Culpable al amanecer Capítulo 19 Intrigas, verdades y lagunas
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Capítulo 19 Intrigas, verdades y lagunas

Espinoza entró en la sala de visitas con la arrogancia que da el traje caro, pero con el hambre brillando en los ojos. No quería más promesas; quería el oro. —Necesito que me iguales con Márquez, Iñaki. Mi riesgo es el mismo, mi pago debe ser igual —reclamó, golpeando la mesa con el dedo.

Iñaki lo miró con la paciencia de un entomólogo estudiando a un insecto. —Muy bien, doctor. Pero en mi mundo, el salario se paga con sangre. ¿Puedes matar? ¿Puedes esconder un cadáver sin que te tiemble el pulso? Te pondré una prueba y veremos si tus honorarios valen lo que pides.

Espinoza tragó saliva, pero su codicia era un motor que no sabía frenar. —Danos un adelanto. No vamos a seguir moviendo piezas a ciegas.

—Tendrán un adelanto, pero no de la forma que creen —Iñaki se inclinó, su voz bajó a un susurro de ultratumba—.

Anota, Espinoza: "MZc" . Guárdalo como si fuera tu vida.

Es el inicio de una clave de doce dígitos.

Los próximos tres se los daré a Aitor. Si uno de los dos intenta irse o traicionar al otro, la clave muere y el dinero se queda en el limbo.

Ahora tú eres mis ojos con él, y él será tu sombra.

Cuida a tu socio, doctor, porque su memoria es tu cuenta bancaria.

—¿Cómo sé que no me engañas? —preguntó Espinoza.

—Porque si los engaño, Aitor me despacharía en un segundo... si pudiera. Pero cuidado, doctor, no todos aquí son sus amigos. Algunos son los míos. Ahora, dame el teléfono.

Espinoza miró frenéticamente a su alrededor. —Hay cámaras, Iñaki. No voy a entregarte nada frente a los guardias.

—Espinoza, quieres ganar cinco millones y no ves los detalles... ¿acaso no ves que las cámaras están apagadas?

El abogado palideció. Miró los ojos mecánicos del techo: el LED rojo estaba muerto. Miró a los guardias: se habían esfumado. El silencio en la sala era absoluto, artificial, aterrador. —Puedes gritar si quieres —se burló Iñaki—. Los guardias vendrán rápido... a traerte un café.

La tez morena de Espinoza se tornó del color del papel bond. Comprendió que Iñaki no estaba preso; estaba reinando . El "Castillo de If" era su fortaleza, y los carceleros eran sus lacayos.

—Ahora te toca a ti, doctor. Aitor ya tiene bastante trabajo de niñera en el sótano.

Comienza a armar el expediente de mi defensa.

Usa las evidencias forjadas, dales la vuelta.

No hables con Aitor de esto. A ti te daré ventaja sobre él con los datos bancarios solo cuando el expediente esté listo.

Y otra cosa: deja un maletín con veinticinco mil euros en la dirección que te enviaré. Ahora vete, quiero ver televisión.

Iñaki deslizó el teléfono en su bolsillo con una naturalidad insultante.

Antes de que Espinoza cruzara la puerta, Iñaki soltó la estocada final.

—Dile a Aitor que cuando venga pregunte por GORKA .

Y adviértele: si a Elise le pasa algo, un "accidente" en el metro o un robo, "El Kinte" emergerá de las sombras para cobrar la deuda.

Mis saludos a tus hijas, Yoli y Macarena.

Son hermosas, doctor. No dejes que el mundo sea un lugar peligroso para ellas.

Espinoza quedó paralizado, temblando al escuchar los nombres de sus hijas. Salió de la prisión sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. Ya no era un socio; era un rehén.

Esa noche, en la soledad de su celda, Iñaki encendió el dispositivo. La pantalla mostró el sótano en tiempo real. Disfrutó viendo el "partido de moscas comelonas" revoloteando sobre las heridas infectadas de Carles, mientras Pedro Sánchez se orinaba del miedo al verlo.

Iñaki apagó la pantalla, cerró los ojos y un nombre escapó de sus labios como un susurro de muerte: —Ay, Sofía... si supieras que el tablero ya no tiene fronteras.

Un par de días después, el sótano se convirtió en el escenario de un encuentro atroz.

Aitor estaba frente a Pedro, sosteniendo una botella de agua.

Su ex socio bebía con avidez, pero sus ojos, inyectados en sangre y furia, lo acuchillaban con cada trago.

Era el sabor amargo de la traición servido en plástico.

—¿Por qué? —escupió Pedro, con la voz rota.

Aitor se movió con cautela, colocándose de espaldas a la lente de la cámara. Sabía que Iñaki, desde su celda, buscaba descifrar cada gesto, cada movimiento de labios.

—Lo lamento, Pedro. No tuve otra alternativa —susurró Aitor, apenas moviendo la mandíbula—. Pero te juro que encontraré la manera de sacarte de aquí. Mientras tanto, sigue gritando, échame maldiciones... él nos está observando ahora mismo.

—¿Iñaki?

—Sí. Ese sujeto ha robado más dinero del que tú y yo podríamos imaginar en diez vidas. Ahora tiene el control de la prisión; tiene ojos y oídos en cada rincón. Su dinero es la fuerza que mueve el mundo, Pedro. Lo demás... lo demás es puro romanticismo para perdedores.

—¿Qué planes tiene para mí? ¿Me va a ejecutar?

—No lo sé, amigo —respondió Aitor, señalando con un leve gesto de la barbilla hacia el rincón—. Por lo pronto, ha ordenado que no se te toque. Por ahora, tu castigo es ser el espectador de lujo de ese monstruo que tienes al lado.

Pedro miró hacia donde señalaba Aitor. Carles era una masa hinchada, desfigurada y fétida; un mapa de carne viva y necrosis. La muerte para él sería un acto de piedad, pero Iñaki lo mantenía respirando por puro sadismo.

—Tenemos que detenerlo, Aitor. Ese tipo está demente —gimió Pedro—. Quién sabe qué horror me tiene reservado por haber matado a Paula... pero a ti, ¿con qué diablos te está amenazando para que te arrodilles así?

—Debo irme —cortó Aitor, sintiendo el sudor frío bajando por su nuca—. Sigamos con el teatro, no puedo darle motivos para desconfiar. Luego hablamos.

—¡Espera, Aitor! ¡No me dejes aquí! ¡Vuelve! —los gritos de Pedro se ahogaron tras la pesada puerta de hierro.

Al salir a la superficie, Aitor sentía un nudo asfixiante en la garganta.

Estaba atrapado entre el poder del dinero, la sombra de "El Kinte" y el enigma de la calle Drake.

Había investigado esa propiedad: una oficina discreta en un edificio de pocos pisos donde nadie conocía al inquilino.

Sin embargo, alguien entraba allí; la correspondencia desaparecía de la ranura de la puerta con precisión mecánica.

La respuesta de Aitor fue el contraespionaje.

Rentó un auto común, lo estacionó estratégicamente cerca de la entrada del edificio y ocultó una pequeña cámara de alta definición tras el cristal.

Se alejó con una sonrisa amarga, acariciando la idea de que, quizás, el gran estratega también tenía un punto ciego que él estaba a punto de descubrir.