundir alguna cosa, me aseguraré de que las consecuencias legales sean para ellas, no para ti.

—No has de hacer esto, no estaba trabajando cuando pasó, estaba...

—En una fiesta a la que yo te envié. Que terminaras en su casa solo fue una consecuencia de eso —decide Natalie, y ella sonríe.

—Lo bueno es que la de los malditos vídeos también tiene varios de aquella noche y en alguno de ellos sale ese tío, lo van a buscar y yo quiero ayudarlas. Si no fui yo, tuvo que ser él, y quiero demostrarle a Hollis que conmigo se ha equivocado, es un tema de orgullo.

—Lo entiendo. —Natalie le coge la mano—. ¿Tienes esa foto?

Megan asiente, saca su teléfono y le muestra al tipo en la pantalla. Natalie se sube las gafas de ver y lo observa con atención, negando con la cabeza.

—No me suena de nada, pero pásamela, se la enviaré a todos mis contactos a ver si alguien lo conoce.

—¿Harías eso? —Megan pregunta sonriendo, porque en el fondo no esperaba menos de esta mujer.

—Por supuesto, y también te puedo poner en contacto con alguien que las haga desaparecer —bromea, y Megan le da un empujón—. Ahora en serio, haz lo mismo, envíaselo a todo el mundo que conozcas, si estaba allí alguien tuvo que invitarlo.

A Megan se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas, pero esta vez no es de rabia ni de tristeza, es porque Natalie no ha dudado en ningún momento de ella. No le ha preguntado si lo hizo porque ha dado por sentado que no fue así, que sabe que ella jamás haría eso.

—Gracias por escucharme.

—No me las des. —Natalie se levanta y vuelve a su silla—.

Oye, esa mujer no se merece ni una de tus lágrimas, ¿entiendes?

Sé que te gusta, que estabas ilusionada y que querías volver a verla, pero cuanto antes te la saques de la cabeza, mucho mejor.

Si después de la noche que dices que pasasteis juntas lo primero que pensó es que eres una vulgar ladrona, no vale la pena.

Natalie no lo dice para desanimarla, sino para lo contrario, quiere evitar que le siga haciendo daño.

Megan quiere creer a su jefa y amiga. Quiere aferrarse a sus palabras y convencerse de que son ciertas para que le sirvan y ayuden a olvidarse de Hollis y a aliviar la presión que siente en el pecho desde que la diseñadora de interiores y sus dos perras guardianas se han presentado en el bar.

Pero sabe que va a ser difícil por muy decepcionada que se sienta, porque su mente todavía recuerda ese primer segundo en el que vio a Hollis en el bar, cuando ella levantó la mirada y la reconoció, una mezcla de alivio, alegría e ilusión atravesó las facciones de Hollis antes de que se convirtiera en un demonio.

Eso es lo que más le molesta, saber que siente lo mismo, que para ella esa noche no fue solo algo casual, que notó la conexión y a pesar de eso la ha señalado con su dedo acusador.

—Bueno, creo que ya te has escaqueado bastante esta mañana —suelta Natalie de pronto—, así que haz el favor de ir al baño, te lavas la cara, te suenas la nariz y vuelves al trabajo.

Te prohíbo pensar en esto mientras estés dentro de este edificio.

Hablo en serio, Palmer, necesitas desconectar.

Envía la foto del tipo a quien conozcas y pasa del tema hasta que sepamos algo.

—Lo haré. ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?

—Solo cuando te interesa, lárgate de mi despacho.

La periodista lanza un beso al aire y se marcha, dejando la puerta medio abierta al salir.