Culpable al amanecer Capítulo 12 El retorno de las sombras
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Capítulo 12 El retorno de las sombras

Márquez estaba sentado frente a la pantalla de un computador en un rincón oscuro de un centro de internet público que usaba como despacho personal.

El encargado del establecimiento era un fiel colaborador que él ayudó a salir de graves problemas con la justicia.

Unai Laporte era de confianza,  y ahora le pagaba el favor protegiendo su identidad digital.

Márquez gruñía, sus dedos, gruesos y acostumbrados a apretar gatillos, torpemente golpeaban las teclas.

Unai miraba a Márquez apretar el puño con cada intento fallido, él intentó acercarse y Aitor levantó la mano y lo bloqueó mostrando la palma, Unai dio marcha atrás, pero ese gesto quedaría grabado —Rayos...

¿cómo puede este sujeto aprenderse estos nombres?

—gruñó Márquez, borrando por cuarta vez el nombre del Banco Internacional de la ciudad independiente de Lichterwizer .

Mientras tanto, Espinoza recibía los datos de otra cuenta, una con mucho menos dinero, apenas lo suficiente para mantenerlo leal pero hambriento. Iñaki los estaba alimentando como a perros de pelea, dándoles lo justo para que no se mataran entre ellos, pero lo necesario para que lo obedecieran.

Márquez regresó a la cárcel dos días después, como le sugirió Salcedo. Cuando entró en la sala de visitas, Iñaki supo, solo por la forma en que el detective evitaba su mirada, que el dinero ya estaba en su poder. Los tenía atrapados. Eran suyos.

—El equipo está completo, Márquez —dijo Iñaki, su voz era un susurro de acero poderoso que cortaba el aire—.

Ahora somos tres: tú, Espinoza y yo. Pero escucha bien: si uno falla, si uno intenta ser más listo que los demás, los otros dos lo eliminarán por una cantidad igual a su adelanto.

El precio de tu traición es tu propia cabeza.

Ya sé quién es “El kinte”, así que ahora cobra más importancia tu misión personal, que no es otra que la mía.

—¿Cómo sabes del Kinte?   —El dinero lo compra todo, Márquez. Pero eso ya lo deberías saber. ¡Hum!,  ¿Me estoy preguntando si eres el correcto? ¿Lo eres?

Márquez tragó grueso. Ya no veía a un preso; veía a un monstruo financiero que podía borrarlo del mapa con una sola llamada.

—¡Soy el correcto! ¿Por dónde empezamos? —preguntó el detective, rindiéndose por completo. —Carles... comenzaremos con él. —Pero nadie sabe dónde está —replicó Márquez—. Desparecieron la misma mañana que te declararon culpable.

Iñaki soltó una risa seca, una que no llegaba a sus ojos.

Antes de la visita, había hecho dos llamadas a través de un número que la prisión registró y que conducía a una oficina clandestina, un centro de operaciones donde su rastro IP se perdía en una maraña global.

Iñaki dejó dos mensajes, el segundo de ellos decía: "Que nadie te encuentre" .

—Qué buen policía eres, Aitor —ironizó Iñaki—.

No hace falta buscar a Carles. No vamos a gastar suelas buscándolo por la Costa Azul.

Vamos a hacer que regrese solo. —Márquez abrió los ojos expresivamente preguntándose cómo sabía tantas cosas sin salir de prisión, el monstruo estaba creciendo, así como su temor.

—¿Pero cómo averiguaste dónde están? Además, no tenemos jurisdicción, ni rastros,  ¿cómo llegar a ellos? —dijo Aitor mientras Iñaki movía la cabeza y hacía un gesto de lástima, quizás dando a entender, que era muy bruto antes que investigador.

—No me digas que también tengo que enseñarte a hacer tu trabajo.

¿Cuál es el punto vulnerable de Carles?, —preguntó Iñaki, inclinándose hacia adelante, su mirada fija como la de un depredador, Márquez parecía hipnotizado de esa contemplación profunda y se preguntaba ¿quién diablos era este hombre, y porqué fue tan sumiso antes?

—. Su debilidad es idéntica a la tuya, Márquez: su sangre.

—dijo Iñaki después de varios segundos de agonía— Investiga dónde está su familia.

No a la "futura viuda", sino a los suyos.

Ponle una trampa a su muchacho, júntalo con gente peligrosa, mételo a prisión por algo que no pueda explicar.

Asegúrate de que ese chico pida ayuda a gritos a su casa. Yo haré el resto. ¿Puedes hacerlo?

Márquez escuchaba con una mezcla de horror y admiración. Iñaki estaba diseñando una telaraña de dolor familiar.

—Cuando el chico llame, Carles tendrá que decidir entre su escondite de lujo y su propia carne.

Harás que hable con Sofía, intentarás "socorrer" a la angustiada madre...

y cuando Carles ponga un pie en esta ciudad, entonces pagará con sangre, pero no lo harás tú.

El carmesí rodará gota a gota,  lentamente.

Haré que sienta cómo su vida se desmorona antes de que yo siquiera lo toque.

Recuérdalo bien Márquez, el dolor de los hijos es el dolor de los padres. ¿Estas entendiendo, no?

Márquez asintió, sintiendo que un escalofrío recorría su columna.

Iñaki no necesitaba estar fuera para destruir el mundo de quienes lo traicionaron; le bastaba con su mente de titanio y la miseria humana de sus nuevos aliados.

El policía se levantó y salió espantado, no dio la espalda a su amo, se retiró casi inclinado, como rindiendo pleitesía.

Al salir de la sala de visitas se estiró, las vértebras de la columna sonaron como un repique de tambor.

Él se dirigió a la salida y justo antes de pasar el umbral recordó la mención de una llamada.

Usando su influencia obtuvo el número marcado y decidió investigar.

Él se sentía desnudo y quizás esa ubicación le otorgaría una ventaja que podría usar a futuro.

Antes de ocuparse del encargo, él fue a la dirección, una pequeña oficina en un área residencial, tocó a la puerta, se escuchaba el vacío. Aitor se aseguró de que no hubiese cámaras,  y luego sacó su juego de  ganzúa y tensor para ingresar a la oficina.

El teléfono, un aparato de cierta antigüedad tenía un bombillo encendido, la grabadora.  Aitor pulsó para escuchar, era la voz de Iñaki —Por favor, ya sabes qué hacer con las cuentas…  y el segundo mensaje — Que nadie te encuentre

Aitor Márquez sonrió, quizás había encontrado la forma de hacerse con todo el dinero, sin tener que ayudar a Iñaki…