Culpable al amanecer Capítulo 2 El umbral del abismo
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Capítulo 2 El umbral del abismo

El interior del auto oficial olía a una mezcla nauseabunda de desinfectante barato y tapicería rancia, un olor que se pegaba a la garganta de Iñaki como una advertencia.

Él seguía mirando cómo su mundo se encogía mientras el vehículo se alejaba de la calle.

Iñaki no sentía el peso de un asesinato ni de un delito grave sobre los hombros; sentía la incomodidad de un tramposo atrapado en un delito menor.

—Es solo un error—, se repetía mentalmente, —seguramente una auditoría sorpresa que se salió de cauce, un malentendido con los fondos, no tengo de qué preocuparme, no podrán probar nada—.

En su mente, el desvío de dinero a la cuenta secreta era una astucia, no un crimen capital.

Lo que realmente le hería los ojos no eran las esposas, sino la visión de los vecinos amontonándose frente a su casa.

Vio a hombres acercándose a Sofía con esa falsa premisa de auxilio, manos que se posaban en sus hombros con una familiaridad que le revolvió el estómago.

Podía imaginar a esos hombres buscando embadurnarse del sudor con olor a jazmín de su esposa, aprovechando la grieta que la policía acababa de abrir en su hogar.

La rabia por la posible invasión de su territorio era más fuerte que el miedo a la ley; todavía creía que volvería a cenar, y que el doctor Espinoza, su abogado y amigo, lo sacaría de este bache con un par de llamadas.

— ¿Por qué me detienen? No he hecho nada —balbuceó, buscando la mirada del oficial a través del retrovisor.

El policía lo miró con repugnancia, como quién ve una rata muerta y podrida rebosada de gusanos.

La respuesta fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el chirrido de los neumáticos contra el asfalto.

Iñaki no sabía que su detención no era por un fraude administrativo, sino por el cadáver de Paula Rodríguez, hallado esa misma mañana en la miseria de un contenedor.

Al llegar al comando de la policía, la estructura lucía gigantesca como un monolito tenebroso.

Iñaki jamás estuvo cerca de un centro de detención, ni siquiera en sus años mozos cuando la juerga y los paseos con amigos eran parte normal del fin de semana.

Cada paso hacia el interior le restaba una capa de su dignidad, él se preguntaba ¿Por qué a un lugar tan deprimente?

Fue conducido a los sótanos, donde la claridad del sol desapareció por completo, sustituida por el parpadeo de tubos fluorescentes que zumbaban como insectos metálicos.

El aire allí abajo se podía tocar, era un gas pesado, cargado del amargor y del odio acumulado.

Se podía oler el rastro biológico del pánico de cientos que habían pasado por allí antes que él.

—No es para tanto—,  insistía Iñaki en su ceguera de la realidad, que pronto lo aplastaría como a una mosca sobre una mesa.

Aun no llegaban a la sala de interrogatorios y él ya quería hablar, todavía pensaba que su pequeño error no  podía costar tan caro.

Los oficiales lo arrastraron atropelladamente por el túnel que parecía una catacumba bajo las calles de París.

Sus pies golpeando el suelo de cemento hasta llegar a una asfixiante habitación de dos por dos metros.

El sonido de la puerta metálica al cerrarse tuvo un eco final, absoluto.

Iñaki fue sentado bajo una lámpara de luz blanca y violenta que le quemaba las pupilas, impidiéndole ver más allá del círculo de su propia angustia.

—Yo no he hecho nada, esto es un error, déjeme hablar con mi oficina, ellos explicarán todo —Insistía Iñaki quien hablaba a las sombras, sabiéndose en acecho y a punto de recibir la puñalada.

El perfume se esfumó, ahora el cortisol y la aldosterona gobernaban en su sangre y en los sentidos.

—Iñaki Salcedo Ruiz, es ese su nombre, ¿no es así? —la voz surgió de la oscuridad, fría y cortante como una cuchilla.

En ese momento, el olor a orín comenzó a filtrarse.

No venía del rincón, sino de sus propias glándulas, una reacción química de sus suprarrenales que su cerebro aún intentaba negar.

El sudor frío le empapó la camisa, y por primera vez, la idea de que no volvería a casa esa noche se instaló en su pecho como una piedra.

El "buen trato" que esperaba se disolvía en el aire viciado del sótano, mientras las sombras al otro lado de la luz se preparaban para devorarlo.

El oficial volvió a preguntar, esta vez con voz gruesa y amenazante, tan cercana a su oído que parecía un zancudo pegado al pabellón —Más le vale que coopere.  ¿Es usted Iñaki Salcedo Ruiz?