Cuídate, cariño Capítulo 35
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Capítulo 35

Tiene las piernas sumergidas en el lodo, no entiende cómo llegó ahí.

Bajó por un vaso de agua, eso lo recuerda.

No fue el sonambulismo lo que la trajo hasta aquí o no recordaría haberse parado de la cama con la garganta ardiendo y necesitada de agua.

La jaula donde habían resguardado al zopilote tiene la puerta abierta, pero está vacía.

No hay señales del ave. Quizá voló después de todo.

Verónica está empapada, está temblando, está confundida.

Se pone de pie y se quita el lodo con el agua que cae del cielo.

Regresa a la casa. Natalia sigue profundamente dormida.

«¿Habrá sido Natalia quien liberó al pájaro?

», se pregunta Verónica. Cruza a la cocina y ve el vaso de agua que ella misma sirvió.

El vaso está sudando por la condensación.

Lo vacía de un trago. Todavía tiene la boca seca, se sirve otro vaso y luego otro.

Apoya las manos en la barra y trata de ordenar sus pensamientos.

El recuerdo se desata en su mente. También bajó por un poco de agua la primera noche, pero no recuerda haber bebido.

Recuerda, en cambio, haber despertado con la boca seca y un ligero ardor de garganta.

Toma la jarra y se bebe el agua que quedaba en ella.

El silencio invade el espacio. Parece que ha dejado de llover.

Ya no escucha la lluvia chocar contra las ventanas.

Con algo de suerte, podrán regresar a la ciudad por la tarde.

La idea de dormir en su cama, en su departamento, rodeada de sus libros, comiendo la comida que sabe preparar, la distrae momentáneamente.

Lo mundano siempre es más importante que lo extraordinario.

Escucha cómo Natalia se acomoda en el sillón.

Ahora que el ruido de la lluvia ha cesado debe ser más cautelosa para no despertarla.

Sube escalón por escalón, usando solo las puntas de sus pies y apoyando una de sus manos en la pared para no perder el equilibrio.

Cuando al fin alcanza el final de las escaleras, escucha un ruido al final del pasillo.

Cierra los ojos para agudizar el oído. Detecta unos golpeteos suaves.

Se propone caminar hasta ahí para descubrir la fuente de esos sonidos.

Da un paso y la puerta que siempre había permanecido cerrada se abre de golpe.

Sin hacer un solo ruido. Verónica se asoma hacia el interior del cuarto.

Todo está iluminado con una luz cálida, muy diferente a la luz tenue que sigue alumbrando la casa aun con sus parpadeos.

Se escucha un pitido largo, como si sus tímpanos hubieran explotado al cruzar al umbral de la puerta.

Durante mucho tiempo, pensó que en ese cuarto encontraría algo parecido a un clóset donde guardaban las cosas que no querían perder ni ensuciar o desgastar con el tacto.

Pero, ante ella, se encuentra con metros y metros de anaqueles.

Es imposible, Verónica lo sabe, que este cuarto sea real.

No hay espacio para que exista. No puede ser más grande que la habitación de al lado, la habitación donde ella ha estado durmiendo.

Eso es, debe seguir dormida. Sus piernas en el lodo también forman parte del mismo sueño.

Una pesadilla que la ubica en lugares a los que no pertenece.

No ve el final, un solo pasillo infinito con anaqueles de metal a los costados.

Sobre los anaqueles, una variedad increíble de objetos que Verónica empieza a examinar.

No hay objetos amontonados. Todos ellos tienen su propio espacio, como exhibidos en un museo.

Verónica sostiene unos centenarios, trata de adivinar el peso de las monedas con su propia mano.

Hay unas fotografías en blanco y negro de personas que nunca antes ha visto.

Un llavero con unas cuantas llaves viejas y oxidadas.

Un rifle que Verónica no sostiene por miedo a que se dispare por accidente.

El resto de la casa tiene olor a madera y tierra mojada, pero ahí dentro esos aromas no llegan.

No huele a absolutamente nada. No hay corrientes de aire y el pitido no deja de escucharse.

Dos cosas suceden al mismo tiempo: la puerta se cierra con la misma violencia con la que se abrió y un grito de ayuda se escucha al lado contrario, más allá de donde alcanza la vista.