Capítulo 18 Jugada maestra
Aitor Márquez caminaba hacia la prisión con la pesadez de un condenado.
En su mente, una balanza oxidada intentaba equilibrar diez años de complicidad con Pedro Sánchez frente a la montaña de dinero —y de miedo— que Iñaki Salcedo representaba.
Al final, la codicia y el instinto de supervivencia ganaron por encima de la lealtad.
"El dinero no tiene amigos", se repitió como un mantra antes de cruzar el primer umbral.
Iñaki lo recibió con una calma que erizaba la piel.
Sin preámbulos le lazó la orden —Invita a Pedro a un lugar apartado y dale el mismo tratamiento que a Carles —ordenó Iñaki, sin levantar la vista de un pedazo de papel—.
Encadénalo a la pared, de pie. Quiero que vea el sufrimiento y escuche los gritos de Carles día y noche.
Instala una cámara frente a ellos. Quiero verlos, Márquez. El tiempo me sobra.
Aitor sintió un escalofrío. —No puedo meter un teléfono aquí, Iñaki... detectarán la señal. —Eso ya anda solo, Aitor. Tú cumple tu misión y no vuelvas en dos semanas. De aquí en adelante, cuando vengas, no preguntarás por mí. Te daré el nombre de la clave cuando sea el momento.
Iñaki no pudo evitar que una chispa de humanidad, o quizás de vanidad, cruzara su rostro en una sonrisa fugaz.
No quiso preguntar. Aitor supo en ese instante que había encontrado un nervio expuesto, una debilidad, pero la satisfacción le duró poco.
—Márquez... —dijo Iñaki, recuperando su máscara de acero—.
Si Pedro Sánchez "desaparece" y no llega a ese sótano, alguien más lo buscará...
y yo ya no necesitaré tus servicios. ¿Entiendes?
El mensaje era claro: Aitor era el siguiente en la lista de limpieza si fallaba. No había espacio para la confianza.
Minutos más tarde, en el patio, Gorka Guruzeta, frente al tablero, compartía su propia tragedia con Iñaki.
Gorka era un hombre que había jugado con algoritmos para asegurar la vejez de su esposa enferma, pero el bulto del dinero lo había delatado.
Iñaki escuchaba y aprendía de los errores de Gorka.
El Da Vinci financiero estaba registrando en su mente cada fallo delictivo de su compañero para no repetirlo jamás.
Al otro lado de la ciudad la ejecución de la traición fue silenciosa.
Aitor visitó a Pedro Sánchez. Las manos le temblaban al servir la bebida, pero el recuerdo de la amenaza de Iñaki y el peso de "El Kinte" en su pasado le dieron la firmeza necesaria.
Puso la sustancia en el vaso mientras le hablaba de un Iñaki que se negaba a morir en prisión.
Inventaba golpizas y malos tratos proferidos al reo por órdenes de él, Pedro lo creía y sonreía, Aitor sudaba.
Pedro se fue diluyendo en un sopor químico. Despertó en la penumbra del sótano, con el frío de las cadenas perforándole las muñecas. El olor fue lo primero que lo golpeó: una mezcla de humedad, orina y la dulzura nauseabunda de la carne podrida.
Frente a él, Carles —aquel joven ambicioso de 40 años que alguna vez espió a Paula por celos enfermizos— era un guiñapo humano.
Los gritos de Carles, roncos y agónicos, inundaban el sótano.
Pedro observó con horror cómo las moscas, atraídas por la infección de los cortes de Carles, empezaban a zumbar en el aire denso, algunas aterrizando sobre su propia piel, como anunciando que el banquete apenas comenzaba.
—¿Qué sigue para mí? —sollozó Pedro al vacío, cansado de gritar al espacio oscuro y tenebroso de aquel sótano incrustado, ubicado quién sabe en qué lugar de la ciudad.
Carles solo lloraba y suplicaba piedad, Aitor estaba a kilómetros de allí mirando a su amigo gritar y suplicar a través del teléfono que pronto entregaría a Espinoza.
Pedro y Carles miraban el punto rojo de la cámara fija ante ellos.
Pedro aun no tenía heridas, pero temía. El ojo de Iñaki ahora tendría diversión, nunca dormía.
Aitor le entregó el teléfono a Espinoza. —¿Por qué ya no quiere hablar conmigo? —preguntó Márquez, paranoico.
—Has ido muchas veces a prisión, demasiado para solo ver a un detenido, Aitor —respondió Espinoza con una calma cínica—.
Yo uso un nombre clave que Iñaki me dio y estamos cobrando bien.
Márquez –dijo Espinoza mirándolo a los ojos— Prepárate para cuando sea el momento de esfumarse.
A mí no me importa si no tenemos todo el dinero, lo que importa es no estar aquí cuando el monstruo decida cerrar la puerta.
Mientras tanto, tú tienes el poder de matarlo allí adentro cuando quieras, y cerramos el capítulo, o no te has dado cuenta que mientras nos avance más dinero, más rápido nos alejaremos de él.
Aitor, encorvado, sonrió y alzó la frente —Tienes razón, este monstruo está jugando con un poder que no tiene. No hace falta tener cinco millones, con la mitad será suficiente…
—¿Cinco millones? —preguntó Espinoza sorprendido
—¿Cuánto te ofreció a ti? —preguntó Aitor al ver la expresión de desconcierto en el abogado
—¡Solo dos! ¡Hablaré con él !