Capítulo 5
H ollis siente que su mano está tan sudada que resbala, pero es incapaz de soltar esos dedos que la sujetan con firmeza. Megan se abre paso entre la gente, caminando con seguridad por la fiesta hasta que se acerca a un pequeño ropero improvisado cerca de la salida.
—Tengo que coger mi chaqueta y mi bolso, ¿me das un momento? —lo pregunta mirándola a los ojos y después se muerde los labios.
La diseñadora se queda prendada de ese gesto a la vez que no logra salir de su estupefacción.
Hollis es de esas mujeres que jamás han tenido la necesidad de saber qué es besar a una chica, ni siquiera cuando estaba estudiando y a menudo sus compañeras contaban experiencias del estilo como algo natural que se tenía que probar al menos una vez en la vida.
Ha visto a la propia Melissa enrollarse con alguna y después asegurar que besarlas es escandalosamente increíble —su amiga es muy exagerada—, pero no han ido a más porque dice que ellas no tienen la herramienta que necesita para funcionar.
No es que para Hollis sea algo reprochable, pero ella siempre ha salido con hombres y nunca le ha visto la gracia a inventar probando cosas que no le apetecen.
Algo que no se ajusta a lo que siente ahora.
—¿Vamos? —Megan aparece a su lado con la chaqueta puesta y como si fuera algo que lleva haciendo años, entrelaza sus dedos con los de Hollis.
Solo puede hacer un movimiento incoherente con la cabeza para decirle que sí y cuando reanudan el paso, una melena rojiza que enmarca una cara sonriente la mira desde la esquina más cercana.
Melissa levanta una ceja al mismo tiempo que alza la copa en un brindis mudo de celebración.
Hollis aparta la mirada —en parte avergonzada— y camina más rápido para salir del local.
—¿No has traído chaqueta? —pregunta Megan en cuanto se ponen en la acera y siente tiritar a su acompañante. Lo que no sabe la rubia es que Hollis no tiembla por el frío.
—Vivo a un par de manzanas de aquí —señala con el pulgar como si su apartamento estuviera detrás de ella—. No creí que fuera necesario.
Megan niega y su boca se expande en una sonrisa que hace que Hollis trague saliva con fuerza. Joder, es que jamás le había pasado esto.
No puede negar que se sintió muy atraída por algunos hombres con los que salió y por Andrew —su exmarido— estuvo casi obsesionada porque le parecía un hombre perfecto, pero lo que experimenta con Megan debería ser caso de estudio.
—¿Te apetece que vayamos ahí? —se lanza Megan.
—¿A mi casa? —nada más acabar la pregunta sabe que ha sido tonta.
—Sí, señora.
Ese acento sureño… ¿Hollis puede empezar a desarrollar una especie de auralismo por culpa de esta chica? No tiene dudas.
Unos minutos más tarde las dos mujeres están subiendo las escaleras hasta el apartamento de Hollis.
El camino ha sido silencioso, nada incómodo, con algún comentario sobre los disfraces con los que se topaban.
En algún momento, Megan le soltó la mano para contestar un mensaje que acababa de llegarle y Hollis tuvo una sensación de orfandad que le hizo fruncir el ceño.
La noche está siendo rara porque sentir tantas cosas nuevas de golpe solo puede significar que la energía de Halloween se está apoderando de ella.
Hace un mohín con los labios para no soltar una risa incrédula e intenta desechar todas esas cosas que dice Melissa sobre lo especial del 31 de octubre y lo propicio que es para adivinar el futuro amoroso.
—Adelante —invita Hollis cuando abre la puerta y Megan entra con un paso tranquilo que a ella le parece el péndulo de una vidente.
—Vaya, tienes un sitio muy bonito. —La rubia observa la decoración y le parece tan sencilla como preciosa.
—Gracias, aún no está acabado, pero espero que pronto lo esté —ahora Hollis vuelve a sentir mucho calor—. ¿Quieres beber algo?
Megan se gira y le sonríe.
—Lo que tengas.
Hollis se queda quieta en el medio del salón intentando que el motor que funciona dentro de su cerebro arranque de una vez por todas.
—Creo que tengo cerveza en la nevera —dice por fin—. Vodka y vino blanco.
—Una cerveza está bien. —Se acerca a Hollis y se pega a su cuerpo—. ¿Te ayudo?
La voz le sale melosa y la respuesta de la diseñadora es un suspiro entrecortado que hace que el vientre de Megan se mueva con fuerza.
—¿Puedo? —pregunta Megan mirándole los labios a la vez que desliza el dedo índice por su mejilla.
Hollis asiente de inmediato sin tener ni idea de lo que acaba de permitir.
El beso no tiene nada que ver con el roce de labios que tuvieron en la fiesta, no, ahora Megan hace una presión diferente y cuando Hollis los separa, siente cómo la punta de la lengua de la chica entra despacio.
La rubia desliza las palmas lentamente por los brazos de la otra mujer dejando a su paso una piel tan erizada como caliente.
Hollis gime y no lo hace bajito. Es un sonido ronco que le sale de la garganta y muere en la boca con un seísmo. Megan sonríe pegada a sus labios y la diseñadora la besa con más intensidad.
—Eso ha sido… —Hollis se lleva los dedos a sus labios hormigueantes y traga saliva—, increíble.
Vuelve a sentirse como una tonta y es que se da cuenta de que en realidad no sabe cómo comportarse.
Hollis siempre ha sido una persona a la que le gusta decir lo que siente, no sabe si es un defecto profesional, pero cuando ve algo que para ella constituye una belleza apabullante, no puede evitar manifestarlo.
Lo mismo pasa con las cosas que experimenta, pero con los hombres siempre ha tenido que ir con cuidado, no fueron pocas las veces que la miraron con gesto indescifrable cuando, sin filtro, soltaba lo que llevaba dentro.
—Mmm —Megan finge pensar una respuesta—. ¿Qué tal impresionante? No, colosal —vuelve a darle un beso y arrastra sus labios hasta la oreja de Hollis—. Sublime.
Hollis suelta una carcajada corta a la que se une Megan también. Niega con la cabeza, lo hace varias veces por si lo que está ocurriendo es un sueño y tiene que obligarse a despertar.
—Cerveza para ti. —Pone una botella sobre la isla central de la cocina y luego coge una copa de cristal—. Vino para mí.
Se sirve una buena cantidad, nunca ha creído que el alcohol sea la solución, pero en este caso, la ayudará a relajarse un poco.
—Bueno —dice Megan después de chocar su botella con la copa de la otra mujer—. Cuéntame algo de ti, ¿a qué te dedicas?
Ambas caminan hacia el sofá y se sientan. Giran un poco sus cuerpos para verse las caras.
—Soy diseñadora de interiores.
Megan la señala con la misma mano en la que tiene la cerveza.
—Ahora todo tiene sentido —da un vistazo rápido al salón—. Tienes muy buen gusto.
Hollis entonces hace algo odioso, repasa el cuerpo de Megan como si fuera una adolescente salida en medio de una cita con una mujer increíble, pero eso le sirve para confirmar que, en efecto, tiene un gusto exquisito.
—¿Naciste aquí? —continúa Megan.
—Nacida y criada en este mismo piso. —Hollis tiene un destello de recuerdos de su infancia—. Cuando mis padres se jubilaron, se movieron a Warwick y ahora yo me divido entre estar aquí unos días y otros en el pueblo.
—Buena decisión. —La periodista cruza una pierna y a Hollis se le seca la garganta—. Salir de aquí para respirar aire puro es uno de mis objetivos de vida.
—Warwick es genial, un día puedo llevarte —«cállate, Hollis» le grita su mente—. ¿Y tú? ¿Qué hace una chica de Savannah tan lejos de casa? —se apresura a preguntar para que el primer comentario se olvide.
—Lo que la mayoría, supongo. —Megan se encoge de hombros y bebe un trago de su cerveza—.
Soy periodista y aunque tenía trabajo allí, si no venía a algún sitio más grande, no crecía.
Descarté Los Ángeles porque había quedado prendada de Nueva York tiempo atrás.
Así que me vine con una maleta y dos mil dólares que había ahorrado, por suerte conseguí trabajo a las dos semanas porque el dinero se esfumó tan rápido como mi amor por esta ciudad.
Hollis abre mucho los ojos.
—¿No te gusta Nueva York?
—Me gusta, pero mis expectativas nada tenían que ver con la realidad. —Megan empuja su melena hacia el lado izquierdo de la cara—. La gente vive con tanta rapidez que se le olvidan los modales. Los precios de todo son prohibitivos y el invierno terriblemente frío.
Hollis mira las pecas que adornan la nariz de la chica y el pensamiento fugaz de pasarse la noche contándolas le aprieta el pecho. Megan conecta esos ojos azules irreales con los de ella, deja la botella en el suelo y pone una mano en la nuca de la diseñadora.
—Eres preciosa —susurra y se pega a sus labios.
Durante unos minutos, Hollis Warren pierde la capacidad de controlar su cuerpo.
Responde de forma automática a cada movimiento, a cada caricia.
Por dentro su cuerpo rabia de placer y siente cómo sus bragas se han convertido en un estropicio vergonzoso.
Quiere más, lo necesita y lo obtiene cuando la rubia se sienta a horcajadas sobre ella.
Por puro instinto, Hollis la coge por las caderas y sube las suyas, haciendo que el contacto mande una descarga eléctrica al cuerpo de ambas.
—Joder —suspira Megan y se inclina para comenzar a besar el cuello de Hollis—. Me encantas.
Hollis siente una energía nueva, una seguridad que la despierta, así que continúa los movimientos con una cadencia perfecta, como si no fuera la primera vez que tiene una mujer sobre ella restregándose contra su entrepierna.
—Hollis —la voz quebrada de la rubia hace que la otra mujer se estremezca—. Se siente… se siente muy bien.
A la diseñadora de interiores le bastan unos pocos movimientos más para que los gemidos de Megan se vuelvan un balbuceo delicioso que le deja la piel de gallina. La chica se mueve con más fuerza y tiembla como si estuviera a punto de romperse.
—¿Estás bien? —Hollis le pasa una mano suave por la espalda. Megan se ha dejado caer hacia adelante y siente su respiración pegada al pecho.
Megan suelta una risa encantadora.