Capítulo 3
—Vaya que si la tenía grande. —Melissa Reynols pone un dedo en su antebrazo a la altura del codo para señalar el tamaño del miembro viril del hombre con el que tuvo una cita anoche—. Lástima que no supiera bien cómo usarla, parecía un bombero intentando apagar un incendio.
Brena Sullivan suelta una carcajada estruendosa que hace que la mesa se mueva y varias personas que están en la cafetería se giren para verla. Hollis arruga la nariz y hace un gesto de completo asco.
—No seas vulgar, por favor. —Hace un mohín con los labios.
Melissa sonríe fingiendo una inocencia que no tiene y se atusa la melena rojiza con coquetería.
—Mi querida Hollis, deberías volver al ruedo lo antes posible. —Mueve los hombros con gracia—. Te estás perdiendo todo lo bueno de la vida además de agriarte el carácter.
—Concuerdo —opina Brena, y coge su móvil para revisar las cien notificaciones que le han llegado en los últimos minutos—. ¿Hace cuánto no sales con nadie?
Hollis se lleva la taza de café a los labios, ganando tiempo para dar una respuesta que sea menos humillante que la verdad. No debería sentir ese nerviosismo delante de sus dos mejores amigas, pero no puede evitarlo por mucho que sepa que ellas jamás la juzgarían.
A Melissa la conoce desde que tenían tres años, fue su vecina, su compañera en el colegio y, aunque no fueron juntas a la universidad, se veían todas las semanas.
Ahora que ambas tienen cuarenta y dos —y se supone que una vida estable— siguen quedando tanto como pueden, recuperando a su vez los años que el matrimonio con Andrew, el negocio y el poco tiempo libre las separó más de lo que Hollis había pretendido.
Mel es como esa hermana que nunca tuvo, una mujer resuelta con una seguridad que a veces le resulta irritante porque en su yo más interno, Hollis desearía tener un poquito de eso que a su amiga le sobra, sobre todo en el ámbito amoroso porque Melissa Reynols vive su sexualidad como le da la gana, se acuesta con quien le apetece cuando le entran ganas sin dar explicaciones.
No se compromete con nadie, no por miedo, sino porque no quiere dejar de ser libre.
Brena es una adquisición casi reciente, la mayor del grupo —con cuarenta y seis—, es la excuñada de Melissa.
Se conocieron cuando empezó a salir con George Reynols hace más de dos décadas, pero sus interacciones se limitaban a saludos cordiales cuando se cruzaban.
Todo cambió cuando su marido se fue de casa una noche y no regresó hasta varios días después, acompañado de una chica joven a la que habría que mirar el carnet de identidad, recogió sus cosas y se fue.
Brena estuvo tres semanas en estado de shock, perdió seis kilos, lloraba por las esquinas y apenas salía de casa.
Melissa se preocupó, la mujer que se había sentado los domingos en la mesa de la casa familiar era amable, divertida y solitaria, por lo que un día se presentó en su casa —acompañada de una recién divorciada Hollis— para sacarla del miserable mundo en el que se habían metido.
De eso han pasado cinco años y Hollis Warren no sabría qué hacer sin estas dos mujeres, aunque a veces la alocada Melissa insista en dar información de más sobre sus encuentros sexuales y Brena la agobie grabando absolutamente todo en su nueva faceta de tiktoker .
—No llevo la cuenta. —Hollis da una respuesta tan ambigua que de forma automática las dos mujeres que la acompañan entrecierran los ojos.
—¿Quién no lleva la cuenta de la última vez que folló? —Melissa niega con la cabeza con gesto de pánico como si para ella fuera un crimen.
—Ha dicho cita, no cama —corrige Brena, por fortuna. Es la más sensata de las dos, aunque ser influencer carezca de toda sensatez.
Melissa mueve las dos manos y arruga la cara con una confusión evidente.
—¿No es lo mismo? —quiere saber la pelirroja—. Vamos, que salir a cenar y no acabar… —hace un círculo con los dedos de la mano izquierda y mete el anular derecho varias veces—, me parece un despropósito.
—No todas tenemos tus necesidades y expectativas, bonita —Brena lo dice mientras sigue deslizando el dedo por la pantalla de su móvil—.
Y Hollis, no te sientas obligada a contestar, la pregunta iba porque creo que tener una cita agradable sin importar si acaba en eso o no —se escucha el bufido de Melissa—, siempre hace sentir bien.
Hace mucho que no te vemos ilusionada y es verdad que estás un poco más… seria.
Amargada. Esa es la palabra que ha querido usar Brena, pero su educación no le va a permitir soltar un comentario así. No está demasiado equivocada, Hollis lleva un año entero sin salir con nadie y casi dos sin tener sexo.
Conoció a Owen en una cafetería y le pareció que tenía una sonrisa encantadora, él se fijó en ella casi de inmediato y con una mirada medida se acercó a ella.
—No suelo hacer esto —le dijo el rubio de ojos azules curiosos—, pero no he podido evitar venir hasta aquí para saludarte.
Hollis levantó la mirada, sobresaltada por la voz profunda, y deseó que su café con demasiada crema no le hubiera dejado un bigote blanco y bochornoso.
—Hola, entonces —dijo sintiéndose tonta, de repente toda esa entereza que mostraba frente a sus clientes se diluyó por completo.
El hombre dejó ver sus dientes en una sonrisa abierta.
—Soy Owen. —Extendió su mano hacia ella y Hollis se la estrechó—. ¿Haciendo un descanso?
—Algo así, acabo de salir de una reunión con un cliente algo peculiar. —Hollis hizo una mueca que arrancó una risa al hombre.
—Me encantaría saber más sobre eso, pero me esperan en la oficina. —Revisó su móvil rápidamente y asintió—. ¿Te parecería una locura que te pidiera tu número para quedar en otro momento y seguir esta conversación?
A Hollis le encantó la idea. Después de la separación con su exmarido, había tardado lo suyo en volver a salir con alguien.
Había tenido varias citas y ninguna le había hecho sentir…
especial. Quizá era una tontería, pero Hollis buscaba otra cosa, una conversación sencilla que la hiciera reír, que deseara que la cena se acabara para sentir unas manos sobre su piel, el sabor de unos besos suaves y, si fuera posible, un orgasmo que la dejara satisfecha.
Nada de eso sucedió o al menos no todo, hubo salidas divertidas que acabaron en sexo deficiente.
Otras menos entusiastas que terminaron en su cama con los ojos en blanco, y las menos sobresalientes, las que fueron un fracaso desde el inicio hasta que pagaron la cuenta del restaurante y cada uno se fue por su lado.
Con Owen tenía el presentimiento de que se acercaría a lo que deseaba.
—No es una locura en absoluto —dijo, ansiosa—, apunta mi número.
Varios días después quedaron, el hombre fue educado, amable y bastante divertido. Cuando salieron de aquel bar, la besó con demasiada brusquedad con un bulto evidente entre las piernas.
—Llevo así de cachondo toda la cena. —Sus ojos azules ya estaban tan oscuros que Hollis sintió un temblor nada bueno apoderarse de su cuerpo—. Uff, qué ganas de metértela, chica.
La cita acabó con una Hollis demasiado indignada como para evitar el empujón que le dio a Owen en plena calle. El hombre la llamó por su nombre y ella ni siquiera giró la cabeza, sino que entró en una estación de metro que apareció como una botella de agua fría en medio del Sahara.
Después de ese día incluso borró Tinder de su móvil y a partir de ahí se dedicó a su negocio en cuerpo y alma. Las citas habían acabado para ella.
—El mercado de las citas está muy complicado —aporta Melissa ante el silencio en la mesa—.
Si quieres tener una noche movida, hay mucho pez en el mar, pero si de verdad quieres salir con alguien…
—la pelirroja entonces deja todo rastro de burla a un lado y le coge la mano a su amiga—.
No tengas prisa, si no estás segura de verte con alguien, no lo hagas. Llegará alguien para ti, te lo aseguro.
Hollis sonríe e intenta tragar el nudo en la garganta que ha decidido tensarse en ese momento. Si es honesta, no necesita a un hombre en su vida porque sin ellos ha sido feliz durante todo este tiempo, pero tal como ha dicho Brena tener una cita agradable siempre hace sentir bien.
—Bueno, vamos a hablar de la fiesta porque tengo que irme. —La amiga influencer mueve los dedos mostrando sus uñas aún perfectas—. Tengo cita con la manicurista.
—¿Cuándo es? —se interesa Hollis. Brena tiene tantos eventos últimamente que es imposible conocerlos todos.
—Noche de Halloween, Lis. —Trastea en su teléfono y lo gira para que las dos mujeres lo vean—. Es la que organiza Iris Walker y sin duda alguna no podemos faltar. Me han invitado y puedo llevar a dos amigas.
—Las únicas que tienes. —Melissa tira el dardo y se echa hacia atrás para esquivar el manotazo de Brena.
Hollis ni siquiera pregunta quién es la tal Iris. Ella de estas cosas sabe poco, le interesan más los diseñadores de moda, los referentes en su área de diseño y todo lo relacionado con las casas. Las fiestas están al final de la lista de sus prioridades.
—Podemos hacer campamento base en tu apartamento, Lis, si no te importa —dice Brena mientras guarda su móvil—. La fiesta es en un local en la calle Smith y, cuando acabe, solo tendremos que caminar un par de manzanas para ir a dormir.
El piso de Hollis está en Boerum Hill, un barrio de Brooklyn que hace décadas albergaba a la clase obrera de la ciudad y a finales del siglo XX sufrió una fuerte gentrificación, con rehabilitación de edificios y la llegada de nuevos negocios.
Ahora es una zona moderna con restaurantes, bares, tiendas y bastante movimiento.
—Por mí no hay problema, estaré en la ciudad la mañana antes, tengo que ver a una clienta —explica Hollis y se acaba su café con un último trago.
—Entonces está decidido. —Brena se pone de pie y coge su bolso—. Ah, y recordad que es una fiesta de disfraces.
Hollis se tensa, no es precisamente una entusiasta de estas caracterizaciones, de hecho, la última vez que se disfrazó fue cuando tenía quince años y Melissa la convenció para que se disfrazaran de hermanas Grady —de la película El resplandor — y acabaron pareciendo dos azafatas de una aerolínea infantil venida a menos.
Tras el fracaso, las orejitas de gata son lo único que la ha acompañado a este tipo de celebraciones.
La mujer se marcha y cuando Hollis ve la cara ilusionada de Melissa, sabe que no tendrá escapatoria.
—Deberíamos ir a la tienda, esa de la calle Quince donde hay cinco plantas con todo lo que te puedas imaginar para vestirte esa noche. —Sonríe, soñadora—. Hay tantas opciones.
Hollis tuerce el gesto y se arrepiente desde ya de haber aceptado acudir a esa fiesta.
—Sabes que eso no es lo mío y…
—Hollis Jane Warren, ni se te ocurra rajarte ahora. —La pelirroja la señala con el dedo mientras junta las cejas—. No tienes que elegir nada excéntrico, puede ser un disfraz sencillo con el que te sientas cómoda.
La diseñadora asiente sin estar muy convencida.
—¿Tienes algo en mente? —decide preguntar, aunque tiene una vaga idea de lo que Melissa vestirá.
—De caperucita roja, quizás —dice mientras se pasa dos dedos por el mentón—, a lo mejor tengo suerte de encontrar a mi lobo feroz.
Acaba la frase con un gruñido y un movimiento de mano que asemeja a una garra.
—Es Halloween, no carnaval. —Hollis pone los ojos en blanco—. Deberías dar miedo.
La pelirroja frunce el ceño y lo medita por un momento.
—Tienes razón. —Da varios toques sobre la mesa, de repente llena de energía—. ¿Qué te parece si vamos ahora y lo descubrimos?
La mujer se pone de pie de un salto y Hollis suspira resignada. Sí, ha sido un error aceptar esa invitación.