Capítulo 5 #2
—Sí, estoy bien —suspira pegada al cuello de Hollis—. Ha sido muy intenso, me ha encantado.
Hollis se hincha como un pavo real, ¿llevar al orgasmo a una chica como Megan y que además le haya gustado? Joder, esto tiene que apuntarlo en algún sitio con fecha y dos corazones.
Antes de que la diseñadora pueda abrir la boca, siente cómo Megan empieza una nueva ronda de caricias que prometen más de lo que ya le han dado, pero Hollis tiene que ser sincera porque una cosa es lo que acaban de hacer y otra muy diferente lo que está segura que Megan desea —y ella también, mucho— y que su inexperiencia termine estropeándolo todo.
—Espera —la frena y de inmediato la periodista se echa hacia atrás.
Megan la observa con los ojos dilatados y un gesto de duda en su rostro.
—Quiero decirte que nunca he hecho esto —Hollis baja la mirada y acaricia los muslos de la chica con indecisión—. Y quiero hacerlo, pero no quiero que se convierta en algo que no esperabas. Puedo entender si no quieres seguir, estar con alguien sin experiencia quizá no sea agradable para ti.
Lo dice de carrerilla y cuando se atreve a levantar la mirada, Megan tiene la boca abierta en una perfecta O.
—¿De verdad nunca…? —señala entre ambas y cuando Hollis lo confirma, Megan levanta las cejas—. Pues no lo parece, créeme, lo estás haciendo muy bien y si es por mí, no quiero parar.
—Yo tampoco —se apresura Hollis y no se siente incómoda al decirlo—. Allí tengo mi habitación, estaremos más cómodas y a salvo de mis amigas cuando vuelvan.
Megan se incorpora de un salto y le tiende una mano que Hollis sujeta para ponerse de pie.
Entran a la habitación y casi en el mismo segundo en que cierran la puerta, la rubia acorrala a Hollis contra ella.
—Me muero por saber qué hay bajo este vestido, ¿me dejas?
¡Ja! Como si Hollis tuviera en este momento la capacidad de decirle que no.
Cuando Megan obtiene la respuesta, empieza a desnudarla con calma. Besa la piel que va dejando expuesta, lame donde le apetece y deja pequeños mordiscos que están llevando a Hollis a la locura.
Cuando solo le queda la ropa interior, Megan se deshace de su vestido para quedar en igualdad de condiciones y cuando Hollis siente esa piel suave contra la suya, siente que puede desmayarse en cualquier momento.
Todo es diferente, los besos, el tacto, las formas y Hollis se pregunta por qué coño fue tan puritana como para no haber probado esto antes.
—Preciosa —Megan le deja un beso en la montaña de sus pechos—, eres preciosa —ahora lame la piel que está encima del ombligo.
Hollis busca sujetarse a cualquier sitio, pero en la posición en la que está es tremendamente difícil así que aplana ambas manos y las pega a la puerta tras ella porque la boca caliente de esa chica está empezando a acercarse a un lugar peligroso.
El primer beso es sobre la tela del tanga, el otro es el lado izquierdo, justo cerca de uno de sus labios inferiores.
—Dios —sisea Hollis sin poder evitarlo porque ahora Megan ha usado sus dedos para apartar la tela.
—Eres muy receptiva, ¿lo sabías? —la buena de Megan arrastra una de sus yemas por el centro resbaladizo de Hollis que reacciona con un aullido cargado—. Muy receptiva.
No hay señal de advertencia ni un «agárrate que vienen curvas», lo que hay es una lengua plana y muy hábil que entra en sus labios más sensibles y se desliza con suavidad hasta su abertura.
Hollis abre las piernas, cerrarlas sería una estupidez y ella a esa hora no está para cometerlas.
Megan la trabaja como una experta artesana, haciendo que el cuerpo frágil de la diseñadora se tambalee como un barco.
—Joder, Megan…
La respiración se le corta cuando la rubia le levanta la pierna y la deja caer con cuidado sobre su hombro para a continuación asomar las puntas de los dedos a ese agujero húmedo al mismo tiempo que sigue lamiendo.
La folla con una lentitud desesperante y, tras tres penetraciones profundas, Hollis, la mujer que ignoraba este placer perdiendo el tiempo con hombres que no tenían ni idea, se corre jadeando como si se estuviera ahogando en medio del mar.
—Exquisita —suelta la periodista cuando se levanta. Después la besa y Hollis no puede sino gemir al sentir el sabor salado en los labios de la rubia—. ¿Vamos a la cama? La noche es joven.
● ● ●
Un zumbido molesto hace que Megan Palmer gruña y se gire para buscar su móvil. Está exhausta, pero no recuerda la última vez que se sintió tan jodidamente bien. Coge el aparato y con un ojo abierto y otro cerrado, suelta un gemido lastimero al leer un mensaje de Natalie.
Nat Grant
Megan, necesito que cubras la inauguración de la galería en East Side. Trisha se ha reportado enferma.
Nat Grant
Si contamos como enfermedad haberte pasado de copas en la noche de Halloween. Qué idiota.
Nat Grant
Avísame cuando leas mis mensajes, no me hagas llamarte.
Megan gira la cabeza con cuidado para no despertar a Hollis, aunque está segura de que ni un helicóptero sobrevolando el edificio le haría abrir los ojos.
Menuda noche han pasado y, para sorpresa de la periodista, el sexo —aunque ha sido maravilloso— no fue lo que más le ha gustado.
La conexión que hubo, la fácil conversación entre ambas, eso es lo que ha dejado encantada a Megan.
Sale de la cama y se viste en silencio. No le importa ponerse el vestido otra vez, a esa hora tan temprana, la gente irá todavía disfrazada sin tener ni la mitad de la consciencia para saber dónde están.
Mira la puerta de la habitación y luego a Hollis que descansa con un gesto sereno sobre la almohada.
Le parece preciosa, pero de verdad, no con el significado que le otorga mucha gente a esa palabra para salir del paso.
La diseñadora es físicamente muy atractiva, pero esa personalidad, su sonrisa cálida y su forma de mirar la han dejado completamente impresionada.
Se acerca a ella, se inclina sobre el cuerpo laxo y le roza la mejilla con los labios.
La mujer ni siquiera se mueve y Megan suspira mientras se incorpora.
Cuando sale de la habitación todo está oscuro y cuando está a punto de encender la linterna de su móvil, nota un bulto en el sofá.
Está segura de que hay alguien ahí durmiendo, por lo que en silencio rebusca en su bolso y encuentra un taco de notas adhesivas junto a un bolígrafo.
Se apoya en la pequeña mesa que hay en la esquina, alumbra con la pantalla para apuntar su número de teléfono, su nombre y un «me encantaría volver a verte, llámame».
Lo pega sobre un portátil que permanece cerrado y con una sonrisa placentera abandona el piso de la chica que tan solo a horas de haberla conocido, la ha vuelto loca.