Culpable al amanecer Capítulo 11 Refugiándose en IF
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Capítulo 11 Refugiándose en IF

El silencio que siguió a la partida de Márquez era más pesado que el plomo.

Iñaki permanecía en el suelo, viendo cómo el último rastro de ceniza del papel higiénico se dispersaba con el aire podrido que entraba por la puerta entornada.

Las palabras de Márquez —"tu gran amigo Pedro Sánchez ya pagó por tu silencio"— resonaban en sus oídos como el tañido de una campana fúnebre.

Se vengó el esposo de Paula, pero, ¿cómo lo supo?

, —se dijo mientras pensaba — ¡Fue él, Carles!

Todo cobró sentido en la oscuridad. No fue un malentendido, ni una casualidad. ¡Carles lo hizo!, él se juntó con Pedro Sánchez para urdir la venganza. —Sentención Iñaki con gran seguridad.

Pedro Sánchez, el esposo burlado, no había sido un actor secundario; era el director de la orquesta en la película que armó Iñaki en su cabeza.

Él había matado a Paula en un arrebato de celos al pie de la escalera,  y con la ayuda de Márquez ejecutaron el plan.

—¡Sí, eso fue! —Se dijo Iñaki, quien se puso de pie con movimientos de anciano.

Se acercó a la pequeña ventana de la celda.

Afuera, el mundo seguía girando. Podía imaginar a Sofía, la "sufrida viuda", compartiendo la cama con Espinoza;  pero ni en sueños, por su atribulada cabeza,  jamás pasó la idea de que el abogado solo era un peón de la sofisticada trama.

Sofía también compartía secretos de cama  con Carles Pérez, el jefe de seguridad a quien  conoció en una fiesta de la compañía.  Él se prendó de Sofía y desde entonces hizo todo para ganarse sus favores, incluyendo investigar a su esposo Iñaki.

Carles se enteró de todo lo que estaba tramando Iñaki, y le facilitó copia de los  videos a su esposa, ella le pagó con carne.  Carles no denunció a  Iñaki por sugerencia de Sofía, quien tras su rostro de porcelana, planeaba la venganza perfecta. Carles ejecutaba, no era el arquitecto.

La espada de la venganza no necesitó ser pesada; fue una pluma fina, afilada y bañada en hiel.

Todo comenzó con los anónimos: mensajes sutiles que Carles Pérez deslizaba como sombras en el buzón de Pedro Sánchez .

Cada palabra era un grano de arena que terminó por enterrar el juicio de Pedro, envenenando su alma hasta que el castigo ejemplar fue la única religión que estuvo dispuesto a profesar.

Pero el odio, por sí solo, es un motor ciego.

Hacía falta un promotor de la desgracia.

Carles se presentó ante Sánchez con la máscara de la lealtad herida, alegando que su deber era advertirle sobre la burla grotesca que Iñaki y Paula ejecutaban a sus espaldas.

Sin embargo, el complot alcanzó su perfección matemática con la llegada del detective Márquez .

El policía se sumó al festín como un buitre que huele la carroña antes de que el cuerpo caiga, aportando la infraestructura del sistema para que el crimen fuera perfecto.

Márquez fue socio de Sánchez en jugadas turbias en el pasado reciente, la deuda entre pillos encontró la manera de honrarse.

En un principio, la ambición de Carles era carnal: un pase de entrada a la sábana de Sofía .

Pero el destino, siempre irónico, le entregó un botín mayor cuando, al revisar los videos de seguridad, descubrió la estafa millonaria que Iñaki tejía en las sombras de la empresa.

Al enterarse, Sofía no lloró; gritó de una rabia contenida.

Su investigación personal confirmó sus peores miedos: Iñaki no solo robaba, sino que planeaba dejarla para escapar con Paula y dilapidar el botín en otros brazos.

Ella no se equivocaba, y en ese instante, el amor se transmutó en una sentencia de muerte.

Fue entonces cuando la farsa se volvió letal.

Carles y Sofía, unidos por la codicia y el despecho, simularon la firma de Iñaki en un seguro de vida millonario; un contrato de muerte que el "avispado" gerente jamás solicitó.

Todo giraba con una velocidad centrífuga alrededor de Iñaki, quien, cegado por su propia arrogancia, nunca vio venir el golpe.

La noche definitiva, Carles le avisó a Sánchez sobre el encuentro de los amantes.

Mientras Iñaki creía estar viviendo una noche de pasión, todos los demás —con la excepción de la futura viuda, que esperaba en casa con el aroma de jazmín intacto— se sentaron a coordinar, con la precisión de un relojero, el mecanismo de su destrucción. Todo funcionó perfecto…

—Justicia divina... —susurró Iñaki desde su celda, con una risa seca que se convirtió en tos—. No hay justicia, solo hay quienes saben mover los hilos.

Tomó la sábana de su jergón. Sus manos, antes hábiles para contar dinero y firmar informes, ahora trabajaban con una precisión desesperada en el nudo.

Recordó el olor a jazmín del cabello de Sofía una última vez, pero ya no sentía pasión, solo el amargor del odio de un amor que resultó ser una trampa de seda.

Sabía que Márquez volvería al amanecer para "encontrar" el cuerpo, cerrando el caso con la etiqueta de un suicidio por culpa.

Era el final que todos habían escrito para él.

Mientras Iñaki intentaba dar el paso final hacia la oscuridad, a miles de kilómetros de distancia, el sol comenzaba a bañar la Costa Azul.

Sofía, con una copa de champán en la mano, miraba el Mediterráneo.

El dinero de la cuenta secreta de Iñaki estaba parcialmente  en su bolsa, pero aún quedaba una parte que no lograban descifrar.

El  jugoso seguro de vida pronto estaría en proceso y el extraordinario paseo que estaban disfrutando  borraba cualquier sombra de remordimiento.

Sofía no tenía prisa por descifrar las claves faltantes de otras cuentas  porque lo “tomado” era suficiente para una vida. A su lado, Carles Pérez sonreía, sabiendo que el caso de "El asesino del contenedor" ya era historia olvidada, aunque todavía faltaba leer el titular de la muerte.

Su último pensamiento de esa larga noche  no fue para Paula, ni para su defensa; fue para el lunar en forma de media luna de una mujer que nunca testificaría, la única prueba de que, en medio de tanta podredumbre, él al menos había dicho una verdad.

Iñaki veía la muerte como su salida, no resistiría más traiciones, él se recostó a esperar el momento en el que sintiera la fortaleza suficiente para terminar su historia.

—Para colgarse hace falta mucho valor —se dijo mientras miraba luz de la luna que apenas salpicaba la ventana.

Aitor Márquez  visitó la prisión del condado a media mañana y solicitó entrevista con Iñaki Salcedo, esperando que en ese momento le dijeran que el condenado estaba muerto.

Para su sorpresa,  Iñaki Salcedo Ruiz salió por la puerta de presos a la sala de entrevistas y visitas.

Márquez no lo podía creer, negaba con la cabeza mientras pensaba que Iñaki estaba dispuesto a morir en vida.

—Salcedo… ¿Qué hace usted vivo?

—Tengo derecho a mi defensa. Y pienso contratar al mejor investigador para que me saque de aquí, —dijo Iñaki con  seguridad y autosuficiencia, se reía mientas veía a Márquez.

— ¿Te volviste loco?

— ¿Cuánto te pagaron por destruir mi vida?, ¿acaso tu entiendes, cuál es el trasfondo de todo este circo que ustedes montaron?

—No se trata de dinero Iñaki Salcedo. Es justicia. Es honor.

— ¿De honor? ¿Sabes cuánto dinero ganó gente con mi muerte?

— ¿De qué carajo estás hablando, Salcedo?

—Tú y Pedro Sánchez han sido los tontos útiles de dos engendros que los usaron para robarme una fortuna.

Ustedes solo han visto las migajas de nada.

¿Sabes cuánto van a ganar Sofía y Carles  cuando yo me ahorque?

, ¿acaso imaginas que ellos están disfrutando una cuantiosa fortuna de la que ustedes no han olido nada?

Márquez miraba a Iñaki con una expresión que cambiaba a cada segundo, su aspecto de policía malvado ahora parecía la de un jurado escuchando las acusaciones del fiscal.

— ¿De qué estás hablando, Iñaki Salcedo?

— ¡Quiero contratarte, Aitor!    Te pagaré cinco millones de euros por sacarme de aquí.

Márquez lo miraba incrédulo, sacudía la cabeza pensando que Salcedo estaba loco. Lo miraba sin preguntar, esperando que él descubriese su plan. Pero Iñaki le volteó el juego.

—Hagamos algo, señor Márquez.  Antes de tomar su decisión, investigue dónde está mi esposa Sofía, averigüe dónde está Carles, y pregúntese, de dónde sale la plata que se están gastando.

Mientras tanto, mueva sus influencias para que me cambien a otro pabellón y resguarden mi seguridad.

Recuerde, son cinco millones de euros para usted, piense en su retiro, ya usted es viejo y su plan de ahorros de la policía no lo llevarán más lejos que un paseo por el prado.

— ¿Cómo sabe usted esto?

—Es que Sofía, mi amada esposa, no solo me traicionó a mí. Pregúntele al doctor Espinoza, él estuvo aquí muy temprano, mucho antes que usted. Pero él no vino a preguntar por un cadáver, él vino a traer vida, él me trajo un motivo para vivir …