Capítulo 38
La puerta se abre, mostrándole la salida de vuelta al pasillo. Acelera el paso, cruza el umbral y la puerta se cierra por sí sola. Verónica sujeta la manija para comprobar que se ha vuelto a cerrar. La manija no se mueve; está claro que solo se abre cuando así lo desea.
Baja las escaleras con cuidado. Quiere correr, pero ahora más que nunca es importante que nadie la escuche.
Sale de la casa, ya no le importa el ruido, y corre hacia el tronco para buscar señales de Carolina.
Llovió mucho, pero debería de poder encontrar una señal.
No encuentra las colillas de los cigarros que se supone fumaron.
Camina por los alrededores; no está el cuerpo de su amiga.
Tampoco encuentra señales de que alguien haya movido el cuerpo hacia otro lugar.
No hay huellas ni parches de tierra que delaten que alguien haya excavado. Todo parece estar en completo orden.
«Debe ser una pesadilla. Esta casa está embrujada. Este lugar era diferente», piensa Verónica. «¿Qué cambió? ¿Por qué tengo estas alucinaciones? ¿Por qué mi cabeza no me deja en paz?».
Verónica quiere irse de El Álamo lo antes posible.
No se siente segura en este lugar. Lo que era antes ya no lo es.
No importa que ahí haya pasado mucho tiempo de niña, que sus recuerdos más lindos con sus amigos hayan sucedido detrás de estos muros.
Este no es el lugar que recuerda. ¿Por qué se hace esto?
¿Por qué regresa a este lugar? Cada vez está más convencida de que no hay una sola verdad, solo preguntas.
Regresa a la casa, sube las escaleras, llega a la puerta de su habitación. Otra vez el mismo ruido, unos golpeteos al final del pasillo. Verónica los ignora, está demasiado cansada. No puede permitir que sigan jugando con ella y con su mente. Se deja caer en la cama y duerme sin ningún esfuerzo.