Cupido en Halloween Capítulo 6
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Capítulo 6

H ollis abre los ojos despacio y lo primero que siente es el cansancio extremo en todo el cuerpo acompañado de una relajación inusual en ella.

Le duelen los muslos, tiene la garganta seca y un hormigueo agradable recorriéndole la piel que le arranca una sonrisa antes de desperezarse del todo.

Estira un brazo hacia el otro lado de la cama y lo encuentra vacío, entonces gira la cabeza y Hollis se queda mirando mientras recuerda las manos de Megan sobre su cuerpo, su boca y el peso de la chica sobre ella.

Se le calienta la cara y suelta un suspiro que le sale tembloroso.

Mira el reloj de la mesilla. Las diez y cuarto. Se estira como un gato, se incorpora y se queda sentada en la cama, apoyando los pies descalzos en el suelo. Le tiemblan un poco algunos músculos cuando se pone de pie y se ríe de sí misma porque no recuerda haber tenido agujetas por esto en su vida.

Se lava la cara, se recoge el pelo con una pinza y se pone unos pantalones de chándal y una camiseta ancha.

Cuando sale de la habitación, la puerta de la otra está cerrada y hay un bulto en el sofá que reconoce de inmediato por la melena rojiza que cae sobre el cojín.

Melissa duerme con una pierna fuera del sofá y el maquillaje de gata le ha dejado unos borrones negros alrededor de los ojos que la hacen parecer un mapache.

Sin duda, o llegó muy borracha para desmaquillarse o estaba muy cansada para hacerlo.

Hollis sonríe y camina hasta la cocina. Pone la cafetera, abre un poco la ventana para ventilar y se apoya en la encimera mientras espera.

No puede dejar de pensar en Megan, en cómo la miraba, cómo se reía, en lo fácil que fue todo con ella y sobre todo esa forma que tenía de tocarla que la hizo temblar y suspirar con más intensidad que nunca.

Le gustó mucho, todo lo que pasó desde que se conocieron lo disfrutó con intensidad y ni siquiera la sorpresa de haber acabado en su cama con una mujer logra opacar un poco lo que ella cataloga como una noche perfecta.

Se sirve el café, le da un sorbo largo y abre el armario donde guarda las galletas porque ahora no tiene ganas de preparar nada y necesita meter algo en el estómago.

Se come tres y va hacia el salón y entonces piensa que mientras espera a que sus amigas se despierten, podría aprovechar para revisar el correo.

Patricia Dumont le escribió hace dos días pidiendo las medidas exactas de las cortinas y todavía no le ha contestado porque es una pesadilla en potencia, pero puede hacerlo ahora y quitársela de encima.

Camina hacia la mesa del salón donde siempre deja el portátil.

—Qué raro… —murmura con el ceño fruncido cuando ve que no está.

Hollis se detiene y mira hacia todas partes.

Quizá lo dejó en otro sitio y la follada maravillosa que le regaló Megan le ha vaciado los recuerdos de las últimas horas, pero le parece extraño porque ella siempre lo deja ahí.

Suele trabajar en esa mesa desde casa, o a veces en el sofá, pero cuando termina siempre lo deja ahí cargando porque la batería está un poco fastidiada y enseguida se le agota.

Mira sobre las sillas, levanta la chaqueta de Melissa sobre la mesa, mira por el suelo y por último en la mesa baja del salón.

Nada. Empieza a ponerse nerviosa. Vuelve a la cocina, quizá una de sus amigas lo utilizó en algún momento y lo cambió de sitio, eso no sería raro, pero sigue sin verlo en ninguna parte.

Observa todas las superficies de la cocina, su habitación, y hasta se inclina sobre Melissa y la mueve hacia delante para palpar los cojines por si se ha tumbado encima.

—¿Qué haces? No me metas mano mientras duermo —murmura su amiga, y Hollis parpadea porque tiene los ojos cerrados y parece profundamente dormida.

Ni loca le metería mano, ella no se acuesta con muje… Suelta una risita estúpida, ahora ya no puede pensar eso porque anoche se acostó con una, muchas veces, y no se arrepiente en absoluto.

Se mueve hacia el pasillo, abre los cajones de la cómoda, revisa una estantería y vuelve al dormitorio para mirar debajo de la cama porque siente que es el último sitio que le queda sin revisar.

Su portátil no está y a Hollis empieza a picarle el cuello.

Se queda quieta intentando buscar una explicación.

Ella no lo ha tocado y Melissa y Brena jamás le gastarían una broma con esto porque saben que todo su trabajo está en ese portátil.

Eso solo le deja una posibilidad, una en la que lleva veinte minutos intentando no pensar.

La única persona que ha estado aquí ha sido Megan, y Megan no está y su portátil tampoco.

Se le vacían los pulmones de golpe y se lleva la mano al pecho, notando que le cuesta tragar.

No puede ser, es imposible que esa chica con la que sintió una conexión sorprendente la follara con tanta adoración solo para robarle el portátil.

Camina hasta la puerta de la otra habitación y la abre sin llamar. Brena está en la cama con el teléfono sobre la almohada y la boca abierta. Hollis se acerca y le sacude el hombro con fuerza.

—Brena, despierta.

—Mmm.

—Brena… —insiste más fuerte.

—¿Qué? —gruñe su amiga, y se gira tapándose la cara con el brazo.

—Despierta, por favor, ha pasado algo.

La influencer abre un ojo con esfuerzo, intentando poner en marcha su cerebro abotargado.

—¿Qué hora es?

—Casi las once. Levanta.

—Hollis, es muy temprano, anoche me acosté tarde y…

—Me han robado el portátil.

Brena abre los ojos de golpe y se incorpora tan deprisa que a Hollis le recuerda a la niña del exorcista. La deja ahí, espabilándose tras haber echado un vistazo por esa habitación y comprobado que tampoco está, y se va a despertar a la pelirroja.

—Mel.

—Estoy durmiendo, Hollis —murmura con voz ronca.

—Ya no, y me han robado el portátil.

Melissa abre los ojos, confundida, y cuando se gira Hollis da un paso hacia atrás porque ahora que la ve bien parece un mapache macabro.

—¿Qué dices que te han robado? —pregunta frotándose los ojos con las dos manos.

—No hagas eso —le advierte Hollis.

—¿El qué? —pregunta mirándola.

Ahora parece que tiene un antifaz en la cara.

—Mi portátil estaba encima de la mesa, ¿lo habéis puesto en otro sitio? Necesito que penséis —dice cuando Brena sale de la habitación.

—Yo no lo he tocado, bastante tuve con llegar —dice Melissa.

—Yo tampoco, sabes que yo con mi teléfono tengo de sobra. ¿Segura que no lo has puesto en otro sitio?

—Segura.

—¿Y has buscado bien? —añade Melissa.

—He buscado por todo el maldito apartamento. —La voz le sale chillona por el estrés.

Se supone que tenía que ser un día perfecto porque se ha despertado muy feliz, pero la felicidad le ha durado poco.

—Vamos a echar otro vistazo por si acaso, si buscamos las tres seguro que aparece —propone Brena.

—Sí, ya verás como está en cualquier parte —apoya Melissa, que se levanta y se atusa un poco el pelo para no parecer un espantapájaros.

Diez minutos después, las tres vuelven al salón con expresión desconcertada.

—Ha sido Megan, ha tenido que ser ella —dice, dejándose caer en una silla.

Se le quiebra la voz y Brena se acerca y le pone una mano en la espalda.

—Lo siento, Hollis…

—Es que no lo entiendo —dice, entre rabiosa y confundida porque de verdad le cuesta comprenderlo—.

¿Por qué iba a hacerlo? Conectamos, estuvimos hablando un poco, bailamos y cuando llegamos aquí…

Dios mío —se tapa la cara con las manos cuando recuerda todo lo que hicieron.

No puede ser que alguien que la trató y la hizo sentir así de bien, solo hubiera jugado con ella con el fin de robar algo de valor.

—Me gustó mucho, joder… —admite, negando con la cabeza—. Ahora entiendo porque se ha marchado sin ni siquiera despedirse.

Melissa y Brena se miran entre ellas, compungidas.

—¿Sabes su apellido? —pregunta Melissa, sentándose en otra silla.

Hollis niega con la cabeza.

—¿Te dijo dónde vive o dónde trabaja?

—Dijo que era periodista, pero nada más.

—Y supongo que no te dio su número de teléfono —deduce Melissa.

—No. —Hollis se frota los ojos con los dedos—. No nos dio tiempo, llegamos y… —Mira hacia el sofá y suspira—. Bueno, estuvimos ocupadas y después nos quedamos dormidas.

Melissa se muerde los labios. Anoche, cuando llegó, venía con el pensamiento de someter a su amiga a un tercer grado en cuanto las tres estuvieran solas, pero es evidente que no es el momento, y dadas las circunstancias, probablemente no lo será nunca.

—De acuerdo —dice Brena—. Tenemos que ir a poner una denuncia.

—¿Y qué digo? ¿Que una chica que se llama Megan, si es que se llama así, me folló hasta dejarme exhausta y después me robó el portátil?

—A lo mejor no es necesario que le digas cuántas veces te corriste, quizá con explicar lo justo es suficiente —dice Melissa, ganándose una mirada fulminante de Hollis.

—Sea como sea, hay que hacerlo, Hollis. Tienes datos de tus clientes ahí, es mejor que denuncies y evites problemas después —insiste Brena.

—Tienes razón.

—Dime que tenías copia de seguridad —dice Melissa.

—Sí, tengo automatizada una copia, pero no es solo el engorro que supone ni el dinero, es…

Melissa quiere arrancarse sus propios ojos por haber sido ella la que la empujó para que hablara con esa zorra vestida de diabla.

—Venga, desayunemos algo, nos vestimos y vamos a la comisaría más cercana —decide Brena.

Tardan alrededor de tres cuartos de hora en estar listas y salir del apartamento.

Hollis va callada durante todo el camino, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la mirada clavada en la acera.

El barrio todavía tiene restos de la noche, con vasos de plástico en las esquinas, confeti aplastado sobre el asfalto y algún que otro globo que pulula medio desinflado por detrás de los coches aparcados.

A Hollis solo le parecen los restos de una fiesta a la que una parte de ella desearía no haber ido y la otra no puede lograr hacerlo porque fue demasiado perfecto para negarlo, por muy ladrona que sea Megan.

La comisaría más cercana está a diez minutos andando.

Cuando entran, Hollis comprende de inmediato que no va a ser rápido.

La sala de espera es un rectángulo largo con sillas de plástico atornilladas al suelo, y la mitad de ellas están ocupadas.

Hay un hombre de unos cincuenta años dormido con la boca abierta.

Dos chicas con orejas de conejo están rellenando un formulario como si no supieran escribir y hay un chico con capa de superhéroe sentado en el suelo con la mirada fija en sus pies.

—Dios mío —murmura Brena mirando a todas partes.

Hollis se acerca al mostrador y espera a que el agente, un hombre corpulento con bigote, termine de teclear algo en el ordenador.

—¿En qué puedo ayudarla? —pregunta, y parece aliviado de que Hollis no vaya disfrazada ni parezca borracha o colocada.

—Quiero denunciar un robo.

—¿Cuándo ocurrió?

—Esta noche, anoche. —Hollis se corrige porque ni siquiera sabe en qué momento salió Megan de su casa.

¿Fue cuando ella se durmió? ¿Esperó y se marchó o se quedó con Hollis hasta la madrugada? No tiene ni idea.

—¿Qué le han robado?

—El portátil. En mi casa.

El agente levanta la mirada y asiente.

—Siéntese, la llamaremos cuando haya un agente disponible.

Hollis está a punto de preguntarle si tardará mucho, pero cuando mira a su alrededor decide que no hace falta y las tres amigas se dejan caer en asientos contiguos.

Brena se entretiene con el teléfono —para variar— y Melissa cruza una pierna sobre otra mientras va mirando uno por uno a todos los personajes que hay en la sala.

De repente, el tipo que duerme se despierta con un ronquido monumental y las dos chicas de las orejas de conejo se sobresaltan, dan un gritito y después se ríen a carcajadas.

—Mierda, debería haber grabado eso —se lamenta Brena, que se está controlando por respeto a su amiga.

En otra situación, las tres estarían tranquilas hablando de cualquier cosa, pero Hollis tiene la mandíbula apretada con tanta fuerza que le duelen las muelas y los ojos clavados en la pared de enfrente.

No puede dejar de pensar en Megan y en todo lo que pasó, en cómo la miraba después de correrse, en cómo se preocupaba preguntando si estaba bien y en lo dulce que fue en todo momento.

No puede ser que haya hecho esto, y sin embargo, aquí están.

Lo que más le duele no es el portátil, que también, porque le costó dos mil dólares y ahora tendrá que comprar otro, restaurar la copia de seguridad y comprobar que tiene todo lo que necesita.

Lo que le molesta de verdad es que por primera vez en mucho tiempo se dejó llevar, ella, que no es capaz de soltarse ni cuando está sola, se abrió con una mujer que la hizo sentir que rozaba el cielo y que después desapareció con su portátil.

—Warren —llama un agente desde la puerta que hay al fondo.

Hollis se levanta y camina hacia él arrastrando los pies mientras sus dos amigas se miran sin saber qué hacer para animarla.

Durante casi cuarenta minutos, Hollis explica lo que ha pasado, le da una descripción detallada de Megan a la agente —porque la recuerda muy bien, duda que consiga olvidarla alguna vez— le explica lo que contenía el portátil, le enseña la factura de la compra que por suerte guarda en el correo y que le permite al hombre apuntar el modelo exacto, y después firma donde le dice.

—Muy bien, señora Warren, esto es todo. Haremos lo que podamos. Si tiene más datos o recuerda algo que pueda ser útil, llámenos. El número está en la copia.

Cuando salen a la calle, Melissa le rodea los hombros con un brazo y Brena camina a su otro lado en silencio.

Ninguna de las dos le dice nada y Hollis lo agradece, aunque las tres están pensando lo mismo: es casi imposible que la policía recupere su portátil, y lo que es peor, que Hollis vuelva a saber nada de Megan.