Capítulo 3 El verdugo
Iñaki intentó aferrarse a lo último que le quedaba, su estatus, la mascarada de dignidad.
No era un acto reflejo, era una jugada meditada, quizás su última posibilidad antes de confesar.
Enderezó la espalda en la silla de metal, haciendo que el chirrido del hierro contra el cemento resonara en la sala como un grito.
Miró hacia la mancha de luz, intentando proyectar la voz de un hombre que sabe exigir sus derechos en una junta de accionistas.
Él intentó asumir el papel de conocedor de la verdad, su verdad.
— ¿Es necesario que me traigan aquí por un malentendido administrativo? —preguntó, intentando que el temblor de su mandíbula no fuera evidente. —Tengo mis derechos, —dijo con arrogancia, — y les exijo que se apeguen a la ley. Yo…
No pudo terminar la frase. El silencio de la habitación fue interrumpido por el siseo de un movimiento rápido.
De la oscuridad surgió una mano poderosa que se cerró sobre su hombro, hundiéndose con una precisión anatómica.
Iñaki sintió que los dedos del investigador trituraban su clavícula como quien espaturra un plátano maduro; el crujido de los tejidos y la presión extenuante le cortaron el aire.
Fue un dolor absoluto, sordo, que le nubló la vista y le envió un mensaje radical al cerebro: en este sótano, las leyes de los hombres habían sido sustituidas por la ley de la fuerza.
—Bien, señor Salcedo Ruíz, ¿o Ruin?, —dijo el oficial, soltándolo con un fuerte empujón.
El detenido se tambaleó hacia un lado, el miedo lo carcomía, pero nada sería igual después de escuchar la siguiente pregunta.
Ya no era hedor de orín lo que inundaría la sala.
—. ¿Conoce usted a Paula Rodríguez Cruz?
El nombre golpeó a Iñaki con más fuerza que el dolor del hombro. Las cuerdas vocales parecían estáticas, como si el frío del sótano las hubiera congelado. El poco color que le quedaba se esfumó de sus labios, dejando su rostro con la palidez de un cadáver. —Me delató— pensó Iñaki.
—Sí... la conozco. Ella trabaja en la empresa —balbuceó, mientras el investigador se abalanzaba de nuevo sobre él, tomándolo por la corbata y enroscándola en su puño hasta que el nudo comenzó a hundirse en su tráquea—. ¡Pero casi no tenemos contacto! ¡No la conozco personalmente! —Gritó Iñaki.
— ¡No mienta, Salcedo! —gritó el policía, acercando su rostro acusador a centímetros del suyo.
Iñaki pudo oler el odio—. En ese momento el investigador le gritó muy fuerte escupiéndole gruesas gotas al rostro —Paula Rodríguez fue hallada muerta esta mañana en un contenedor de basura.
Y sabemos que usted era mucho más que un simple compañero de oficina.
No se atreva a negarlo. Nosotros sabemos que usted era muy amigo de ella, tan cercano, que la víctima todavía, a pesar de la suciedad del contenedor, tenía el olor de su perfume.
Comience a hablar, o de lo contrario, usted será tratado con la misma vara con la que se ensañaron contra la occisa.
Usted recibirá el mismo trato que ella recibió.
El silencio que siguió fue el sonido de una trampa cerrándose.
Iñaki, con el cuello aprisionado por su propia seda y el aroma de su miedo impregnando el ambiente, comprendió que el "malentendido administrativo" era en realidad una condena a muerte.
El investigador siguió hablando, Iñaki seguía sin entender su delicada posición, aún no se daba cuenta que estaba allí como indiciado.
Él era el principal sospechoso de un crimen.
Iñaki aun intentaba procesar la información que recibió de golpe mientras los sabuesos lo rondaban como perros rabiosos, esperando la orden del amo para arrancar las carnes.
El acusado se llevó las manos al rostro y comenzó a negar con la cabeza.
Una segunda voz en el salón le dijo en tono menos potente y agresivo, “el policía bueno” –Hable Salcedo, ayúdese.
Si nos cuenta toda la verdad, quizás podamos hacer algo por usted, pero confiese su crimen antes de que se le acuse formalmente.
El policía bueno dijo en voz alta al otro investigador —dejémosle solo un rato, que piense bien en el lío en el que está metido.
Luego le dijo a Iñaki —Salcedo, usted tiene tiempo para preparar su respuesta.
Por favor, diga la verdad, porque cuando regresemos, ya no podré controlar a mi compañero.