Culpable al amanecer Capítulo 4 El eco delator de la seda
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Capítulo 4 El eco delator de la seda

Iñaki quedó solo en aquel cuartucho de dos por dos metros.

El silencio de la habitación, tras los gritos del detective y las promesas envenenadas del "policía bueno", era más aterrador que la violencia física.

Se llevó las manos al rostro, sintiendo la humedad fría de su propia piel; no lograba conectar las ideas, su mente saltando erráticamente entre el perfume de jazmín de Sofía, al que olería su presunto amante, y la imagen grotesca de Paula en un contenedor de basura.

"Me delató", repetía el pensamiento en su cabeza como un mantra de desesperación.

Se preguntó, con una lucidez nacida del pánico, cómo habían averiguado tantos detalles en tan poco tiempo.

Él estaba seguro de que su relación con Paula era un secreto blindado, una burbuja de pasión que nadie en la oficina habría pensado.

Pero las cámaras ocultas que Don Carles Pérez instaló en secreto, ya habían contado la verdad mucho antes de que él cruzara el umbral de su casa esa mañana.

La desesperación comenzó a dictarle planes incoherentes.

Por un momento, pensó en negar lo evidente, en decir que todo era una conspiración de la gerencia.

Pero luego recordó el hotel de la noche anterior.

Sabía que la policía obtendría muestras biológicas, y que su ADN estaría bajo las uñas de la víctima o en su piel.

Las mentiras no se sostendrían mucho tiempo, si es que ya no lo sabían,  y solo estaban atando cabos sueltos para armar un caso sólido ante la fiscalía y la corte.

Iñaki sintió que la presión lo devoraba.

Al frente había un  espejo, tal como en las películas, detrás estaban los detectives jugando al desgaste,  viendo a su principal y único sospechoso desmoronarse, esperando el momento oportuno para el acto final. La confesión total.

— ¡Yo no la maté! —gritó de repente hacia la bombilla desnuda, su voz quebrándose en un sollozo seco.

Al otro lado del espejo unidireccional, el oficial Aitor Márquez observaba la escena con una sonrisa maliciosa.

Disfrutaba viendo a Iñaki frotarse las manos contra el rostro y sacudirse el cabello con movimientos accidentados y nerviosos.

Márquez no tenía prisa; sabía que Iñaki era un hombre sencillo ocultando una doble vida, un "avispado" que se creía más inteligente que el sistema.

El detective entró de nuevo en la sala, esta vez moviéndose despacio, con la calma de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde ir. Era un gato jugando con un ratón sin patas.

—Y bien, señor Salcedo, ¿está listo para rendir su declaración formal? —preguntó Márquez con una suavidad que helaba la sangre —. No me haga perder el tiempo. Explique por qué lo hizo y si hay algún cómplice involucrado.

Márquez se inclinó hasta hacerse visible, Iñaki lo miró, y en ese momento, decidió jugar su última carta. Una carta que él creía maestra, pero que solo añadiría otra capa de fango a su sepultura.

—Es verdad. Paula y yo teníamos una relación oculta, Nosotros estuvimos juntos anoche —admitió, con la voz apenas audible —. Hemos tenido relaciones esporádicas y hacíamos planes. Pero le juro por lo más sagrado que yo la dejé viva en la puerta de su casa a las diez de la noche.

Márquez asintió sin mirarlo, anotando cada palabra con una parsimonia irritante.

— ¿A las diez, dice usted?, ¿cuánto tardó en llegar a su casa?

—Pocos minutos, oficial, vivimos cerca.  —el investigador sonrió y asintió suavemente, sabiendo que Sofía ya le había dado una hora distinta, una hora que lo dejaba sin coartada y a merced de los lobos.