Capítulo 17 Pruebas de fuego
La pelea en la villa de la Costa Azul no tuvo elegancia; fue un choque de carroñeros por los restos de un festín sangriento.
Sofía, con la mirada endurecida por la codicia, comprendió que Carles era un lastre sentimental.
Ella no volvería. No por un hijo que no era suyo, no por un hombre que se quebraba ante el primer golpe del destino.
—Tómalo —le escupió, transfiriendo su parte del botín a una cuenta puente—.
Vete a salvar a tu sangre, pero para mí ya estás muerto. No me busques, no me llames.
Carles regresó al país con el alma en un hilo, creyendo que el dinero de Iñaki compraría la libertad de Adrián.
No sabía que estaba entrando directamente en la boca del lobo.
En cuanto pisó suelo nacional, Aitor Márquez lo interceptó.
No hubo protocolos, solo un golpe seco y la oscuridad de una capucha.
Lo llevaron a un sótano húmedo, alquilado por Márquez en la periferia, donde el ruido de la ciudad se ahogaba bajo metros de tierra y concreto.
Allí, Carles fue encadenado a una silla.
—¡Por favor! —suplicaba Carles, con el rostro desfigurado por el terror—.
¡Tengo el dinero! ¡Tomen todo, pero liberen a Adrián!
Aitor, siguiendo las instrucciones milimétricas de Iñaki, se acercó a su oído.
—A tu hijo no le va a pasar nada, Carles.
Él es solo el cebo. Tu dinero ahora es mío y de Espinoza...
pero el precio de tu vida lo pone otro. Te quedarás aquí hasta que hayamos drenado cada centavo.
Ahora tu vida depende de la decisión de Iñaki…
Mientras tanto, en el Castillo de If, la visita de Márquez fue distinta.
Iñaki no estaba sentado; caminaba por la sala con una energía eléctrica.
—Quiero que sientas su miedo, Aitor —dijo Iñaki, con una voz que parecía venir de ultratumba—.
No lo mates. Hazle cortes en las piernas, en los brazos y en el abdomen.
Superficiales, pero constantes. Y luego...
úntale su propio excremento. Que la infección sea su única compañía.
Aitor, el hombre que había visto de todo en las calles, sintió que el estómago se le revolvía.
—Iñaki... no puedes hacer eso. Es inhumano.
¿Y Elena? ¿Qué le diremos? —Elena estará bien —respondió Iñaki con una sonrisa macabra—.
Ella odia a Carles. Dale veinte mil euros de "parte de su padre" y dile que el cobarde regresó a Francia.
Que viva feliz con su hijo libre de cargos.
No tengo nada contra el muchacho. Que salga sin reseñas, tú sabrás como hacerlo —Eso vale mucho dinero —El dinero te sobra.
—¿Cómo puedes ser tan despiadado? —balbuceó Márquez, retrocediendo un paso.
Iñaki se detuvo y lo miró fijamente, con los ojos inyectados en un odio que parecía brillar en la penumbra.
— ¿Me lo pregunta el mismo sujeto que me trajo una sábana para que me ahorcara?
¿El mismo que se ensañó conmigo por un código de honor de "cuernos"?
—Iñaki negó suavemente con la cabeza—. Todavía puedo confiar en ti, ¿verdad, Aitor?
Dímelo ahora, antes de que decida que eres prescindible.
Márquez tragó saliva, sintiendo que el nudo que Iñaki le había puesto al cuello era mucho más fuerte que el de cualquier soga.
—Está bien... lo haré. ¿Qué sigue? —Resguarda a Carles.
Haz que sufra cada segundo. Que tenga agua y aspirinas para la fiebre, no quiero que el cuerpo se rinda antes que la mente.
Aitor... si piensas en traicionarme, recuerda que yo ya estoy en el infierno.
Y tengo sitio para uno más. Aitor asintió —Estoy contigo.
—Mañana hablaremos de tu amigo Pedro Sánchez, —dijo Iñaki antes de regresar a su celda. Sabía que Márquez y Espinoza estaban tan enredados en sus crímenes que la traición ya no era una opción, sino un suicidio. El Da Vinci financiero había terminado su boceto; ahora empezaba a pintar con sangre .