Culpable al amanecer
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Capítulo 1 El perfume de la traición
La noche fue larga y tormentosa en el universo interior de Iñaki, quién apenas pudo cerrar los ojos.
El amanecer en la ciudad tenía un color cenizo, como si el cielo mismo anticipara la tragedia que estaba por desatarse.
Iñaki Salcedo se movía por la casa con una energía nerviosa, esa agitación de quien oculta un incendio bajo la piel.
Alegaba informes urgentes, una gerencia implacable y cifras que no cuadraban, pero sus manos, levemente temblorosas al anudar su corbata, contaban una historia distinta.
Su esposa lo miraba desde la cama, había visto la hora, demasiado temprano para levantarse, pero él se movía como un tornado errático; la miró, le besó la frente y bajó a su despacho a buscar más papeles.
Sofía apareció en la cocina, envuelta en una bata de seda que parecía deslizarse sobre su cuerpo como agua.
El aire se llenó de inmediato con la fragancia de su cabello: un aroma a jazmines frescos que, paradójicamente, a Iñaki le resultó asfixiante esa mañana.
Ella le sirvió el café, el vapor oscuro subiendo entre ambos como una cortina de humo.
Ella tomaba sorbos controlados, miraba cuidadosamente cada movimiento de su esposo, él pretendía mostrarse sereno, como loto en pantano.
— ¿Hasta cuándo darás tanto de ti, a una empresa en la que solo eres un cargo y que jamás será tuya? —preguntó ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una expresión donde el cariño se mezclaba con un desprecio sutil, casi imperceptible.
Iñaki bebió el sorbo amargo sin dejar de mirar el reloj. —Yo te aseguro que todo cambiará pronto —contestó él, y en su voz vibraba la promesa de esa cuenta secreta, de esa libreta negra que guardaba en la mesa de noche como un amuleto contra la pobreza.
Se despidió de ella con un beso en la frente.
Fue un contacto frío, desprovisto de la pasión que alguna vez los incendió.
Mientras él corría hacia la puerta, Sofía permaneció estática, respirando el aroma del café y el rastro del perfume de su esposo, un rastro que ya le resultaba ajeno.
Los años de matrimonio, o tal vez el hastío de las obligaciones, pesaba más que los pocos recuerdos felices.
Pero el destino no tiene paciencia. Antes de que la mano de Iñaki tocara la manilla, el sonido llegó como un toque recio, seco, que retumbó en la madera como un martillo neumático golpeando clavos de acero.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el bombeo acelerado del corazón de Iñaki.
El rojo se apoderó de las mejillas y el paso se ancló como si caminase sobre marisma.
— ¿Quién es? —preguntó él, y el miedo, ese aroma metálico y agrio, comenzó a emanar de sus poros.
—Es la policía. Requerimos a Iñaki Salcedo. ¡Abra la puerta por favor! —exigió con autoridad una voz desde el otro lado.
Iñaki se giró hacia Sofía. El bermellón de la vergüenza y el pánico se apoderó de su rostro pálido.
Sus ojos, exorbitados, buscaban en su esposa una salvación que ella todavía no comprendía, no reaccionaba y no sabía qué hacer.
Sofía lo miraba, impávida, mientras el aroma a jazmines de su cabello parecía volverse más intenso, más dulce, casi podrido.
—No dejes la casa... no vayas a la comisaría —pensó él, mientras los golpes en la puerta se volvían más violentos, prometiendo derribar no solo la madera, sino toda la farsa de su vida ejemplar.
Iñaki, acosado por la mirada de Sofía, e intentando mantener la fachada de integridad ante ella abrió la puerta.
El frío de la mañana entró de golpe, dispersando el perfume de Sofía y sustituyéndolo por el olor a cuero viejo y tabaco rancio de los gabanes de los agentes.
El detective al mando lo miró con una frialdad profesional, leyéndole unos derechos que, en ese sistema corrupto, eran solo palabras vacías en el viento.
Iñaki no opuso resistencia, su mirada fue al piso, como viendo una fosa.
Mientras lo conducían al auto policial, Iñaki sintió la presión del metal de las esposas en sus muñecas.
Por un segundo miró hacia atrás. Sofía estaba en el umbral, una figura de belleza opacada, muy sorprendida, rodeada por los vecinos que asombrados por la luz de las cocteleras y el despliegue policial se acercaban a preguntar; algunos a ofrecer apoyo, pero la mayoría estaba allí por la noticia, ya empezaban a cuchichear y especular.
Risas lejanas comentaban sobre el auto nuevo que quedaba en el garaje, o el arreglo de la barda del jardín y el sembrado del césped.
Iñaki se convirtió en un segundo en la imagen que todos apuntaban el dedo y cuestionaban su aparente bonanza.
Él no podía saber que, en ese preciso instante, el "amargo del odio de un amor no correspondido" ya había ganado la batalla, y que su camino hacia el amanecer sería, en realidad, un descenso sin retorno a la oscuridad.
— ¿Qué está pasando?, ¿cómo lo supieron?
, —se preguntaba Iñaki, mientras veía por el vidrio como empequeñecían las figuras de su vecindario, pero quedó especialmente impactado por la mirada congelada de Sofía, que permanecía estática en la puerta mientras los amigos se acercaban a conversar y también a admirar a la hermosa Sofía.
Ese día no hubo otro tema de conversación en el vecindario, un barrio de clase media acostumbrado al silencio y la serenidad, ese día no hubo cantos de aves que despertaran a la gente con su trinar, sino estruendosas sirenas que estremecieron los cimientos de las casas.
Algunos varones se quedaron con Sofía, aspirando su perfume en silencio, sin imaginar que ese exquisito olor escondía la traición y la venganza.