Capítulo 37
No recuerda haber salido de la casa acompañada de Carolina durante la noche.
Se sorprende al verse casi desnuda, caminando hacia los árboles con su amiga.
Nunca se ha visto a sí misma siendo sonámbula, pero camina con naturalidad y habla con claridad.
El video se escucha como si tuvieran un micrófono cerca de los labios.
Es imposible que una cámara de seguridad pueda obtener esa imagen, ese sonido.
Se sientan sobre un tronco. Esta es la primera vez que Verónica escucha lo que sale de su propia boca.
Verónica habla de sostener las relaciones, aferrarse a ellas a pesar de los problemas, porque al final del día son esas mismas relaciones las que nos ubican, nos identifican, nos recuerdan.
Pero su amiga se ve agotada, decepcionada, rendida.
«Yo quiero que las cosas floten, que ustedes floten.
No quiero cargar con el peso», dice la Carolina del video.
En el video, Verónica voltea hacia la casa, le dice a Carolina que regresará a su habitación para dormir un poco.
En el presente, Verónica busca en el cuarto alguna cámara que no haya visto.
Podría ser falso. Ese video podría estar modificado, pero es imposible modificar su realidad en tiempo real.
Este cuarto no es posible, esta televisión que aparece de la nada no es posible.
Sin embargo, es real. Lo comprueba tocando la pantalla de la televisión, sintiendo la estática.
Verónica gira la perilla para apagarla, pero sigue encendida.
Le da vueltas a la perilla, siente cómo el mecanismo funciona sin obedecerle.
Carolina sigue fumando con la mirada fija en el bosque, tiene mucho frío, pero no se siente preparada para regresar a la casa. El frío es bueno, le permite liberar su mente de cualquier otro pensamiento.
Verónica sale de la imagen. Ha caminado más allá del alcance de la cámara.
Unos segundos después regresa caminando hacia atrás.
No, no camina, flota apenas unos centímetros por encima de la tierra.
Baja con suavidad, como si alguien la colocara en el lugar donde debe estar.
Busca algo con la mirada, se agacha para tomar dos piedras grandes.
Tan grandes que ocupan toda su mano. Se vuelve a elevar por los aires.
Parece que es el viento quien la empuja.
Podría ser otra fuerza, pero, en definitiva, no es su propia voluntad.
La colocan detrás de Carolina. Con toda la velocidad, Verónica hace chocar las dos piedras contra las sienes de su amiga.
Hace el mismo movimiento tres veces hasta que Carolina cae del tronco a la tierra con un ruido seco.
Sabe que ha muerto, que ella la ha matado, con dos piedras en las manos y una fuerza descomunal. Una violencia que le arrebata toda la humanidad. Ella no es ella y tampoco es nadie más.
Verónica vomita junto a la televisión, con las rodillas y las manos apoyadas en el piso y el vómito salpicando hacia sus brazos.
El ardor en su garganta se hace más potente.
La televisión se apaga con un ruido extraño y a Verónica le parece que ese podría ser el sonido que hace el alma al salir del cuerpo.
No sabe por qué piensa eso. Se odia por pensar en eso justo ahora.
Se levanta y ve su reflejo exhausto en la pantalla negra.
Recupera la estática al encenderse de nuevo.
Una pantalla gris y blanca que luego se vuelve completamente roja.
Aparece un cursor de texto, parpadeante.
Será mejor que se quede dentro.
—¿Quién eres? —pregunta Verónica.
Quédese dentro. Es muy tarde para recuperar su vida.
—¿Quién eres?
Muy tarde para recuperar su vida. Es posible conservar la consciencia.
—Dime quién eres.
La televisión se apaga y todas las luces del cuarto parpa dean sin ningún tipo de orden.
No sabe qué es este lugar, si el tiempo pasa igual aquí adentro, si las leyes físicas son las mismas, si tiene que comer o dormir.
Pero sabe que si sale de aquí tendrá que enfrentar una realidad para la que no está preparada.
«¿El cuerpo?», se pregunta de pronto Verónica.
«¿Dónde está el cuerpo? Si yo hice lo que mostró ese video, tendríamos que haber encontrado el cuerpo.
Es imposible deshacerse de un cuerpo dentro de El Álamo».
«Yo no maté a nadie», se dice Verónica. «Yo no fui.
Este lugar intenta engañarme para encerrarme aquí».
Las luces se apagan. Hay una oscuridad absoluta.
Camina muy despacio hacia el lugar donde cree que encontrará la puerta.
La televisión se vuelve a encender.
Yo quería salvarla.
—Estás mintiendo. ¿Quién eres?
Yo la quería salvar.
—¿Por qué no me respondes?
Yo la quería salvar.
—¿De qué me quieres salvar?
De usted.