Culpable al amanecer Capítulo 13 La alquimia del veneno
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Capítulo 13 La alquimia del veneno

Iñaki estaba acostado en su celda privada, con la espalda recta y las manos entrelazadas, mirando al techo en un vacío profundo como mirando al horizonte que pretendía construir.

En el pabellón de baja seguridad, el silencio no era una renuncia a la vida, sino un lienzo donde él proyectaba su pasado.

Muchos, afuera, se preguntarían cómo el ejecutivo sumiso, el esposo devoto que caminaba con la cabeza gacha, se había convertido en un monstruo de mirada asesina.

La respuesta no estaba en la ambición, sino en el escombro.

Iñaki recordó los años en que su único motor era Sofía; cada euro desviado, cada movimiento financiero debidamente oculto tras la pared que creó, no era por avaricia, sino para construirle un altar de oro a la mujer que amaba.

Él era un hombre que ataba su propia crueldad con una correa de seda porque, sencillamente, la vida le sonreía.

Pero el altar se derrumbó. Primero fueron los correos borrados a medias, luego las llamadas que se cortaban al entrar él en la habitación, y finalmente, la lectura de mensajes que le desgarraron el alma.

La sumisión de Iñaki no era debilidad, era una fe ciega que se negaba a aceptar lo evidente: que estaba financiando su propia traición. Pero necesitaba el teatro.

—Me querían muerto —susurró Iñaki para sí mismo, viendo cómo un rayo de luna se filtraba por la rejilla—. Pero cometieron un grave error,  todos  me dieron un motivo. Ninguno me conocía, solo veían el nudo de la corbata.

Si Márquez no lo hubiera acosado en aquella celda mugrienta, instándolo al suicidio con esa saña animal, la depresión habría terminado el trabajo.

Iñaki estaba listo para morir; prefería el fin de la existencia a la verdad de una vida falsa.

Pero la desvergüenza de Aitor y la inoperancia vendida de Espinoza actuaron como un desfibrilador de odio.

Al intentar ahorcarlo, terminaron por drenar la última gota de "savia pura" que le quedaba, dejando en sus venas un veneno refinado que ahora era su combustible.

Un potentísimo carburante con el que quemaría a sus enemigos lentamente, haciéndolos sufrir diez veces su pena.

El gladiador ya no sentía el dolor de las costillas rotas.

Sentía la vibración de los hilos que movía desde su "Castillo de If".

Entendió que su fragilidad inicial fue solo el capullo de una metamorfosis necesaria.

Sofía, Carles y Sánchez no habían matado a un hombre; habían liberado a una bestia que conocía todos los secretos de su sistema. Porque Paula también hablaba.

Iñaki cerró los ojos. El respiro terminaba. La olla a presión seguía allí, pero ahora él era quien controlaba la válvula.

—Gorka... —dijo en voz alta, mirando a su compañero de ajedrez en la distancia—.

El juego en blanco y negro es más honesto que la vida.

Al menos aquí, las piezas no fingen amarte mientras te apuñalan.

Ahora nosotros decidimos el destino de cada una de ellas a conveniencia. Esta partida apenas está comenzando.