Capítulo 6 La calle de las sombras
Iñaki volvió a la angustia del pensamiento, meciéndose en el frío camastro de la celda mientras el eco de sus propios miedos rebotaba en las paredes húmedas.
La reacción de Sofía —ese abrazo, ese perfume de jazmín que aún le impregnaba la ropa— le había dado un respiro de falsa paz.
Pero la duda seguía allí, punzante: ¿cómo sabía la policía tanto?
—El esposo de Paula. ¡Él fue y me está incriminando!
—gritó de repente hacia las sombras, esperando que algún sabueso lo escuchara.
Él insistía en aportar datos que ayudarían en su defensa.
El detective Márquez entró en la celda minutos después, con una libreta en la mano y una expresión de aburrimiento que ocultaba su verdadera ferocidad.
El investigador no le dejó hablar— ¿Qué hizo usted entre las diez y las once de la noche?
Márquez se quedó estupefacto por un segundo, asombrado ante la revelación de este hombre aparentemente gris que escondía una doble vida de depravación. — ¿Me está diciendo que estuvo con su amante dos horas en un hotel y después fue a buscar a una golfa? No lo puedo creer.
—Es verdad, oficial. Yo frecuento a esa mujer —insistió Iñaki, aportando con lujo de detalles los rasgos y el apodo de la prostituta.
Mientras Márquez anotaba, Iñaki sintió una extraña confidencia hacia su verdugo y se atrevió a preguntar—: ¿Quién habló con usted en la oficina?
Nunca increparé a nadie, lo prometo, pero es increíble la información que tienen.
Márquez soltó una carcajada seca, un sonido que resonó en la celda como el golpe de una pala sobre tierra para una tumba.
—En su oficina hay cámaras para vigilar al personal y a los bienes de la empresa, Salcedo. ¿No lo sabía? Es evidente que no. El jefe de seguridad nos entregó los videos. Él lo sabe todo; la gerencia también.
La respuesta fue una descarga eléctrica que paralizó a Iñaki. La farsa de su relación secreta, sus "planes" con Paula, todo había sido una función de cine para Carles Pérez, el jefe de seguridad.
Mientras tanto, lejos de ese sótano que olía a derrota, Sofía entraba en su habitación con los ojos brillantes de codicia.
Se arrodilló junto a la mesa de noche, deslizó los dedos bajo la gaveta y sintió el adhesivo.
Con un tirón seco, arrancó la libreta negra.
Al abrirla, el olor del papel viejo se mezcló con su perfume de jazmín.
Allí estaban las contraseñas, los números de las cuentas, el fruto de años de trampas de Iñaki, quién soñó ese momento de retiro a las costas del caribe con su exuberante mujer.
Sin embargo, en el tiempo, y con las sospechas de traición, Iñaki ya no estaba tan convencido de querer a Sofía en su vida.
Sofía tomó el teléfono y marcó el número de Carles Pérez. —La tengo —susurró, con un goce que no era de amor, sino de victoria—. Ya podemos terminar con esto.
Iñaki, en su celda, no sabía que su confesión sobre la calle 42 no lo salvaría; solo le había dado a Sofía y a Carles más razones para envenenar su nombre mientras ellos planeaban cobrar el jugoso seguro de vida que él nunca solicitó .