Cupido en Halloween Capítulo 9
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Capítulo 9

—Chicas, estoy en medio de la misión y esto está siendo más que emocionante —Brena mueve el móvil y deja ver una calle larga llena de bares y discotecas—.

Me adentro en el emocionante mundo de la noche, a una de las zonas más exclusivas para salir de fiesta en Nueva York —hace un movimiento coqueto con los labios y, con total habilidad, hace un cambio de plano—.

Si queréis enteraros de todo, estad atentas y recordad darle un corazón a este vídeo. Chau, chau.

Brena Sullivan revisa la grabación y tuerce el gesto cuando se da cuenta de que la iluminación no es como esperaba, pero decide no repetir la toma, prefiere editarlo en casa con ese programa maravilloso que le costó meses —y mucho esfuerzo— dominar.

Bloquea el aparato y antes de decidirse adónde ir primero, saca un pintalabios rojo del bolso junto a un pequeño espejo.

Arrastra el labial por sus labios y luego los aprieta para repartir el color uniformemente.

Durante ese instante se mira en el reflejo; a sus cuarenta y seis años aún conserva la belleza que siempre la ha acompañado, piel ligeramente tostada, ojos color miel, melena semiondulada y largas pestañas, pero lejos de animarla, se siente hueca.

Una mujer como ella que como único mérito pasado fue haberse casado con un hombre, entregarle su vida al completo y luego recoger sus pedazos a base de subir contenido en redes sociales.

Brena se arrepiente, vaya si lo hace, porque bien se lo decía el bueno de su padre: «Tu madre nunca permitió que yo le diera una orden, ella llevaba esta casa con temple y era su reino.

Yo solo me limitaba a traer el dinero y callarme la boca.

Hija, no seas como ella o como yo, sé como los dos, pero jamás guardes silencio».

Hizo todo lo contrario, por supuesto, se enamoró de George y se convirtió en su mujer de servicio personal, fue una especie de perro salchicha, siempre alegre frente a su dueño y deseoso de recibir cariño.

Cuando su exmarido la abandonó, a ella no le quedó más que dinero, una casa vacía y la sensación de haber tirado su vida a la basura.

Esta noche, esa realidad pesa más que ningún otro día de los últimos meses.

Brena estaba en su casa, haciendo lo mismo de siempre a esa hora; estar en el sofá —sola— con una enorme copa de vino tinto, sentada frente al televisor apagado —sola— mientras revisaba los cientos de mensajes de sus seguidoras después de cenar —sí, sola—.

El haberse convertido en influencer fue una forma de enfrentar el dolor y aunque lo que comenzó como una particular venganza en contra de la muy joven de piernas infinitas por la que George la dejó, al final le sirvió para mantenerse en pie y decirse a sí misma que no era una inútil, pero después de años en esto, se da cuenta de que se siente incompleta, que anhela algo más que una subida de audiencia y las invitaciones a eventos que recibe casi a diario.

Toma una bocanada de aire fresco, hoy hace frío así que se ajusta la bufanda y decide moverse, tiene una misión y va a cumplirla.

—Hola, buenas noches —saluda a un hombre alto y de aspecto rudo que sostiene una carpeta en la mano.

—¿Nombre? —Es la respuesta educada en forma de pregunta que le da a Brena. Los de seguridad de las discotecas de lujo a menudo se creen los dueños.

—No me encontrarás en esa lista —señala Brena con su dedo anular—, solo quería hacerte una…

—Señora, apártese de la entrada —el tipo mueve la mano con desgana—, si no está en la lista no puede acceder.

Brena lo mira por un segundo y obedece. No se aleja demasiado mientras desbloquea su móvil y, con la cámara delantera, se enfoca.

—Primer intento de la misión, fracasado —dibuja una expresión teatral de tristeza, pero de inmediato la cambia a una de desconcierto—.

Me he acercado a la discoteca Usuway —se mueve un poco para dejar ver la fachada del sitio—, y uno de seguridad me ha tratado fatal.

A veces me cuesta comprender cómo seguimos dejando el dinero en estos sitios en los que tenemos que rogar por comprar una copa —niega con la cabeza—.

Yo desde luego no pondré un pie aquí nunca más.

Finaliza la grabación y se gira con aire sereno. El hombre corpulento clava su mirada en ella, pero Brena ni se inmuta, comienza a caminar dejando a ese imbécil atrás.

Cuando empezó a ganar popularidad, se prometió nunca venderse —gracias a Dios que tiene dinero porque ha tenido que rechazar unas ofertas bastante deleznables, pero con muchos ceros— que no sería de esas que utilizarían su fama para engañar al resto, pero sobre todo, se obligó a impartir justicia cada vez que tuviera la oportunidad de hacerlo.

Quizá en comparación con el trabajo real que lleva a cabo un juez del Estado de Nueva York, lo suyo no es más que una tontería, pero se siente bien cuando hace denuncias públicas como la que acaba de hacer, porque no le parece ni medio normal que una persona que ha trabajado toda la semana y quiera poder divertirse en algún sitio, sea tratada con la punta del pie por el simple hecho de no estar en una lista o no tener el estatus suficiente.

Que se jodan esos elitistas caprichosos.

—Buenas noches —vuelve a intentar en la entrada de otra discoteca. Este tiene el mismo aspecto hosco que el otro, pero ella igual lanza la pregunta—. ¿Sabes dónde puedo encontrar a Nathan Cole?

El tipo la mira y luego a la pantalla del móvil —Brena ha conseguido una imagen de él— que le enseña durante unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Lo siento, guapa, no me suena —vuelve a mirarla y los ojos le brillan—. Soy nuevo por esta zona. ¿Entras?

Brena reconoce esa mirada lobuna y está casi segura de que si espera a que el tipo acabe su turno, podría disfrutar de un polvo más que necesario.

Es joven, debe tener unos treinta —una buena alegría para el cuerpo, eso seguro—, pero a ella por alguna razón, no le apetece meterse en una cama con alguien.

Quiere sentarse en un buen restaurante mientras comparte una cena deliciosa, una conversación entretenida y que el resto suceda al azar. Joder, qué mayor está.

—Gracias —le sonríe la influencer —, pero tengo que seguir preguntando.

Él asiente sin ningún gesto de derrota.

—Cuando quieras aquí eres bienvenida.

Brena sigue caminando y durante una larga hora va preguntando en un sitio y otro.

Entra en un bar, se pide una copa y descansa un rato para luego seguir con su investigación.

Está cansada y le duelen los pies, pero de solo volver al silencio de su casa, un escalofrío desagradable le dobla la espalda.

—Hola, ¿sabes dónde puedo encontrarlo? —ha pulido su técnica y, sin dejar sus buenos modales a un lado, pregunta directamente sin titubeos.

—No he visto a Nathan por aquí últimamente —la mujer se desanima—, pero estoy seguro de que mañana estará en la puerta de Sun. Darán una fiesta exclusiva y él siempre está en esos sitios.

Brena sonríe y aunque todavía no hay ningún tipo de certeza, al menos ha conseguido una pista más.

—Gracias —se despide del chico y antes de pedir un taxi le envía un mensaje a sus amigas por el grupo que comparten:

Trio infernal

Mañana avanza la misión, tengo la ubicación de nuestro querido Nathan Cole. ¡Nos vamos de fiesta, chicas!

● ● ●

—¿Estás segura de que trabaja ahí? —pregunta Hollis con cierta desconfianza, está agotada y prefería no moverse de casa en vano esa noche.

Brena se ajusta el gorro de color negro sobre su cabeza y se gira de lado para comprobar que su traje estilo ninja le queda bien.

—Es lo que me dijeron, no sabremos si está si no vamos.

Melissa se termina de verter el litro de perfume que al parecer está usando sobre su piel y luego mueve los hombros con confianza.

—Y si no está, seguramente podremos conseguir más información mientras disfrutamos de un buen cóctel —sonríe traviesa—, hace tiempo que quiero entrar en ese sitio.

Hollis bufa y desea que esa fiesta de Halloween no hubiera existido nunca.

Toda esta historia le está suponiendo un desgaste mental mayor al que sintió cuando un día empezó a darse cuenta de que la arquitectura no era lo suyo y estuvo en un bucle de autocompasión durante meses.

Por un lado tiene el corazón roto —maldita chica de ojos azules— y por otro, ha tenido tanto trabajo en esos días que no ha parado ni un solo minuto hasta caer desplomada en su cama en Warwick por las noches.

En cierto modo lo agradece, llevaba tres días fuera de la ciudad metida de cabeza en una casa victoriana recién restaurada que ha tenido el honor de decorar, pero también tiene la cabeza embotada.

Prefiere quedarse en su piso pensando la forma más ingeniosa de lograr que en los Estados Unidos no se vuelva a celebrar el 31 de octubre.

—Venga, el Uber ya está abajo —anuncia Brena y coge su bolso para salir de ahí.

Las otras dos mujeres la siguen y cuando llegan a la acera, entran de un salto al coche. La temperatura hoy ha caído de golpe y no es precisamente agradable para pasear con el poco abrigo que llevan.

—Ya verás cómo damos con él y luego con ella —dice Melissa, tomando la mano de Hollis, que mira por la ventana con gesto derrotado.

Media hora después el conductor las deja frente a un local de fachada brillante con un gran cartel luminoso que lo identifica.

Sun es una discoteca de esas que son leyenda en la ciudad solo que sus herederos la convirtieron hace unos años en un sitio de celebración de fiestas para millonarios y celebridades.

Pocas veces abren al público general y cuando lo hacen, es mejor tener dinero sonante en el banco, ser conocida o estar imposiblemente buena para poder entrar.

Brena pudo conseguir que las metieran en la lista a última hora, solo pueden entrar a la primera zona, que es más sencilla, con un par de barras y sillones blancos. Ahí están los mortales, cruzando la puerta del fondo están los dioses y ellas no tienen tanto poder.

—Mira, es ese —la influencer da un salto cuando ve que uno de los que está en la puerta es el hombre que buscan—. Vamos, vamos.

Melissa la frena, sujetándola por el brazo.

—Espera que baje un poco la fila —señala con un movimiento de cabeza—. Si obstaculizamos, seguro nos mandará a la mierda.

Hollis simplemente acepta lo que dice su mejor amiga porque no tiene mucho que aportar y se apartan para esperar un rato.

Cuando ya tienen el culo bastante congelado y solo quedan unas pocas personas en la entrada, las tres avanzan hasta llegar a Nathan.

—Hola, Brena Sullivan —dice la influencer —. Ellas son Hollis Warren y Melissa Reynols.

El agente de seguridad busca en la lista de su iPad, las tacha con el dedo y asiente. Antes de que les dé paso, Brena vuelve a hablar.

—Nathan, ¿verdad? Iris Walker me ha dicho que pregunte por ti.

El tipo mira de un lado a otro y luego a ella.

—Tengo coca, MDMA y ketamina —murmura el tipo.

Las tres abren los ojos, desconcertadas y asustadas a la vez. En eso son bastante mojigatas.

—No, no, no es eso lo que buscamos —se apresura Brena—. Es que queremos encontrar a esta chica —tiene la foto preparada de Megan que ha extraído de uno de sus vídeos—. Estuvo en la fiesta de Halloween que organizó Iris.

Nathan las mira como si le estuvieran haciendo perder el tiempo; sin embargo, echa un vistazo, al parecer tienen trato cercano con Iris y ella siempre le da trabajo además de buenos clientes.

—Sí, me suena —contesta pasados unos segundos, pero no dice nada más.

—¿Dónde podemos encontrarla? —salta Hollis con una ansiedad que Nathan percibe.

—Mmm —el hombre se pasa la mano por la barba—. Me cuesta un poco recordarlo.

Brena entrecierra la mirada y enseguida se da cuenta de lo que quiere Nathan. Rebusca en su bolso y saca un billete de diez dólares. Se lo ofrece.

—¿En serio? —pregunta entre sorprendido y ofendido.

Detrás se escucha el chasqueo de lengua de Melissa y al instante cincuenta dólares aparecen frente a él.

Los coge de un movimiento rápido y se los mete en el bolsillo.

—No sé dónde trabaja —Hollis pierde el ritmo de la respiración al escucharlo—, pero se apellida Palmer, Megan Palmer. Es de una revista y siempre está en estos eventos. Va con un fotógrafo, un tipo bajito que la mira como si en algún momento fuera a comérsela. No lo juzgo, la chica es una delicia.

Hollis lamenta no llevar alguna estaca de madera para clavársela en el pecho a ese imbécil de colmillos demasiado largos. Una vez más se da cuenta de que está jodida y de que Megan le ha pegado muy fuerte.

—The Current Magazine —suelta Brena con un gritito—. Megan es la periodista de la sección de sociedad y cultura.

Gira el móvil y Hollis experimenta una patada en su entrepierna cuando una fotografía de perfil le muestra a una rubia de porte profesional y la misma sonrisa preciosa que le dedicó aquella noche.

—¿Entráis o no? Estáis haciendo tapón —la voz impaciente de Nathan hace que las tres amigas reaccionen y entren al local.

—¿Estás bien? —pregunta Melissa observando la palidez en su mejor amiga.

Hollis asiente, aún turbada.

—Bien, entonces tomemos una copa y vamos a prepararnos —aplaude Brena—. Mañana, por fin, cazamos a la ladrona.