Cuídate, cariño Capítulo 39
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Capítulo 39

Se levanta de la cama con prisa. Algo le dice que solo cerró los ojos unos cuantos segundos.

No sabe qué es lo que debe buscar, qué es lo que debe ver.

«Me quiero arrancar los ojos y volver a dormir», piensa.

Se tira en la cama y, al instante, una fuerza invisible la vuelve a poner de pie.

Ligera y sin control. «¿Por qué si puedes moverme, no me llevas a ver lo que quieres que vea? », se pregunta.

Moja su rostro en el lavabo para quitarse el sueño de encima.

Se detiene frente al espejo. Sus ojos están bañados en sangre.

Verónica se lo atribuye a las emociones fuertes por las que ha pasado.

Seguro su presión arterial subió y esto le provocó un derrame.

Se siente asqueada de su propia imagen. Los ojos rojos, los labios resecos, su cabello despeinado.

Le cuesta reconocerse a sí misma en esas condiciones.

La ventana. Piensa que tal vez debe asomarse por la ventana para ver lo que le quieren mostrar. Sale del baño y camina hacia el cristal. Se detiene. Ahí está de nuevo la sombra con el contorno iluminado.

Sal al pasillo y cumple tu promesa.

Verónica no recuerda haber escuchado la voz fuera de sus pesadillas. La mira fijamente sin poder moverse. Esto ya no puede ser una alucinación ni un sueño. Cierra los ojos con fuerza, deseando que esto termine pronto.

Si quieres que termine, debes salir al pasillo y cumplir tu promesa.

Puede leer su mente, sabe lo que piensa, lo que desea, lo que la aterra.

—No me encierres en el cuarto, por favor, no quiero morir encerrada —dice Verónica entre dientes.

Te quiero libre, te quiero salvaje, te quiero sedienta.

El cuerpo de Verónica se arrastra hasta la puerta de la habitación.

La entidad la coloca ahí para que sea ella quien salga por su propia voluntad.

Para que sea ella quien se encuentre con su destino.

Abre la puerta y sale al pasillo caminando despacio.

La otra puerta se abre de nuevo. Escucha el mismo pitido de antes.

Voltea hacia atrás, hacia el interior de su habitación. Ahí sigue la figura, inamovible.

Ese no es el camino. Le advierte.

«No quiere encerrarme en ese cuarto», piensa.

No confundas dioses con animales.

Del lado contrario del pasillo, se escucha el golpeteo.

Tiene cierta cadencia. Verónica camina hacia allá.

Atraviesa la completa oscuridad tocando las paredes para no tropezar.

El ruido sale de la habitación de Fernando.

La puerta no se cerró bien; entre el marco y la madera queda una rendija estrecha.

Verónica contiene la respiración, comprende que la entidad desea que vea lo que sucede ahí dentro.

El golpeteo se escucha más claro, un poco más fuerte.

Acerca el ojo a la rendija. El cielo se despejó recientemente y eso permite que la luz de la luna entre en la habitación, cubriendo todo con un velo plateado.

Lo primero que ve es la espalda ancha y desnuda de Fernando.

Es sencillo reconocer su cuerpo. Los músculos de sus glúteos que se contraen y se relajan.

Con cada embestida, el respaldo de la cama provoca el ruido, el ritmo.

Pero ya no es solo ese ruido el que logra escuchar.

A esa distancia, también es posible escuchar los gemidos de dolor y de placer.

No hace falta forzar la vista para ver que bajo el peso del cuerpo desnudo de Fernando se encuentra Joel.

Caen lágrimas de los ojos de Verónica con la velocidad del entendimiento. Le tiembla la mano. Trata de mantenerla a su costado, pero su propio cuerpo la desobedece. Su mano entra bajo su ropa interior y la toca con violencia mientras no para de llorar y ver la escena frente a ella.

Los gemidos dentro de la habitación se detienen y ella recupera el poder sobre su propio cuerpo.

Pone sus manos frente a su rostro, las gira para ver las palmas, para ver las uñas, para ver sus venas.

Su cuerpo, su cuerpo, sus manos. Con sus pies, camina de regreso a su cuarto.

Cierra la puerta tras ella y gira la llave para que nadie más pueda entrar.

Voltea a la ventana. Ahí sigue, parece que la estaba esperando.