Cupido en Halloween
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Capítulo 1
M egan Palmer ladea la cabeza con la mirada fija puesta en la pantalla de su ordenador.
Lee por tercera vez el párrafo que acaba de escribir y arruga la nariz porque no le gusta, le parece vacío, el típico texto de relleno que ella jamás incluiría en sus artículos.
Con el cursor, selecciona toda esa parte y la elimina mientras intenta centrarse de una vez por todas.
Lleva una mañana espesa, con la mente nublada, y aunque quiera fingir que no es culpa de la resaca, que a sus treinta y dos años sigue estando en la flor de la vida, no puede hacerlo, tiene la boca seca, la cabeza le zumba y tan solo de pensar en un Martini, una arcada ácida le sube por la garganta.
—Joder —susurra mientras estira la mano y coge su botella de agua. Le da varios sorbos cortos y vuelve a dejarla en su sitio.
Hay semanas que detesta ser la periodista encargada de una de las secciones de sociedad y cultura de The Current Magazine porque a menudo tiene que asistir a eventos donde una buena barra libre no falta y que ella, por supuesto, no desprecia en absoluto.
Anoche estuvo en la inauguración de un restaurante en West Village: canapés exquisitos, música amena y muchos —muchos— cócteles.
Al menos tomó buenas decisiones después, rechazó el marcharse a otra fiesta con una morena que llevaba parte de la noche comiéndosela con los ojos y volvió a su casa muy cachonda, pero a una hora decente que le permitió dormir siete horas antes de que el dolor de cabeza la sacara de su cama.
—Tienes una cara horrible, Palmer. —Natalie Grant, la editora jefa de la revista, se detiene a su lado y deja caer una carpeta blanca llena de papeles—. Acaba eso de una vez y márchate a casa.
Megan sube la mirada y se encuentra con esos ojos color miel que la atrajeron el primer día que puso un pie en la revista como si ella fuera una abeja sedienta.
—Esta noche que la cobertura la haga Ted —es su respuesta mientras se masajea las sienes y cierra los ojos. El acento sureño apareciendo en su versión más profunda—. Es solo hacer unas fotos cuando estén cortando la cinta y en el brindis. La nota de prensa la mandan al correo.
Natalie se lleva las manos a la cintura y mira a la periodista —y amante ocasional— con pena.
Ella cuando tenía treinta y dos, dieciocho años menos que ahora, era capaz de cubrir noticias durante toda la noche, llegar a la redacción por la mañana, redactar como una posesa y marcharse a algún bar para tomar una hamburguesa acompañada de la jarra de cerveza más fría que encontrara antes de regresar a su casa para descansar unas horas.
—La juventud de ahora no tiene el mismo temple de antes —niega con la cabeza durante unos largos segundos—. En fin, revisa esto y antes de que te vayas, pasa por mi despacho.
Señala la carpeta antes de dar media vuelta y desaparecer por uno de los cuatro pasillos que tiene la planta.
—Sí, señora —dice mientras la abre.
The Current Magazine forma parte de un grupo de medios de comunicación propiedad de la familia Sterling, tienen dos periódicos, una emisora de radio y una pequeña cadena de televisión local por lo que la revista está ubicada en la planta doce en un edificio imponente muy cerca de la Quinta Avenida que hace menos de una década fue remodelado por completo.
Cuando Megan asistió a la entrevista por una vacante que acababan de anunciar, se quedó impresionada con todo aquello.
Hacía poco tiempo que se había mudado a Nueva York desde su Savannah natal y aún no se acostumbraba a encontrarse con lugares así.
Cubículos amplios, mucha luz, un sistema de climatización ideal para las horas que normalmente se pasan dentro de una redacción y un sueldo demasiado bueno para ser cierto.
Natalie fue la encargada de hacerle todas las preguntas habituales y ese mismo día, firmó el contrato.
Dos meses después, estaba jadeando sobre la cama de la editora jefa, teniendo una sesión de sexo increíble que aún recuerda.
Intentaron verse fuera de la revista para algo más que los encuentros sexuales esporádicos, pero entre ellas nada funcionó.
Megan, es una chica menuda de cuerpo atlético, ojos azules impresionantes y un cabello rubio oscuro que componen una imagen tan idílica como la de una playa en Filipinas.
Lista para comerse la ciudad al lado de una Natalie que solo buscaba tranquilidad, la combinación no era exactamente buena, así que después de unas cuantas citas catalogadas como fracasos, decidieron ser las buenas amigas que son hoy con algún derecho ocasional que usan cuando les apetece.
Decide volver a lo suyo y pone los dedos sobre el teclado buscando una inspiración que no tiene, pero gracias a sus notas, puede intentar lograr algo bastante decente.
Se pasa la siguiente hora enfocada sin apartar la mirada de la pantalla, por fortuna no es un artículo demasiado largo, de hecho, irá en una de las páginas finales acompañado de dos fotos que ha elegido de las cincuenta que capturó el fotógrafo de la revista.
—Martin —llama Megan cuando uno de sus compañeros que trabaja en el área de corrección pasa cerca de su cubículo—.
Acabo de mandar la nota del restaurante, ¿crees que tendréis algún hueco para revisarlo?
Me gustaría que Natalie lo viera lo antes posible por si lo aprueba o tengo que hacerle algún cambio.
El chico —joven, muy alto y delgado— se ajusta las gafas y le sonríe nervioso.
Megan sabe que Martin siente atracción por ella, pero él también es consciente de que no tiene nada que hacer.
La periodista no es solo abiertamente lesbiana, es que todos allí saben que no estaría con un hombre ni que le ofrecieran una fortuna.
—Claro, Megan, cuenta con eso —cambia el peso de pierna—. Yo mismo puedo revisarlo.
Ella le devuelve la sonrisa mientras se pone de pie y coge la carpeta de su mesa.
—Te lo agradezco —levanta la mano y se despide de su compañero, al que lo único que le falta es que sus ojos tomen una patética forma de corazón.
Megan se mueve por los cubículos cercanos mientras va saludando a sus compañeros con un movimiento de cabeza.
La revista tiene varias secciones y aunque nunca se ha puesto a contar cuántas personas trabajan allí, ha calculado que al menos cincuenta contando a los fotógrafos que se mueven de un evento a otro cada día.
Cuando llega al despacho de Natalie Grant, le guiña el ojo a su joven asistente y da varios golpes suaves a su puerta.
—¿Tienes unos minutos? —consulta asomando la cabeza. Su jefa está tras su escritorio con las gafas de lectura puestas mientras lee algo en la pantalla—. He acabado con el artículo y me voy a casa.
La mujer le hace un gesto con la mano invitándola a entrar, y sigue con lo que estaba haciendo.
—Dame un segundo —levanta el dedo índice sin mirar a Megan.
La periodista se sienta frente a ella y aprovecha para sacar una de las hojas de la carpeta a la que le ha hecho algunas anotaciones.
Pasea los ojos por el espacio y siempre tiene la misma sensación desconcertante porque Natalie es una mujer meticulosa, cuidadosa, pero eso solo en su casa porque dentro de estas cuatro paredes, si el caos se pudiera definir con una imagen, sin duda, sería este despacho.
Hay dos mesas repletas de papeles, revistas de ediciones pasadas y también de la competencia.
Montañas de periódicos, rotuladores, borradores para una pizarra que allí no existe y latas de refrescos o bebidas energéticas. Su escritorio no es diferente.
—Vale, ya estoy. —Natalie se quita las gafas y las deja sobre la madera, al lado de una taza que en su momento decía «la jefa cabrona»—. ¿Has revisado lo que te di?
Megan asiente y le entrega la hoja que tenía preparada.
Se trata de un listado de eventos culturales que se hacen esta semana por la inminente llegada del día de Halloween.
Hay de todo, desde concursos de disfraces, competiciones de casas decoradas hasta fiestas temáticas por toda Nueva York.
La revista hace una buena cobertura porque el número de noviembre —uno de los más vendidos del año— es adquirido por muchos de los asistentes a estas celebraciones que guardan la esperanza de aparecer en una de sus páginas ataviados con el mejor disfraz.
Así que suelen enviar a sus periodistas al máximo de eventos posible y Natalie tiene la deferencia de permitirle a Megan elegir a los que quiere asistir.
—El año pasado también estuve por esa zona y fue bastante bien —explica la chica mientras cruza una pierna y entrelaza las manos sobre su rodilla—.
Para cerrar la noche, puedo ir a la fiesta que organiza Iris Walker, ya sabes que invita a influencers y gente encantada de conocerse a sí mismos —pone los ojos en blanco porque sabe lo insoportables que son, pero compran muchos ejemplares de la revista si aparecen en ella—.
Haríamos unas cuantas fotos y alguna entrevista corta.
Natalie crea un mapa en su cabeza de la zona marcando cada punto que ha elegido Megan y después de analizarlo por un momento, asiente.
—De acuerdo, me parece bien —empuja un paquete vacío de galletas que cae al suelo y deja la hoja en el espacio que ha quedado libre—.
Intenta llegar pronto a la fiesta, esta noche quiero una foto de Iris antes de que esté demasiado drogada para disimular sus pupilas dilatadas y que le saques alguna información sobre la fiesta de Navidad que se rumorea que va a montar en Lenox Hill.
Megan sonríe. Siempre le ha gustado la forma de trabajar de Natalie, directa y sin florituras. No es una jefa dulce que da palmaditas en la espalda, es jodida y a veces desagradable, pero gracias a ella la revista funciona muy bien, todos mantienen el empleo y hay pocas quejas.
—No te preocupes, hablaré con ella nada más llegar —sofoca un bostezo que se le escapa—. Joder, estoy hecha polvo.
—Vete a casa —levanta un dedo y la señala—. Y descansa, nada de salir por ahí con la excusa de que te aburres.
Megan sonríe y Natalie entrecierra los ojos.
—Si no estuviera tan agotada, me pasaba esta noche por tu casa.
Natalie cierra las piernas sin poder evitarlo. Quiere mucho a Megan y a pesar de la diferencia de edad, la considera su mejor amiga y punto de apoyo, pero la editora no es de piedra y cuando suelta un comentario así, su mente recrea ese cuerpo desnudo que lleva años saboreando.
—Fuera de aquí —mueve las dos manos—, venga, que tengo que trabajar y me estás distrayendo.
Megan suelta una carcajada mientras se pone de pie y después, le lanza un beso.
—Nos vemos mañana —se despide la periodista y sale del despacho.
Se sube al modernísimo ascensor que en segundos baja las doce plantas hasta la recepción. Atraviesa el vestíbulo, cruza los torniquetes después de pasar su tarjeta por el lector y se despide del agente de seguridad que está siempre en la puerta.
—Hasta mañana, Henri.
La periodista no espera respuesta porque el semáforo está en verde para los peatones y ella se apresura a cruzar.
Empuja la gastada puerta de madera y de inmediato el sonido de la cafetera lo inunda todo.
El bar de Will es mítico en la zona y uno de los pocos que han sobrevivido sin cambiar nada en décadas.
Es habitual ver a periodistas y policías de la comisaría de la esquina desayunando o engullendo una hamburguesa a las doce del mediodía.
A Megan le encanta porque le recuerda mucho a uno al que iba siempre cuando vivía en Savannah; además, desde el primer día la trataron tan bien que, aunque la comida no sea especialmente buena, come allí siempre que puede o simplemente baja para tomarse un café.
No tiene que acercarse a la barra, una de las camareras la ha visto y Megan le ha dicho con un gesto «lo mismo de siempre», así que se sienta en la mesa habitual y, mientras espera, abre el Instagram.
Se pasea por las cuentas que le interesan, las que ya están hablando de todos los eventos organizados para Halloween para hacerse una idea de lo que le espera.
Suspira resignada, no es su festividad favorita y la noche suele acabar rara, pero para este año se promete que una vez tenga las fotos de la última fiesta a la que tiene que asistir, se irá a su casa como una chica buena y hará maratón de Buffy la cazavampiros en la comodidad de su sofá.