Capítulo 8
N atalie tiene dos dedos dentro de ella, moviéndolos con un ritmo perfecto que hace que el cuerpo de Megan responda, pero la periodista tiene la cabeza en otra parte, incapaz de concentrarse solo en lo que está pasando ahora.
Cierra los ojos e intenta vaciar la mente, pensar en lo que Natalie le hace entre las piernas y en lo hábil que siempre ha sido con el pulgar cuando traza círculos pequeños, y durante unos segundos parece funcionar, pero después le llega una imagen que no puede detener: unos labios pintados de burdeos, el temblor de unas manos que no sabían dónde colocarse y que acabaron cogiéndola por la cadera con una fuerza desproporcionada, una risa nerviosa junto a su boca y esa voz diciendo «increíble» con esos ojos oscuros muy abiertos.
Se le contrae el vientre, pero no precisamente por lo que su jefa le está haciendo.
La editora la mira fijamente, tiene el pelo revuelto sobre la cara y una arruga de concentración en la frente mientras intenta adivinar lo que sucede en la cabeza de la chica que tiene debajo.
No dice nada porque Natalie Grant no es de las que preguntan en mitad de un polvo —no por falta de ganas—, sino porque teme que la respuesta le corte el rollo.
Lo que hace es cambiar de táctica, retira los dedos y baja por el cuerpo de Megan, colocándose entre sus piernas.
Con el primer roce, lento y con presión, la periodista arquea la espalda porque eso la arrastra de vuelta al presente.
—Joder, Nat —suelta, retorciendo la sábana entre las manos.
Natalie continúa y, cuando vuelve a meterle los dedos sin dejar de chupar, Megan gime con fuerza, pero cuando cierra los ojos ya no es la cabeza de Natalie la que está entre sus piernas. Ve los ojos de Hollis mirándola como si nunca hubiera visto una mujer desnuda.
Se corre con un gruñido, un orgasmo corto que la satisface, pero que sin duda no es como los que tiene siempre con Natalie.
Su jefa suspira, la observa desde abajo y se alegra de que la primera en correrse haya sido ella, porque si hubieran comenzado al revés, ahora mismo tiene muy pocas ganas.
—Bueno —dice Natalie, arrastrándose por la cama hasta tumbarse a su lado—. ¿Me vas a contar qué coño te pasa?
Megan suspira, todavía desconcertada, y se coloca el antebrazo en la frente.
—No me pasa nada.
Hay dos cosas que Natalie Grant no soporta: que le mientan a la cara y el sexo mediocre. Megan parece que quiere darle el pack completo.
—Estabas en otro sitio, Palmer —Natalie chasquea la lengua—, lo mínimo que puedes hacer es decirme dónde.
Megan se gira hacia ella y la editora apoya la cabeza en la mano mientras espera.
—Perdona, es que... El otro día, en la fiesta, conocí a alguien.
—Estupendo —Natalie chasquea la lengua con dramatismo—, has metido a tu amante imaginaria en mi habitación.
—No seas idiota —se ríe Megan.
Natalie se incorpora y se sienta con la almohada detrás de la espalda.
—Vale, a ver, ¿de quién se trata? ¿Y por qué no me habías hablado antes de esta persona?
Megan también se sienta y ladea la cabeza hacia ella.
—La verdad es que no lo sé, supongo que estaba esperando a que me llamara.
La conocí en la fiesta de Halloween. Conectamos muchísimo desde el principio.
Bailamos un rato y después nos fuimos a su casa y fue...
—intenta buscar la palabra y no la encuentra porque todas le parecen insuficientes para describir esa noche—.
Fue genial, Nat. No solo por el sexo, que también, fue todo en general.
Su manera de hablar, su forma de mirarme y lo fácil que fue estar con ella, era como si nos conociéramos de toda la vida.
—Vaya —dice Natalie, asombrada.
—¿Y qué pasó? ¿Qué es lo que te preocupa?
—Estaba dormida cuando me levanté y no quería despertarla —Megan sonríe—, así que le dejé una nota con mi número, pero ya han pasado cuatro días y no sé nada de ella.
Natalie parpadea y después suelta un resoplido burlón.
—¿Me estás diciendo que estabas en otra parte mientras follábamos porque una mujer a la que conociste hace cuatro días no te ha escrito?
—Dicho así suena raro —responde sonriendo.
—Es que lo es. —Natalie se incorpora y sale de la cama, cogiendo una camiseta enorme para cubrirse—. Cuatro días no es nada, Megan, y tú hablas como si hubieran pasado dos semanas.
—Lo sé —la periodista echa la cabeza hacia atrás—, pero es que conectamos tan bien que estaba segura de que me iba a escribir.
—Pasaste una noche con ella, Megan, una muy buena al parecer, pero existe la posibilidad de que ella no sintiera lo mismo que tú.
—Imposible —niega tajante, y su jefa levanta una ceja—. Sé lo que digo, esas cosas se notan, Nat, y tú lo sabes. No fue una noche de sexo cualquiera, fue todo... intenso.
Natalie la mira fijamente, levanta las dos manos en señal de rendición y se dirige a la cocina. Megan sale detrás de ella.
—De acuerdo, fue intenso —dice la editora mientras abre el armario para coger un par de vasos que llena de agua—. Eso no significa que esa pobre mujer tenga que llamarte al día siguiente.
Megan acepta el vaso de agua.
—Al día siguiente no, pero joder, ¿cuatro días?
—Creo que la intensa eres tú —se burla Natalie después de beber un trago largo—. Esa mujer tendrá una vida, Megan, un trabajo, no sé, si todo fue tan perfecto como dices, a lo mejor simplemente lo está procesando. No todo el mundo funciona a tu velocidad.
Megan vuelve a la habitación para ponerse algo de ropa antes de volver hacia el salón.
El apartamento de Natalie es lo opuesto a ella, es amplio, con muebles de colores sobrios relucientes y las cosas colocadas sin ningún tipo de orden, igual que en su despacho.
Es un desastre con piernas y aun así, Natalie es la persona con la que más cómoda se siente.
—Es que no me la puedo sacar de la cabeza —admite sentándose en el sofá—. Cada vez que cierro los ojos la veo y es una putada porque no tengo forma de contactar con ella. Bueno, salvo que me presente en su apartamento, pero eso me parece que rozaría el acoso.
—¿No sabes su apellido? La podrías buscar por las redes.
—No, solo sé que se llama Hollis.
—Deja de agobiarte, Megan. Espera un poco más, si fue así como dices seguro que te llama. Quizá solo está teniendo una semana complicada, o está casada —añade para pinchar.
Megan le dedica una mirada furibunda y molesta.
—No está casada.
Natalie se cruza de brazos disfrutando del momento.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Te lo dijo ella?
—No, pero es imposible que estuviera conmigo así si tuviera a alguien más. Además, follamos en su apartamento y obviamente no había nadie.
Megan recuerda el bulto en el sofá cuando se marchó, pero está segura de que era alguna amiga de Hollis.
—Muy bien, pues no está casada. Entonces espera y punto.
—¿Y si no me llama?
La editora resopla con hartazgo.
—Tienes treinta y dos años, joder. Si no te llama, sigues con tu vida. Así es como funciona. No se va a parar el mundo si no vuelves a verla. Bienvenida a la vida adulta.
—A veces eres muy fría —dice Megan con una sonrisa.
Natalie niega con la cabeza. Ella tiene cuarenta y cinco años y demasiadas experiencias como para perder el tiempo con estas cosas.
En su opinión, los rollos de una noche tienen este problema, que son justo eso, una noche, y lo que para ti pinta bien y puede ser algo más, para la otra persona ha sido solo eso: un rato agradable.
Ella hace mucho tiempo que ha dejado de buscar nada, ni siquiera sexo esporádico.
Eso lo tiene con Megan y le parece más que suficiente, sobre todo porque le ahorra tener que volver a entrar en esa rueda de las citas en las que siente que no tiene nada que hacer.
Quizá sea por su edad, pero Natalie tiene la sensación de que se ha vuelto muy exigente con las mujeres.
Ella ya tuvo una relación larga con Laura que se terminó porque todo se apagó sin que ninguna lo viera venir, pero con el paso de los años, tras darle vueltas a todo aquello, la editora concluyó que gran parte fue culpa de ella porque es muy buena en su trabajo, pero muy mala compartiendo su vida con alguien, al menos en aquella época.
Ahora se da cuenta de que Laura necesitaba que estuviera más presente y de que ella no fue capaz.
Estaba casada con la revista y al final se convirtieron en dos personas que vivían en el mismo apartamento y que se cruzaban por el pasillo sin apenas mirarse.
Por eso ya no busca nada, ha perdido la paciencia para ese proceso de conocer a alguien, de aguantar los desajustes del principio y sufrir las cosas que después te molestan, ya no le apetece pasar por eso.
Sigue al frente de la revista, eso le gusta y es fácil.
O quizá es que se ha acomodado, tiene su trabajo y una relación sexual con Megan que no le complica la vida y, aunque siempre ha sabido que Megan acabaría encontrando a alguien, nunca le ha preocupado en exceso.
—Así que esto ya se acaba —dice señalando entre las dos con una mueca dramática que hace reír a Megan.
—Bueno, no lo sé, si no me llama...
Natalie suelta una carcajada.
—¿Te das cuenta de cómo suena? Me estás diciendo que soy tu segundo plato en la cara —la editora coge un cojín y se lo estampa contra el brazo mientras Megan se parte de la risa.
—Perdona, tienes razón, suena muy mal —la abraza y le da un beso en la mejilla; después sube las piernas al sofá y se las abraza—, pero tú, Nat, deberías...
—No empecemos, ya te dije que las citas no son para mí.
—Pero esto no es vida tampoco, es decir, aunque tú y yo nos sigamos acostando, ¿no te apetece, no sé, conocer a alguien que te dé algo más que esto?
—Ya sabes lo que pienso al respecto. Tengo una edad, ya viví una relación larga y...
—Eso es una gilipollez y lo sabes —la corta Megan.
Aunque las cosas no funcionaran entre ellas, quiere mucho a esta mujer, y a veces la exaspera que se conforme con tan poco.
—Puede, pero es lo que he decidido, y no me cambies de tema, estábamos hablando de ti y tu amorcito.
Megan suelta otra risotada.
—No es mi amorcito.
—No, pero quieres que lo sea.
La periodista cierra los ojos un momento y deja salir el aire por la nariz.
—Yo solo quiero volver a verla para saber si siento lo mismo que aquella noche y si solo fue fruto de la magia de Halloween.
Natalie hace una pedorreta.
—¿Tú te escuchas? La magia de Halloween —repite con burla—. Te ha dado tan fuerte que te has vuelto una cursi.
Las dos se echan a reír y Natalie se acomoda a su lado, girándose hacia ella.
—Mira —dice, y su tono cambia a ese tan sereno que usa cuando se pone seria—. Si de verdad te gusta tanto la tal Hollis, dale unos días más, ¿de acuerdo? Y si no te llama —Natalie le coge una mano con cariño—, será una putada para ti, pero tendrás que superarlo.
—Entonces descarto presentarme en su apartamento —bromea Megan, apretándole la mano.
—Si haces eso como una acosadora, te juro que te despido —suelta su jefa.
Megan se dobla de la risa.
—¿Nunca te ha pasado nada así? —pregunta la periodista.
Natalie hace una mueca pensativa y niega con la cabeza.
—No. He tenido polvos muy buenos de una noche, pero tampoco tanto como para que me muriera de ganas de repetir. Además, yo no le hubiera dado mi número a nadie hasta tres semanas después, eso como mínimo.
Megan se vuelve a reír mientras asiente, porque eso es muy de Natalie.
Está tan cerrada a conocer a alguien que está segura de que si ellas no se hubieran conocido en la revista y lo hubieran hecho en cualquier sitio para tener una noche de sexo, no se hubieran vuelto a ver porque Natalie se habría largado de su apartamento por la mañana, sigilosa como un fantasma.
—En fin, voy a ducharme —dice la editora, levantándose del sofá—. ¿Te quedas a cenar?
—No tengo mucha hambre, me ducho contigo y me voy —Megan se levanta.
—Claro, tu amorcito te ha cerrado el estómago.
Megan le da un empujón suave con el hombro y después la abraza por la cintura y le vuelve a dar un beso en la mejilla.
—Gracias por escucharme, y por no enfadarte por... —Megan señala hacia la habitación.
—No me las des. Me debes un orgasmo en condiciones si Hollis no te llama, lo de antes ha sido bastante mediocre.
A Megan le encanta esta mujer y durante mucho tiempo estuvo frustrada de que lo de ellas no funcionara más allá de la cama y la amistad, pero eso ya pasó y está encantada con la relación que tienen, aunque tiene muy claro que si Hollis entra en su vida, ella y Natalie se quedarán solo con la amistad.