Capítulo 4
M elissa se dibuja unos bigotes en las mejillas con el delineador de Hollis y estudia el resultado ladeando la cara frente al espejo del baño.
—Voy a hacer una predicción —dice sin apartar los ojos de su reflejo, satisfecha—. Esta noche me llevo a alguien a la cama, y va a ser tan bueno que los vecinos van a pensar que están asesinando a alguien en tu piso.
—Deja a mis vecinos tranquilos, gracias. —Hollis pasa por detrás de ella para coger su neceser del estante.
—Amargada. Lo que necesitas es que alguien también te haga gritar hasta quedar afónica.
Brena lleva el teléfono pegado a la mano desde que ha cruzado la puerta.
Está sentada en el brazo del sofá con las piernas juntas y un vestido de lentejuelas doradas que brilla cada vez que se mueve.
No ha dejado de grabar vídeos cortos mientras habla a la cámara describiendo todo lo que hacen sus amigas.
—Chicas, mirad qué monadas —dice acercándose a la entrada del baño, grabando a sus amigas—. La vampiresa más elegante de Brooklyn. Hollis, ven, enséñales cómo te queda el disfraz.
—No.
—Venga, solo un segundo —suplica su amiga.
—No me grabes, Brena.
—Por favor, tengo dos mil personas en el directo.
—Me da igual lo que tengas, graba a Melissa, que está encantada con su bigote. —Hollis sale del baño y se encierra en su dormitorio para alejarse de la cámara—. Voy a terminar de vestirme —dice desde dentro—, como metas el teléfono aquí te lo tiro por la ventana.
Brena hace un puchero divertido hacia la cámara y se gira para grabar a su otra amiga, que sonríe y lanza un beso a la cámara.
Hollis se mira en el espejo de cuerpo entero de su habitación.
Lleva un vestido negro por encima de las rodillas con un escote en uve y unas mangas que se abren en puños.
Melissa la arrastró a la tienda de la calle Quince y después de recorrer las cinco plantas, la convenció de que una vampiresa era elegante, sencilla, y no requería peluca ni maquillaje excesivo.
Hollis aceptó porque era eso o quedarse viendo disfraces hasta el fin de los días.
Se pinta los labios de un color burdeos oscuro, se difumina la sombra negra de los párpados y abre la cajita con los colmillos de plástico.
Se los coloca, sonríe frente al espejo y se los aprieta con la lengua.
Le molestan y tiene la sensación de que se le van a caer en cuanto abra la boca, y cuando se ve con ellos se siente tan ridícula que se los quita y los devuelve a la cajita que su amiga insistió en comprar.
Los mete en el bolso por si acaso, aunque duda que se los ponga.
Sale del dormitorio y encuentra a Melissa en el salón vestida de gata con un body negro ajustado, una diadema con orejas y la cola en el trasero.
Lleva medias de rejilla y unas botas altas que le llegan por encima de la rodilla.
El resultado es justo lo que Melissa Reynolds busca, lo mínimo de esfuerzo y lo máximo de piel expuesta.
—Madre mía —dice Hollis, mirándola de arriba abajo.
—¿Qué? Las gatas son animales inofensivos, vampira.
Hollis suelta una carcajada.
—Exacto, por eso es tan llamativo, porque tú no tienes nada de inofensiva.
—Gracias. —Melissa se gira encantada para mostrar la cola que le cuelga por detrás, moviendo las caderas.
Brena aparece desde el fondo con el teléfono enfocando a su amiga.
—Repite lo de la cola, que se me ha cortado la señal un momento.
—No se te ha cortado nada, siempre estás en directo con ese chisme —dice Hollis mientras coge su abrigo del perchero.
—¿Nos vamos ya? —pregunta Melissa.
—Un segundo, necesito grabar la salida —dice Brena.
—Es un rellano, no una alfombra roja —resopla Hollis, saliendo antes de que pueda grabarla.
Bajan por las escaleras entre las quejas de Melissa porque las botas tienen el tacón muy alto y la narración incesante de Brena para sus seguidoras.
Hollis cierra el portal y el aire frío de finales de octubre le da en las piernas y se maldice por haberse puesto unas medias tan finas. Caminan por la acera, cruzándose con gente disfrazada por todas partes mientras ven los adornos en los edificios.
—Estoy helada. —Melissa se frota los brazos—. ¿Cuánto queda?
—Una manzana.
Melissa resopla, pero se le pasa unos minutos después cuando llegan al local y escuchan la música desde fuera.
—Esto promete —dice, haciendo el símbolo de victoria hacia el teléfono de Brena, que ha comenzado a grabar.
La entrada tiene un arco de globos naranjas y negros y hay dos tipos disfrazados de esqueleto que controlan una lista. Brena da su nombre y las dejan pasar.
El local es grande, un antiguo almacén reconvertido con techos altos y vigas de hierro a la vista.
Hollis lo analiza sin poder evitarlo: la iluminación es buena, lámparas de filamento con tonos cálidos combinadas con neones morados y naranjas que le dan un aire teatral sin pasarse.
Han cubierto las paredes con telas negras y hay velas falsas repartidas por todas partes.
No está mal, aunque las mesas del fondo están demasiado juntas para la cantidad de gente que hay y la barra debería estar en un espacio más amplio.
Hay mucha gente con disfraces de todo tipo, desde los que se lo han trabajado durante semanas hasta uno que se ha vestido de amarillo por completo y hace que Hollis no sepa si es un disfraz o un fetiche por el color.
—Voy a por unas copas —anuncia Melissa—. ¿Qué queréis?
—Vodka con tónica —dice Brena mientras graba el techo del local.
—Vino, me da igual si es blanco o tinto —pide Hollis.
—¿Vino? Es una fiesta, Hollis, ¿no prefieres un cóctel? —se queja Melissa.
—Trae lo que quieras, es lo que harás igualmente.
Melissa se ríe y desaparece entre la gente.
Brena se excusa un momento para ir a buscar a una influencer que según ella está en la fiesta y que Hollis no sabe quién es.
El caso es que se queda sola al borde de la pista, sintiéndose fuera de lugar.
Una mujer disfrazada de zombie pasa frente a ella con un maquillaje tan bueno que parece que tiene mordiscos reales en la cara.
La sigue con la mirada y es entonces cuando la ve.
Está casi a su lado, cerca de una de las mesas altas, hablando con alguien que le da la espalda.
Es rubia, con el pelo suelto cayéndole por los hombros y un vestido rojo corto, ajustado, con un escote de infarto que le deja los hombros al descubierto.
Lleva una diadema con unos cuernos sobre la cabeza y una cola negra y larga colgando por detrás.
Hollis se queda quieta sin saber muy bien lo que le pasa.
La boca se le ha secado y nota que la cara le arde, y es incapaz de apartar los ojos de ella.
La mujer dice algo y la otra persona se ríe, y entonces gira la cabeza y sus ojos conectan con los de Hollis.
Son tan azules que por un momento piensa que son lentillas, pero a Hollis no le suena que el diablo tenga los ojos de ese color.
—Aquí tienes —dice Melissa, apareciendo de repente con las bebidas—. ¿Dónde está Brena?
Hollis coge su vaso sin mirarlo, con la vista fija en la mujer.
—No sé, por ahí haciendo networking , supongo.
—¿Qué miras? —Melissa sigue la dirección de sus ojos y cuando localiza a la mujer del vestido rojo, levanta las cejas—. Vaya, qué sexy, si no fuera porque le falta algo que yo necesito, me acercaría ahora mismo a decirle «miau».
Hollis siente vergüenza ajena por un segundo y después se ríe a carcajadas.
—Joder, si alguien viene y me dice eso, te juro que salgo corriendo.
—Eso es porque eres una sosa.
Hollis no contesta. Bebe un trago del cóctel —que le parece demasiado dulce— y sigue mirando a la chica.
—Es guapísima —murmura Melissa—. ¿Por qué no hablas con ella?
—¿Qué? —Hollis se gira de golpe—. ¿Por qué iba a hacer eso?
—Ay, chica, no seas anticuada. ¿Quién dice que tienes que acostarte con un hombre por narices?
—Yo no he venido a acostarme con nadie, no confundas tus intenciones con las mías, por favor.
—Te está mirando —aprecia Melissa.
Hollis gira la cabeza otra vez, sintiendo que se mareará como no pare de hacer eso, y nota una corriente repentina por el vientre cuando ve que la chica ahora está sola y que, en efecto, la está mirando a ella.
—Ve a decirle algo o voy yo.
Sorprendentemente, Hollis se descubre obedeciendo y caminando hacia la desconocida porque siente una curiosidad por ella que no había experimentado jamás por nadie.
—Bonitos cuernos —dice en cuanto llega.
De inmediato se arrepiente porque le parece una frase estúpida, pero la mujer sonríe complacida y Hollis nota un tirón en el estómago.
—Gracias. Son los mismos desde hace cuatro años, así que agradezco que alguien los aprecie. —Se toca la diadema con los dedos—. Soy incapaz de planificar un disfraz con antelación.
—Yo también. Una amiga tuvo que arrastrarme a una tienda para que no viniera con una sábana por encima.
—Me habría encantado ver eso. —Los ojos de la mujer bajan al vestido de Hollis y vuelven a subir—. Aunque esto es mucho mejor, sin duda. ¿Llevas colmillos?
Hollis tarda un segundo en responder porque siente fuego por el vientre.
—Me los he quitado, me hacían parecer una ardilla.
La mujer se ríe con una carcajada que le dibuja un pliegue en el lado derecho de la boca, y Hollis se queda encandilada observando su sonrisa, después las pecas de su nariz y sus hombros hasta que sigue la línea de su clavícula y aparta la mirada de golpe cuando se da cuenta de a dónde se dirigían sus ojos.
—Hollis —se presenta nerviosa, tendiéndole la mano.
—Megan, encantada.
—¿Es tu primera vez en esta fiesta? —pregunta Hollis, intentando mantener la mirada en sus ojos.
—No, llevo unos años viniendo. —Megan bebe de su vaso y apoya un codo en la mesa con seguridad—. Tú sí, ¿verdad?
—¿Tan evidente es?
—En realidad no, pero si te hubiera visto antes, me acordaría.
¿Qué hace? ¿Coquetea con ella? El pulso de Hollis se dispara.
—¿De dónde eres? —pregunta Hollis porque necesita datos básicos que no la pongan más nerviosa.
—Del sur, Savannah. Me he pasado años intentando quitarme el acento, pero siempre se me escapa algo cuando me relajo.
—Me gusta tu acento —dice Hollis, y Megan vuelve a sonreír.
Durante un rato, hablan de cosas simples, o de las amigas de Hollis, a las que ha perdido de vista. Hollis descubre que Megan está relajada porque, como le ha dicho, su acento cambia un poco, se le ablandan las vocales y las frases se alargan, y le encanta que eso sea así.
—¿Qué piensas? —pregunta Megan de pronto, y Hollis se da cuenta de que hace rato que no se puede concentrar porque esta mujer despierta algo en ella que la tiene muy confundida, una especie de atracción incontrolable que le cuesta disimular.
—Nada, solo te escuchaba.
Megan arquea una ceja y da un paso hacia ella. A Hollis le llega su olor, algo cítrico, y no está segura de si es del perfume o de alguna loción corporal, lo que sí sabe es que le gusta y que siente muchas ganas de acercarse a su cuello.
—Yo creo que sí que estás pensando en algo, pero no importa, ya me lo dirás en otro momento, ¿bailamos?
—¿Tú y yo? —pregunta Hollis, y se siente completamente estúpida, pero la música acaba de cambiar a una de esas baladas que solo permite bailar pegada a otra persona.
—Esa es la idea, sí.
Hollis deja el vaso en la mesa y ambas dan un par de pasos hacia la pista, sin alejarse demasiado.
No se tocan al principio, se quedan quietas mirándose la una a la otra, pero entonces alguien choca contra la espalda de Hollis y de algún modo que no ve venir, está entre los brazos de Megan, con su mano en la cintura y la otra en su cuello.
Se queda rígida un momento, pero la sonrisa en los labios de Megan la hace relajarse y moverse despacio a su merced, dejando que marque el ritmo.
La primera mitad de la canción es fácil y Hollis cree que puede seguir hasta el final, pero entonces la mano que Megan tiene en su cintura se desplaza un poco más abajo, quedando en una zona de peligro que habría provocado un manotazo de Hollis a cualquier otra persona.
No hace nada, la deja ahí y se miran a los ojos mientras Megan mueve un par de dedos en la parte baja de su cabeza.
—Hace mucho calor aquí —susurra Megan, mirando los labios de Hollis con una intensidad que le deja muy claro lo que quiere.
—Sí, es verdad —confirma Hollis con el cuerpo entero en ebullición, sabiendo que no arde así por el calor del local, sino por el que le provoca esta mujer.
Megan mueve la mano hacia su cara, le pasa el pulgar por los labios y se acerca muy despacio.
Hollis debería estar horrorizada, apartarla de un empujón y decirle que a ella no le gustan las mujeres, que se está equivocando, pero Hollis no hace nada de eso porque que no se haya sentido atraída por una mujer en su vida, no significa que no se sienta atraída por esta.
Sus labios se rozan. Es un beso suave de tanteo que termina en una sonrisa de ambas.
—¿Vamos a otro sitio? —propone Megan, entrelazando los dedos con los de Hollis.
—Sí, vámonos de aquí, por favor.