Capítulo 15 Deuda de padres, pago de hijos
La comisaría era un organismo vivo que exhalaba un aliento de tabaco rancio, café quemado y desesperanza.
En un rincón, Elena parecía una mancha de sombra sobre un banco de metal.
Sus sollozos eran secos, de esos que nacen cuando ya no quedan lágrimas, solo cenizas.
Pero a decir verdad, su tránsito por el inframundo apenas estaba comenzando.
Aitor Márquez se acercó con la parsimonia de un depredador disfrazado de santo. Le tendió un vaso de plástico con café humeante. —¿Es usted la esposa de Carles Pérez, no es así?
Elena levantó la vista, vio la placa dorada en el cinturón de Aitor y se aferró a ella como a un madero en medio del naufragio.
—Sí, soy la esposa de Carles, pero ahora estoy aquí por mi hijo...
—logró articular entre espasmos—. Lo han detenido por algo que no hizo. No me dejan verlo, señor. Por favor...
—Déjeme ver qué puedo hacer. No le prometo nada, porque no estoy en el caso, pero lo que esté a mi alcance para ayudar a un viejo amigo, lo haré. —dijo Aitor, internándose en la jungla de concreto y uniformes.
Minutos después, regresó con el rostro sombrío, una actuación impecable.
—Es grave, Elena. Le han hallado sustancias y dinero de cuentas bajo vigilancia.
Dicen que es un distribuidor de alto nivel.
— ¡Eso es mentira!, —gritó ella, atrayendo las miradas de los guardias—.
¡Mi hijo es un estudiante, él no sabe nada de eso!
Y ni siquiera me han permitido verlo. Es un abuso.
—Cálmese —susurró Aitor, tomándola del brazo y llevándola a un lugar más apartado—. Es el procedimiento, pronto le estarán tomando declaración para instruir el expediente. Aún está en la celda y está incomunicado. —Ayúdeme por favor, necesito hablar con él. Tengo que saber qué está pasando.
Aitor la miraba a los ojos, una súplica que podría conmover a una piedra, excepto a los policías acostumbrados a los teatros, y que no creían en nada más que la evidencia, o en el color de los billetes.
—Está bien señora, pero entienda que voy a arriesgar mi carrera por la amistad que me une a Carles.
Le daré un minuto. Solo uno. Pero debe ser fuerte y debe salir cuando se le diga.
Elena asintió jurando que sería rápido. Él acompañó a Elena hasta el umbral del oscuro pasillo, allí se hizo cargo otro agente, un tipo rudo y silencioso. —Sígame sin decir una palabra— dijo el policía que minutos antes había hablado con Aitor.
La condujeron por un pasillo que olía a amoníaco y miseria.
Cuando entraron al pasillo de las celdas, el corazón de Elena se detuvo.
Adrián no estaba golpeado, pero estaba quebrado .
El muchacho de cristal, estaba sentado en un rincón, temblando.
Se había orinado encima por el terror; el hedor a amoníaco corporal y miedo llenaba el cubículo.
Elena apenas pudo tocar los dedos a través de los barrotes y la reja tupida.
Ella se pegó sobre el hierro para abrazarlo y consolarlo con el alma, mientras él hipaba promesas de inocencia que nadie quería escuchar.
El minuto pareció un segundo, No pudieron intercambiar una sola frase…
— ¡Fuera! —ladró un oficial pagado—. Se acabó el tiempo.
—Por favor señor agente, permítame…
—Afuera le dije, señora. Este detenido no puede hablar con nadie hasta que rinda declaración. Ya se le leyeron sus derechos. Haga el favor— dijo el policía señalando la salida.
Aitor esperaba afuera, Elena salió y corrió a los brazos de Márquez a pedir ayuda. Márquez intentaba calmarla.
—Yo no puedo hacer nada en este punto, solo puedo acercarme al muchacho para que no diga nada y pida un abogado. Y mejor que sea uno experimentado y sepa cómo actuar en estos casos.
Márquez entró nuevamente al pasillo, todos los policías parecían saber lo que estaba ocurriendo, Aitor alcanzó al muchacho antes de entrar al cuarto de interrogatorio —No digas nada, muchacho, di solamente “Abogado”, no digas nada más. —Adrián asintió
—Ya hablé con su hijo y le di instrucciones, ahora debemos traer un abogado, es urgente, de lo contrario dormirá en una celda y puede que no lo pase muy bien.
Mire, señora Elena, no hay tiempo, el muchacho está metido en un problema grave.
Necesita al mejor abogado, y conozco a uno que es experto en estos casos.
Usted me dice si lo llamamos o usted tiene a otro abogado.
Minutos después llegó el doctor Espinoza.
El abogado entró en escena con la puntualidad de un buitre.
—Elena, seré franco —dijo Espinoza en un aparte luego de revisar el supuesto expediente—.
El caso está blindado. Pruebas, testigos, dinero.
Si no actuamos en 72 horas, Adrián irá a una cárcel común.
No sobreviviría una noche allí, rodeado de hienas y violadores.
Es un chico frágil. Y van a romper su cuerpo y su mente.
— ¿Qué necesito? —preguntó Elena, temblando. —Quinientos mil euros. La fianza de un clan mafioso. — ¡No los tengo! —gritó ella, desesperada. —Busque a Carles —sentenció Espinoza con una frialdad quirúrgica—. Él tiene el dinero. Yo lo sé.
Elena marcó el número de su esposo una, diez, cien veces.
Apagado. El desierto comunicacional la llevó al último reducto: el geriátrico.
Allí, la madre de Carles, la señora Galva, sonreía al vacío de su demencia, ajena a que su nieto se pudría en un calabozo.
—Nadie viene por ella, solo una joven que vino hace dos semanas —dijo la enfermera.
—¿Una joven? ¿Y quién paga esto? —preguntó Elena. —Una tal Silenia Azcorceta.
Ese nombre fue la llave maestra. Aitor y Espinoza, con la eficiencia de los condenados, rastrearon a Silenia. Era la hija secreta, la otra hija de Pérez, aunque no llevaba su apellido, ni tenía relación alguna con Adrián o Elena.
Aitor la "convenció" hablándole del destino de su medio hermano. Silenia, confundida y aterrada, le dio el número privado al que llamaba a Carles. Se trataba de un buzón que él verificaba cada cierto tiempo y respondía. No había número para hablar directamente con él.
Costa Azul. 2:00 AM.
El Mediterráneo golpeaba suavemente las rocas bajo el balcón de una villa de lujo.
Carles Pérez escuchó el mensaje en el buzón que solo usaba para Silenia.
La voz de la joven, mezclada con los gritos desesperados de Elena de fondo, hizo que la copa de cristal se le resbalara de la mano, estallando sobre el mármol.
Su mundo se acababa de pulverizar. Un millón y medio de euros —el botín robado a Iñaki— ya no era una fortuna; era una soga.
Sofía salió a la terraza, envuelta en seda, con los ojos inyectados en una furia demencial.
— ¡No vas a volver!, —le gritó, y su voz era más afilada que cualquier cuchillo—.
Si cruzas esa puerta, nos entregas a los dos.
Iñaki está en prisión, va a morir allí y cobraremos el seguro. ¡Es nuestro sueño, Carles!
— ¡Es mi hijo, Sofía!, —dijo él, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Está en un pozo por mi culpa!
Esa noche fue la más larga de la historia.
Carles se quedó en el balcón, viendo cómo el amanecer iluminaba un paraíso que ahora olía a sangre y derrota.
Maldecía su suerte, sin saber que a miles de kilómetros, en una celda que olía a café y victoria, Iñaki Salcedo sonreía mientras movía su reina en el tablero de sombras.
La deuda de los padres empezaba a cobrarse con la piel de los hijos .