Cupido en Halloween Capítulo 2
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Capítulo 2

H ollis Warren lleva veinte minutos escuchando a Patricia Dumont explicarle por qué quiere terciopelo verde botella en un salón que recibe luz natural tres horas al día.

—Creo que ese color le da vida —insiste Patricia desde el otro lado de la habitación, con el teléfono en la mano—. Mi hermana tiene uno igual y queda divino.

Hollis observa el salón. Techos altos, molduras originales y dos ventanales que dan a un patio interior con un árbol enorme que tapa la mitad de la luz. El espacio tiene posibilidades, pero con telas oscuras y muebles enormes se quedaría sin la poca claridad que entra.

—Es bonito, sí —dice, y cruza las piernas mientras apoya el muestrario que ha traído sobre sus rodillas.

Patricia sonríe encantada porque todavía no sabe que «bonito» en la boca de Hollis Warren no significa lo que ella cree.

—¿Y si probamos algo que te dé esa misma sensación sin quitarle luz al salón? —Le tiende una muestra de verde salvia, casi gris, que es perfecta para este espacio.

Patricia coge la tela, la acerca a la ventana y la levanta contra la luz.

—Es precioso —admite en un susurro.

El resto de la reunión va mucho mejor. Repasan los tonos de pintura para el dormitorio principal, confirman las medidas de las cortinas y Hollis le enseña una selección de lámparas que ha encontrado en un anticuario de Brooklyn.

Patricia lo aprueba casi todo, hace un par de preguntas sobre plazos y presupuesto, y cuando Hollis sale del edificio cuarenta minutos después, lleva todo lo necesario apuntado en su carpeta.

Camina unas cuantas manzanas hasta su apartamento porque no está lejos y, aunque hace frío, es un día de esos despejados de octubre en Nueva York que justifican seguir viviendo aquí a pesar de lo caro que es todo.

Su edificio es antiguo, de ladrillo envejecido por el tiempo, y sus padres vivieron en el tercer piso durante más de veinte años.

Cuando Robert y Dalia decidieron jubilarse e irse a vivir a Warwick, le dejaron el piso a ella y Hollis lleva desde entonces arreglándolo con calma y poniéndolo todo a su gusto.

Sube los tres tramos de escalera, abre la puerta y deja las llaves en una bandeja de cerámica que encontró en un mercadillo de Rhinebeck.

El apartamento no es grande, pero tiene mucha luz, suelos de madera que tardó meses en restaurar y una distribución que aprovecha cada metro de la vivienda.

Cuando sus padres vivían aquí, las paredes eran de un amarillo pálido que a Hollis le producía urticaria: ahora son de un blanco cálido que cambia según la hora del día.

Ha conservado algunas cosas de ellos como la estantería del pasillo, un par de cuadros y la mesa del comedor, pero el resto lo ha ido cambiando hasta que cada rincón se va pareciendo a lo que ella tiene en la cabeza.

Se cambia de ropa, se pone unos vaqueros y un jersey grueso, mete el portátil en la funda y echa un vistazo rápido antes de salir hacia el garaje, que está a un par de manzanas del edificio, pero Hollis no puede quejarse porque ese es el único gasto de alquiler que tiene aquí.

Se mete en el coche y tarda un buen rato en dejar la ciudad atrás, pero una vez que lo hace, los hombros se le relajan.

Hace este trayecto unas tres veces a la semana.

Cuando se divorció, hace algo más de cinco años, la idea era quedarse en Nueva York y seguir trabajando como si nada hubiera cambiado, pero cambiaron muchas cosas.

Conoció a Andrew en la facultad de Arquitectura, en segundo curso.

Él era brillante con los planos, el tipo de persona que veía un edificio y sabía cómo era la estructura que lo sostenía.

A ella los voladizos, las resistencias de los materiales y los programas de diseño de estructuras la aburrían tanto que un día se hartó, dejó la carrera y se cambió a Diseño de interiores.

Se casaron jóvenes, montaron un estudio en Nueva York en el que ella diseñaba los interiores de los proyectos que él construía y durante un tiempo la combinación funcionó bastante bien.

Tuvieron buenos clientes, los nombraron en algunos artículos de revistas del sector y un ritmo de trabajo que los mantenía ocupados todo el día.

Lo que no funcionó fue su matrimonio, no porque pasara nada —aunque Hollis está segura de que lo que pasó fue el tiempo—, simplemente se fueron desgastando hasta que una noche, Hollis dijo que no podían seguir así y Andrew contestó que tenía razón.

Firmaron los papeles, ella le vendió su parte del estudio porque no quería seguir entrando cada mañana en un sitio que le recordara más de diez años de matrimonio y se fue una temporada al pueblo con sus padres porque necesitaba tiempo para desconectarse de todo lo que la rodeaba en ese momento.

Fue ahí cuando descubrió lo mucho que le gustaba estar aislada del ruido, así que ahora vive en Nueva York, pero suele pasar al menos un par de días a la semana en el pueblo con sus padres.

Hollis se puso a trabajar por su cuenta y tiene unos cuantos clientes entre Nueva York y New Jersey, suficientes encargos para no estresarse por el dinero y libertad para elegir sus propios proyectos aunque gane menos de lo que ganaba antes.

En resumen, se siente satisfecha con la vida que ha elegido.

Tiene cuarenta y dos años, puede vivir entre dos casas según le conviene, tiene libertad para hacer lo que quiera y unas amigas con las que se divierte cuando puede.

Hollis es feliz aunque haya un hueco dentro de ella que no ha sabido rellenar en mucho tiempo.

Cuando aparece la salida del pueblo, Hollis baja la ventanilla y el aire frío le da en la cara con un olor a tierra mojada que no existe en la ciudad.

Warwick es un pueblo pequeño, con algunas tiendas, una cafetería, un supermercado y una iglesia.

La finca de sus padres está a unos minutos del centro, saliendo por una carretera estrecha con árboles que en octubre tienen las copas de color naranja. A Hollis le encanta este sitio.

Gira por el camino de tierra que lleva a la casa y lo primero que ve es a su padre.

Robert Warren está en el cercado de los cerdos con las botas de goma puestas, una camiseta vieja y la manguera en la mano.

Tiene sesenta y siete años, el pelo blanco y la sonrisa de un hombre feliz que lleva desde que se jubiló haciendo lo que le apetece.

—¡Hollis! —grita en cuanto la ve, y uno de los cerdos levanta la cabeza como si también quisiera llamarla.

Hollis aparca junto al garaje —o más bien un granero que tiene doble uso—, coge su bolsa del asiento trasero y camina hacia su padre intentando no mancharse mucho con el barro.

—Dios, papá, apestas —dice arrugando la nariz.

—Es olor a naturaleza, cariño. —Robert abre los brazos, divertido.

—Es olor a cerdo, no es lo mismo —corrige ella.

Robert se ríe y Hollis deja que la abrace y le ponga la ropa perdida con ese olor nauseabundo, pero la alternativa es no hacerlo, y Hollis jamás rechazaría un abrazo de su padre.

Los cerdos fueron idea de él desde el primer día que vio la finca.

Su madre, Dalia, prefería las gallinas, así que ahora tienen unas cuantas que ponen huevos y cuatro cerdos que se llaman Wilson, Patton, Eisenhower y Barbara.

Su padre les habla, los baña y a veces les pone música clásica porque leyó en una revista que los cerdos son más felices así.

A Hollis le dan repelús. No los odia, pero la idea de acercarse a un animal que pesa cien kilos y la mira con una fijeza inquietante le produce un rechazo que no ha podido superar en todo el tiempo que llevan aquí.

—Tu madre está dentro con la cena. —Robert se limpia las manos en la camiseta—. Está haciendo pollo con patatas al horno.

Hollis se relame y entra en la casa olfateando el ambiente.

La cocina es amplia —no como la suya en la ciudad— con una isla central que Hollis diseñó el primer verano que pasó aquí tras el divorcio y que sus padres no pudieron negarse a construir.

Las paredes son de un azul claro que Hollis eligió y que su madre aceptó a cambio de que no se deshiciera de las cortinas del salón, que son como del siglo quince.

—Cariño. —Dalia se gira desde los fogones con una cuchara en la mano y una sonrisa enorme.

Tiene sesenta y cinco años, el pelo rubio tirando a canoso y un delantal ridículo que le regaló su padre la Navidad pasada.

—¿Qué tal ha ido el día?

Hollis revisa el horno a través del cristal y suelta un murmullo de placer antes de incorporarse.

—Bien, me he reunido con una clienta que tenía un gusto un poco inquietante, pero tampoco se ha puesto pesada y cuando todo esté acabado, tendrá un piso precioso.

—Tienes un don para convencer a la gente —sonríe su madre, y ella abre la nevera para coger la jarra del agua y beber un vaso antes de coger su bolsa y subir a su habitación.

La deja sobre una silla, se quita la ropa que ahora huele a cerdo y se mete en la ducha. Cuando baja, su padre está sentado en un taburete de la isla pelando una mandarina. También se ha duchado y se ha puesto un pijama de color verde lleno de calabazas.

—Dios mío, ¿quién te ha comprado eso? —pregunta espantada, aunque los labios se le curvan de inmediato.

—Tu madre —responde orgulloso.

—¿Quieres uno para ti? Están de oferta y hay de todas las tallas —dice Dalia, girándose hacia su hija.

—No, gracias.

Hollis abre el armario de los platos y empieza a preparar la mesa mientras su madre saca el pollo del horno.

—¿Sabéis que Wilson ha engordado dos kilos? —comenta Robert, porque hablar de los cerdos le apasiona.

—Tu padre los pesa cada semana —apunta Dalia con expresión desconcertada.

Hollis se ríe.

—No me extraña que engorde, le das galletas.

—Solo una cuando lo baño, es un premio por lo bien que se porta. A ti te daba crema de cacahuete, así que no te quejes.

—A los cerdos les encanta el agua, papá, no es necesario ningún premio.

Hollis le roba un gajo de mandarina y se sienta frente a él.

Le gustaría decir que estas conversaciones le parecen absurdas, pero la verdad es que le gustan más de lo que puede admitir.

Cuando vivía en Nueva York con Andrew, las cenas eran silenciosas y aburridas, dos personas agotadas que comían con el teléfono al lado del plato porque siempre había un correo o una llamada que responder.

Aquí su padre habla de cerdos y su madre sobre las gallinas, horrorizada porque una se ha vuelto clueca y no sabe qué hacer para que vuelva a poner huevos.

—Yo sí sé lo que podemos hacer con ella, un buen guiso —propone Robert para pinchar a su mujer.

Ella da una palmada en la mesa, escandalizada, y lo amenaza con comerse a uno de sus cerdos como toque a su gallina. Hollis se ríe a carcajadas y tras la pequeña discusión, cambian de tema y se olvidan de los animales.

—Margaret ha empezado a decorar su casa para Halloween y dice que este año va a poner una araña gigante en el tejado para que se vea desde la carretera. Me parece horrible, esos bichos dan mucho asco —comenta Dalia.

—¿Quién es Margaret? —pregunta Hollis.

—La vecina de más abajo.

—¿Y vosotros no vais a poner nada? —Hollis alterna la mirada entre sus padres.

—Tu padre está preparando unas calabazas para el porche. Pondremos algunas luces, un par de telarañas en las ventanas y se acabó, nada de arañas gigantes —zanja Dalia.

Después de recoger la cocina, Hollis sale al porche con una taza de té. Hace frío y se oyen grillos, y de vez en cuando también escucha a los cerdos moviéndose en el cercado. No es la vida que había soñado de pequeña y, sin embargo, le encanta estar aquí.