Capítulo 47
Recuperan la consciencia. Ven sus brazos rasguñados. Están desorientadas. Natalia desea que sus recuerdos no sean reales, que todo haya sido provocado por el choque.
—¿Estás bien? —le pregunta Joana.
—No…
—¿Qué te pasó? ¿Dónde te duele?
—No, no…
Natalia mueve las manos como si intentara empujar el aire a su nariz y luego a sus pulmones.
—No, no, no… —dice sin parar. Quiere respirar, pero el oxígeno se queda fuera de su cuerpo.
Sus ojos se llenan de lágrimas y, una vez que rompe en llanto, puede respirar de nuevo. Como bebé recién llegado al mundo. Confundida, añorando el regreso a un lugar seguro.
Joana sale con relativa facilidad del coche, pero la puerta del piloto no abre. Su amiga tiene que cruzar para salir por el mismo lado. Se revisan el cuerpo lastimado, los rasguños, los golpes que empiezan a inflamarse. Lloran y se abrazan y desean nunca haber viajado a El Álamo.
—¿Quién estaba en el camino? —pregunta Joana.
—No lo sé, pero tenemos que caminar al pueblo.
—Estamos más cerca de la casa que del pueblo.
—No regresaré sin los soldados.
No logrará detenerla y, aunque cree que es mala idea seguir adelante, no piensa ir a ningún lugar sola. Tendrán que permanecer unidas y protegerse.
Van por la orilla del camino, cansadas, pero andando. Buscando ayuda, buscando algún alivio. Convencidas de que todavía existe un lugar fuera de El Álamo donde las cosas tienen sentido.