Capítulo 5 El beso de Judas
La puerta del cuartucho de interrogatorio se abrió con un gemido metálico que hizo que Iñaki se encogiera.
Pero esta vez no era la mano de Márquez la que buscaba su clavícula.
La luz principal del salón de interrogatorios se encendió y la lámpara que iluminaba el rostro del sospechoso se apagó.
Entró el doctor Espinoza de la Fuente , un hombre cuya presencia siempre emanaba un olor a tabaco caro y a una pulcritud excesivamente estudiada.
El policía miró a Espinoza, un abogado de larga trayectoria y buena reputación en el circuito judicial por lidiar con casos difíciles y ganarlos en la corte. Márquez se retiró.
— ¿Qué ha pasado, Iñaki? ¿Cómo no me llamaste antes de abrir la boca?
—preguntó Espinoza, dejando su maletín sobre la mesa con un golpe seco.
Su tono era de una gravedad ensayada, la seriedad de quien ya sabe que el caso está perdido, o mejor dicho, vendido.
Él negaba y reprendía a su defendido como a un niño.
—Estaba muy nervioso, doctor... no sé por qué no pedí su asistencia antes —balbuceó Iñaki, buscando en el abogado un ancla en medio de la tormenta.
—No se preocupe, aún estamos a tiempo —dijo Espinoza, ajustándose los lentes mientras fingía leer un expediente que ya conocía de memoria.
Sus ojos, sin embargo, no mostraban preocupación, sino la frialdad de quien acaba de dejar la ética en una cama de hotel junto a Sofía—.
Pronto te acusarán de homicidio en segundo grado.
Necesito que me cuentes todo, hasta el más mínimo suspiro.
Iñaki relató su versión, la misma que le había dado a Márquez: el hotel, las dos horas de pasión, el regreso a casa a las diez. Pero cuando mencionó la hora, notó una grieta en la expresión de Espinoza.
—Iñaki, tienes un problema grave. Sofía le dijo a la policía que llegaste a las once. Esa hora de diferencia es el espacio donde cabe un asesinato. Tú vives muy cerca del lugar del homicidio.
— ¡Pero ella me dijo que eran las diez!, —gritó Iñaki, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies—. Ella me esperaba con la cena, me preparó la ducha... ¡Ella me confirmó la hora!
Espinoza, oloroso a jazmín, se limitó a negar con la cabeza, una sombra de duda (o de placer oculto) cruzando su rostro. Antes de que Iñaki pudiera insistir, permitieron la visita de su esposa.
Sofía entró como una ráfaga de aire fresco que, sin embargo, traía consigo el frío del invierno.
Se abalanzó sobre Iñaki, rodeándolo con sus brazos en un abrazo que él interpretó como salvación, pero que ella ejecutó como una despedida.
El perfume de jazmín de su cabello inundó de nuevo los sentidos de Iñaki, nublándole el juicio.
Él lloró sobre su hombro, pidiendo perdón por la infidelidad, por el bochorno, por todo lo que estaba por descubrir.
—Cálmate, Iñaki... —susurró ella, su voz suave como el raso pero firme como el acero—. Lo importante es demostrar que no eres responsable. Lo demás lo arreglaremos después.
Sofía se inclinó hacia su oído como queriendo besarlo. Sus labios apenas rozaron su piel, pero el mensaje fue una descarga eléctrica.
—El investigador quiso registrar la casa, pero no se lo permití. Volverá con una orden. ¿No hay nada que deba preocuparme, verdad?, Este es el momento de ocultar lo que tengamos que borrar, después no habrá tiempo. El fiscal ha pedido dinero para apoyarnos en el caso, ¿de dónde vamos a obtenerlo?
Iñaki, en un arranque de confianza, le dijo a su esposa. —Busca una libreta negra, Sofía. Está pegada con adhesivo bajo la gaveta de la mesa de noche. Allí está nuestro futuro, es el dinero que he acumulado para nosotros. ¡Guárdala bien!
Sofía se enderezó, sus ojos brillando con una intensidad nueva.
Le dedicó una última sonrisa, una que Iñaki confundió con amor, pero que era el goce puro de quien acaba de recibir el botín por el que ha estado dispuesta a matar.
Al salir de la celda, ella no buscó a un policía; buscó el teléfono para llamar a Carles Pérez .
La libreta negra era la última pieza que necesitaba para que el amanecer de Iñaki fuera, definitivamente, el último.