Capítulo 14 Protocolo del miedo
Adrián no era un criminal; era un muchacho de cristal que vivía en una burbuja de universidades privadas y tardes de café con su novia.
Por eso, cuando los oficiales —con los rostros ocultos tras la frialdad del deber pagado— lo obligaron a bajar del coche en aquella alcabala improvisada, el mundo se le rompió en mil pedazos.
Ni el más rudo regaño de mamá se escuchó tan aterrador
— ¡Bájate del vehículo! ¡Manos sobre el techo!
La requisa fue brutal. Los oficiales revolvieron el auto con una saña innecesaria, tirando sus libros y pertenencias al asfalto húmedo. Cuando uno de ellos sacó del asiento trasero una bolsa con polvo blanco y un fajo de billetes que Adrián nunca había visto, el joven rompió en un llanto histérico.
— ¡Eso no es mío! ¡Se lo juro por Dios, yo no sé qué es eso! —suplicaba de rodillas, mientras el metal de las esposas le mordía las muñecas. De las sombras salieron un par de testigos que asegurarían haber visto a los oficiales sacar el paquete del auto.
Aitor Márquez observaba la escena desde la penumbra de su coche, a veinte metros de distancia.
Su rostro era una máscara de piedra. Era el guion de Iñaki.
El joven sería procesado por narcotráfico; los depósitos previos en su cuenta —dinero sucio inyectado por los contactos de Aitor— sellarían su tumba judicial.
Muy temprano, Márquez estaba de nuevo en el Castillo de If. Se presentó con una sonrisa aterradora para dar el parte de la misión. Iñaki lo veía sentado en la mesa, ansioso, alegre y orgulloso.
—El chico está preso —dijo Aitor, evitando la mirada de Iñaki—. Sus instrucciones fueron precisas. Pero... ¿cómo supo que Elena estaría en la comisaría antes de que yo llegara? ¿Cómo supo lo de la calle Drake? Mire Iñaki, creo que nos vamos a entender bien…
Iñaki se reclinó, saboreando el nerviosismo del detective.
Márquez tragó saliva; la idea de que Iñaki tuviera otro topo, otros ojos dentro de su propia oficina, lo estaba volviendo loco.
—A partir de este momento usted puede confiar plenamente en mí, ya pasé la línea —Iñaki lo miraba sin decir una palabra, Aitor intentaba sujetarse las manos y miraba sumisamente.
—Sé que has estado merodeando por la oficina de la calle Drake, Aitor —dijo Iñaki con una sonrisa que se dibujaba macabra en la mente del policía—.
¿Qué confíe en ti?, ¿acaso te lo has ganado?
Cuidadito con lo que haces, porque ahora tengo ojos y oídos en todas partes.
¿Me entiendes?, mis cuentas dan para mucho…
—Sí, jefe —respondió Aitor, doblando la cervical en un gesto de sumisión instintiva que lo asqueó a sí mismo—. ¿Qué sigue?
—El buen amigo de Carles, ese serás tú. Acércate a Elena, dale esperanza, consuela su dolor y que ella crea que te interesas genuinamente por su tragedia.
Arregla que tus amigos no le permitan ver al acusado, y ahí entras tú, a mover tus fichas para que la madre vea un instante a su hijo hecho polvo.
Los dos testigos, que estén allí y hagan el reconocimiento del chico.
Que se escuche en los pasillos que lo han reconocido.
Que la viuda lo sepa. Luego cuéntale a la madre destrozada y desesperada lo difícil del caso, y recomiéndale al mejor abogado: Espinoza. Él ya sabe qué hacer.
— ¿Ya habló con Espinoza?
— ¡Pues claro que lo hice, IDIOTA! —Iñaki explotó con una violencia verbal que hizo que Márquez apretara los puños, pero el detective no se movió.
La humillación era el precio de su supervivencia—.
¿Todavía no entiendes el juego? No te molestes, Aitor.
Sé que eres el mejor en esa comandancia y serás recompensado.
Solo necesito que las instrucciones no se olviden.
Las cosas entre tú y yo no pueden ser amistosas por ahora, todavía me duelen las cotillas. ¿Comprendes?
—Ahora dime... ¿por qué te ensañaste conmigo al principio? No me digas que era tu labor. ¿Por qué lo hiciste personal?
—Soy amigo de Pedro Sánchez —masculló Márquez—. Me molestó su historia de cuernos.
—¿Y tu rabia era conmigo, a quien no conocías; o con ella, con Paula? ¿Por qué tanta devoción hacia Pedro Sánchez?
—Conozco a Pedro desde hace algún tiempo, le debía favores. Y sí, es cierto, estaba molesto con la situación. Tus golpes eran para ella. Lo lamento, no debí tomarlo personal.
—Si tanto te molesta, es porque has probado ese caldo, ¿o me equivoco?
—Iñaki soltó una carcajada seca ante el silencio sepulcral del policía—.
Tus secretos son tuyos. Esa parte de tu vida no me importa; no digas nada, solo ejecuta y espera.
Quiero verte calmado, nada de lo que aquí sucede es personal —dijo Iñaki con la venganza retratada en los ojos.
Márquez asintió y se levantó de la silla, en ese momento Iñaki le dijo:
—Tendrás un incentivo especial por esta labor, habrá más dinero para ti y para Espinoza. El dinero que le arrebaten a Elena es para ustedes dos. Él ya lo sabe. Jueguen en equipo y los dos ganarán, intenten traicionarse y los dos caerán.
Márquez salió de la sala con un remolino de odio y codicia quemándole el pecho.
Iñaki, por su parte, regresó al tablero con Gorka Guruzeta.
La partida fue extraña; Iñaki jugaba de forma errática, permitiendo que Gorka avanzara posiciones clave.
Gorka, a pesar de la facilidad se tardaba mucho más de la cuenta en mover, pero al final ganó confianza y atacó con todo.
—Jaque mate, Iñaki —dijo Gorka, desconcertado—. Has jugado muy mal. No te defendiste.
—Al contrario, mi querido Gorka —respondió Iñaki, moviendo una pieza fuera del tablero—.
Te dejé ganar para ver tu cara de seguridad.
Para ver qué descuidas cuando te sientes victorioso.
Dicen que para conocer la fuerza del enemigo, a veces hay que recibir el golpe.
Prepárate, porque has ganado una batalla, pero la guerra apenas comienza.
Gorka lo miró con extrañeza. Iñaki estaba alegre, casi radiante. La carnada estaba en el agua, y el tiburón —Carles— ya podía oler la sangre de su propio hijo a través del océano.
—No sé de qué se trata tu estrategia, Iñaki; pero ahora me gusta más tu juego. ¿Por qué me has alertado?
—Porque ahora estarás más pendiente del campo, ahora vas a dudar de lo que hagas, ahora pensarás varias veces cómo mover las piezas mientras intentas ocultar tus gestos. Antes solo te preocupabas por organizar tu juego, ahora tienes más flancos que cubrir…
—Eres un general…Y das miedo —dijo Gorka mostrando una sonrisa de complicidad. Iñaki sonrió, pensando maliciosamente que les había sembrado tantos temores a Márquez y a Espinoza, que ahora serían más cautos en hablar y pensarían menos en traicionar.