Cupido en Halloween Capítulo 10
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Capítulo 10

B rena lleva el teléfono pegado a la cara desde que han salido del metro y habla a la cámara con expresión de misterio y una buena dosis de teatralidad.

—Chicas, hoy es el día. Nos encontramos a pocas manzanas del edificio donde trabaja nuestra sospechosa —gira el teléfono un momento para mostrar la avenida repleta de gente y lo vuelve a poner en posición—.

Mis compañeras de operación están conmigo y os aseguro que antes de que termine la mañana, habremos dado con ella. Estad atentas, chau chau.

A su lado, Hollis camina con la mandíbula tan apretada que los dientes le rechinan de forma constante.

No ha dormido bien, aunque para ser más precisas, no ha dormido bien ninguna noche desde Halloween y ya ha perdido la cuenta de las veces que ha abierto el navegador para buscar a Megan Palmer o The Current Magazine.

Después se queda mirando su foto de perfil y el pulso siempre se le acelera.

En la imagen sale con el pelo recogido, una blusa clara y una sonrisa que hace que a Hollis le duelan las costillas.

La diseñadora la ha mirado tantas veces que podría dibujarla de memoria, y eso la enfurece casi tanto como el robo del portátil porque es la prueba de que no puede dejar de pensar en ella por mucho que se convenza cada día de que tiene que hacerlo.

—Hollis, ¿estás bien? —Melissa camina a su lado y la mira de reojo de vez en cuando.

—No —espeta rabiosa.

—¿Quieres hablar?

—No.

Melissa y Brena se miran y deciden no insistir, porque saben que cuando su amiga está así lo mejor es dejarle espacio para que se calme ella sola.

—Ahí está —señala Brena cuando el edificio aparece al fondo de la calle.

Es alto y acristalado, con los rayos de sol reflejándose por todas partes. A Hollis le gusta, se imagina el interior y todo lo que podría hacer para decorarlo, y lo miraría con otro interés si no fuera porque la mujer que le ha jodido la existencia trabaja ahí.

Cruzan la puerta giratoria del vestíbulo y se encuentran con un mostrador detrás del cual hay un hombre corpulento de uniforme que las mira una por una cuando se acercan.

—Buenos días —dice Hollis, sonando tan rabiosa que hasta parece maleducada.

—Buenos días, ¿a qué planta van?

Melissa se gira hacia el enorme panel con placas doradas que indica las plantas en las que se encuentra cada una de las empresas que hay en el edificio, pero Hollis se adelanta porque ahora mismo no tiene paciencia para nada.

—Vamos a The Current Magazine.

—La tengo —señala Melissa en el panel.

—Estupendo. —Hollis se gira y Brena saca el teléfono.

—¿Con quién tienen cita? No pueden subir sin anunciarla.

—¿Cita? No tenemos cita, solo queremos hablar un momento con alguien que trabaja ahí —dice Hollis, ansiosa por subir y buscar a la culpable de sus noches de insomnio y de un cuerpo que se acelera cuando piensa en ella.

—Lo lamento, pero si no tienen cita no tienen autorización y no las puedo dejar pasar.

—¿No puede llamar y preguntar? Será solo un momento —insiste Melissa, acercándose y apoyando el codo en el mostrador, insinuando sus pechos mientras Hollis pone los ojos en blanco y Brena empieza a grabar la entrada.

—¿A quién buscan exactamente? —pregunta el hombre, con los ojos fijos en Melissa.

—A Megan Palmer, es periodista en la revista.

—¿Megan? —El hombre levanta las cejas—. No está en el edificio ahora mismo, ha salido hace un rato para desayunar, probablemente estará en el bar de enfrente —señala hacia la calle con el dedo pulgar—. Es donde suelen ir todos los que trabajan aquí, ese o el de la esquina.

Hollis no dice nada, se gira y sale del edificio tan rápida que Brena tiene que trotar para alcanzarla y Melissa ser la única educada del grupo.

—Genial, muchas gracias, nos ha ayudado mucho —dice ya desde la puerta, con prisas—. Que pase un buen día.

—Cambio de planes —Brena habla a la cámara mientras cruzan un semáforo y se concentra en caminar y hablar al mismo tiempo—. La sospechosa no estaba en el lugar indicado, pero tenemos información que sugiere que está en un establecimiento cercano y nos dirigimos hacia allí ahora mismo.

—Brena, como no guardes el jodido teléfono te juro que te lo arranco de la mano y te lo tiro por una alcantarilla —estalla Hollis sin mirarla.

—Ya veis, chicas. Está enfadada de verdad, pero os aseguro que en un estado normal, nuestra Hollis es un encanto —explica Brena, haciendo un guiño a la cámara que hace resoplar a Hollis.

El bar que les ha indicado tiene una puerta de madera tan desgastada por el tiempo que parece que lleva ahí desde antes de que existiera el barrio.

Hollis la empuja sin dudar y la atraviesa arrugando la nariz cuando le llega el olor a aceite quemado de la cocina.

Es un local pequeño, con mesas de madera oscura y tan viejas como la puerta, hay varios taburetes junto a la barra que está a la izquierda, todos ocupados por oficinistas que están desayunando.

Hollis escanea con la mirada: un par de policías uniformados, dos mujeres trajeadas, un tipo que habla al teléfono en la esquina con la cara roja de rabia y la frente perlada de sudor.

Hollis piensa que ella también debe verse parecida a ese tipo, porque siente la cara ardiendo y un sudor frío por la espalda desde que ha entrado.

Se gira hacia las mesas para seguir con su búsqueda, pero no necesita esforzarse porque la ve de inmediato, como si todos sus sentidos estuvieran programados para detectar a Megan Palmer.

Sus pupilas se dilatan, logra detectar un rastro de su perfume por debajo del olor a comida, le hormiguea todo el cuerpo y el estómago le ha dado un vuelco, y como no puede escucharla porque Megan no habla con nadie, lo que hace es recrear sus jadeos y gemidos cuando estaban en la cama.

Megan está sentada en la mesa del fondo, sola, en una esquina mientras mira su móvil.

Tiene una taza de café delante y un plato con los restos de una tostada.

Lleva el pelo suelto, una camiseta oscura y su chaqueta está colgada en el respaldo de la silla.

A la luz del día, le parece incluso más atractiva, y eso la enfurece mucho más porque lo que necesita es olvidarse de ella, no que su entrepierna haya vibrado como si la hubiera sacudido un temblor.

Lo que experimenta no sabría explicarlo con exactitud si alguien se lo pidiera.

Es rabia, pena, noches sin dormir, ansiedad y la repetición de un montón de imágenes que recuerda de aquella noche y es incapaz de borrar.

Se le corta la respiración. Ahí está Megan Palmer, la periodista originaria de Savannah que le hizo creer que era especial, que la besó hasta hacer pensar a Hollis que nadie la había besado bien hasta entonces, que le hizo temblar el cuerpo hasta experimentar que iba a morirse y que se fue de su casa con un portátil bajo el brazo.

Megan levanta la mirada un momento, la vuelve a bajar y la sube de golpe.

Hollis ve como le cambia la expresión y pasa de la más completa concentración a que los ojos se le abran mucho, la boca se le comience a estirar despacio y la cara se le ilumine con una alegría que no puede disimular y que Hollis no comprende.

La periodista se incorpora un poco de la silla, deja el teléfono sobre la mesa sin dejar de mirar a Hollis y de su boca sale algo que pretende ser un saludo pero que se queda en algo imposible de entender.

Y eso es lo que hace que Hollis pierda el control, porque esa no es la cara de una ladrona, es la cara de alguien que se alegra de verla, que la ha echado de menos, y eso no tiene ningún sentido salvo que Megan —además de ladrona y muy buena en la cama— también sea una manipuladora de manual o que Hollis sea la mujer más estúpida de todo Nueva York.

Cruza el bar hasta ella antes de que sus amigas tengan tiempo de darse cuenta de lo que va a hacer, y cuando llega a la mesa la golpea con la palma de la mano. La taza de café se sacude y el líquido se derrama por ambos lados.

—Tú —dice con el tono sibilino de una serpiente—. Tú, desgraciada.

La alegría y la emoción que estaban arrasando el cuerpo de Megan desaparecen de su cara y se siente como si le acabaran de echar un cubo de agua helada por encima.

Parpadea desconcertada, mira a las dos mujeres detrás de Hollis que la flanquean como si fueran dos perras guardianas, y vuelve a mirar a la diseñadora con la frente arrugada por la confusión.

—Hollis, pero ¿qué…?

—¿Te atreves a sonreírme? ¿En serio? ¿Después de lo que me hiciste? —A Hollis le tiembla la voz, y odia que le pase eso porque ella quiere sonar furiosa, no rota—. Devuélveme el portátil.

—¿Qué coño? —Megan mueve la cabeza—. ¿De qué estás hablando?

—¡Del portátil que estaba en la mesa de mi salón y que cuando te fuiste ya no estaba! —El tono de Hollis sube de volumen y varias cabezas se giran en el bar, incluidas las de los dos policías.

—Hollis, a lo mejor no es buena idea que grites —sugiere Melissa mientras Brena graba la escena con el móvil y hace comentarios del momento, ya decidirá después si lo sube o no.

—Cállate —le dice Hollis a Melissa, y se gira de nuevo hacia Megan, que se pone de pie de un salto, empujando la silla hacia atrás sin miramientos.

—Espera un momento, yo no te he robado nada. —Megan tiene las manos levantadas, los ojos muy abiertos y habla con el acento sureño más marcado mientras observa a Hollis con una mezcla de desconcierto y decepción—. No sé de qué me estás hablando.

—¡No me mientas! —Hollis avanza un paso más y Megan retrocede por instinto a pesar de tener la mesa entre ellas—. Te acostaste conmigo y cuando me quedé dormida te lo llevaste, eres una ladrona y una…

—¡Hollis, para ya! —Melissa la agarra por el brazo y tira de ella hacia atrás porque la diseñadora tiene el cuerpo inclinado hacia delante y la cara roja de ira.

Melissa sabe que su amiga no es violenta, pero su expresión corporal indica otra cosa y hay dos policías dentro del bar que las miran fijamente.

—¡Suéltame! —exige Hollis.

—No te suelto hasta que te calmes. Y tú —se gira hacia Brena—, deja eso de una vez y ven a ayudarme.

Brena deja de grabar y mete el teléfono en el bolso. El bar entero las está mirando y de detrás de la barra está saliendo un hombre barrigón que va directamente hacia ellas.

—¿Qué coño pasa aquí? —bufa, colocándose al lado de la mesa, justo entre Hollis y Megan.

—Tranquilo, Will. Estoy bien, no pasa nada —dice Megan, mirando a Hollis fijamente con el pulso tan acelerado que le late en todo el cuerpo.

—¿Segura? —El hombre se gira hacia ellas sin esperar respuesta—.

Tú, ya puedes borrar lo que sea que grababas, como emitas una sola imagen dentro de mi bar, te pondré una demanda, y ahora salid de aquí las tres.

La gente viene a comer y despejarse, y no voy a consentir que tres trastornadas intimiden a ninguna de mis clientas.

—No puede echarme, soy una clienta que viene a consumir —suelta Hollis, desesperada—. Quiero un café.

—Lo siento, bonita, pero aquí nos reservamos el derecho de admisión. Salid de aquí ahora mismo o le diré a los agentes que intervengan.

—Espera, Will. —Megan le pone una mano en el brazo—. Yo me encargo, déjame hablar con ellas. No pasará nada, te lo prometo.

El hombre no parece muy convencido, pero se aparta y deja que pase Megan.

—¿Hablamos fuera? —le dice a Hollis sin detenerse, y para cuando la diseñadora reacciona, Megan ya ha salido del bar.

Se alejan hacia un lado y se colocan debajo de la marquesina de un portal.

—¿De qué va esto? Yo no te he robado nada —insiste Megan.

—Claro que sí, y que sepas que te he denunciado.

A Megan le cambia la cara por completo y pasa de la confusión a la rabia con la misma rapidez que Hollis.

—¿Qué has hecho qué?

—Ya me has escuchado, me… —Hollis se detiene y se lleva los dedos al puente de la nariz, cuando levanta la mirada, los ojos le están brillando de frustración—.

Me abrí contigo, joder, te dejé entrar en mi casa, en mi cama, hicimos…

—Traga saliva y suelta el aire por la nariz—.

Ya sabes todo lo que hicimos, es tan… decepcionante.

Desde luego que lo es, piensa Megan con la garganta apretada.

—No sé quién mierda te crees que soy, pero yo no te he robado nada.

Me levanté temprano y no me despedí porque me supo mal despertarte.

Lo único que hice fue vestirme, salir de tu habitación y marcharme.

Joder, salí casi en penumbra, aunque hubiera querido robarte no lo habría visto.

Solo vi el bulto en el sofá, cerré con cuidado y me marché.

—¿Y esperas que te crea?

Megan se pasa la mano por la nuca.

—La verdad es que ya no espero nada de ti —dice con un tono de decepción que a Hollis le provoca opresión en el pecho, pero no piensa ablandarse con esta mujer mentirosa y manipuladora.

—Puedes justificarte todo lo que quieras.

—Hollis se cruza de brazos—. Pero esa noche en mi apartamento solo estábamos tú, yo, Melissa y Brena.

A ellas las conozco desde hace años y les confiaría mi vida.

Tú fuiste la única desconocida que entró en mi casa aquella noche, así que perdona por saber sumar dos y dos.

Melissa carraspea de repente y se sitúa al lado de Hollis.

—¿Qué?

—Bueno… —Su amiga está roja y parpadea mucho, y eso es llamativo teniendo en cuenta que Melissa es la persona más segura de sí misma que Hollis conoce—. Puede que Megan no fuera la única desconocida que pasó por tu apartamento aquella noche.