Capítulo 48
Todos están sentados a su alrededor. Observándola, tratando de encontrar algo que hayan pasado por alto. Una señal que, una vez vista, parezca obvia. Algo que les permita culparse por no haber prestado atención. Se encuentran, tristemente, solo con su amiga.
—Voy al baño. —Los hombres se mueven en sus asientos sin saber muy bien qué hacer.
—Te acompaño —dice Joel.
—¿Ahora no puedo ir sola al baño?
—Deja que te acompañe.
Camina detrás de ella hasta que llegan a la puerta.
Joel no dice nada, pero Verónica se da cuenta: no la dejará entrar sola al baño.
No le importa, han compartido momentos más íntimos, más vergonzosos.
La ha visto pedirle que no se vaya, que le sea honesto, que le diga que la ama.
Joel finge que se ve en el espejo para darle la mínima privacidad.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta Verónica desde el escusado.
—¿Yo? ¿Qué hice yo?
—Dijiste que me amabas, ¿me sigues amando después de lo que viste en el video?
Sigue viendo su reflejo, tratando de desmarañar lo que siente. El amor debe ser incondicional. El amor debe ser sacrificio. El amor debe ser cuidar del otro, creerle al otro, proteger al otro. Ser en relación con el otro.
—Ahora mismo, me serviría tu amor.
—¿Qué hago con lo que vi?
—Yo no lo hice.
—¿Y qué hago con eso?
—¿Y con el amor que decías tenerme qué harás, tampoco sabes? Nunca supiste nada, Joel. Te vi con Fernando.
—¿De qué hablas?
—Te vi con Fernando. Más bien, te vi con todos.
Tengo los mensajes, las fotos, las notas de voz.
Tengo guardadas en mi celular, pero también en mi memoria, todas las veces que estuviste con otro.
Y no me importó. No, sí me importaba, pero esperaba que algo cambiara.
Esperaba que te decidieras por mí. Esperaba y esperaba y cerraba los ojos para no ver.
Me decías que me amabas y querías una vida conmigo, pero nunca has tomado una decisión en tu vida.
Quitas el oxígeno para que parezca que las cosas se mueren por sí solas.
Para no ser honesto ni con los demás ni contigo.
—¿Sabías todo eso y, aun así, te quedaste?
¿Tienes tanto miedo de quedarte sola? Tú fuiste la que decidió seguir conmigo.
No puedes ser víctima de tus propias decisiones.
Hazte cargo. Por primera vez en tu vida, hazte cargo.
Te enteraste porque así lo quise. Para ver si de esa forma eras capaz de dejarme.
—Eres un cobarde, Joel.
—¿Y tú, Verónica? Tú eres una asesina.
Joel sale del baño, ya no le interesa cuidar a Verónica.
Tampoco le interesa si escapa. Quiere dejar de cargar con el hilo que los une.
Quiere que vuelvan a ser extraños, personas que no se conocieron.
Quiere volver en el tiempo o tener el poder de seleccionar que recuerdos mantener.
Parar con la crueldad y la violencia del olvido.
Que todo suceda sin que él tenga que hacer algo.
Que todo suceda a sus espaldas y le compartan las reglas.
Las formas en las que el nuevo mundo se mueve.
Que le digan el qué y el cómo para que él pueda seguir las normas. Ser feliz. Ser libre.
Verónica llora sin hacer ningún ruido. Quiere quitarse todo el dolor de encima, pero entiende que para hacerlo tendría que deshacerse de su cuerpo. Ahí habita todo su dolor y no en el exterior. Es ella el cuchillo y también la herida. Es ella y nadie más quién puede hacer que todo se detenga.
La entidad cruza por la ventana del baño, ya no espera inmóvil. Cruza de lado a lado, una y otra vez para que Verónica la vea y recuerde.
Se le voltean los ojos, pero no los deja en blanco porque están inyectados en sangre.
Pone, más bien, los ojos en rojo. Pierde la fuerza en sus músculos.
Parece que caerá el suelo, pero, justo antes de que su cuerpo caiga por completo, algo la rescata.
La pone en pie de nuevo. Le abre los ojos y la obliga a ver con la claridad de los finales.