Capítulo 34
Vuelve, vuelve, vuelve el ácido gástrico.
Le quema el esófago, la garganta. Pasa saliva, pero no sirve de nada, sigue quemando.
Le sucede siempre que toma destilados. Su cuerpo no soporta esos alcoholes.
Busca un antiácido en su bolsa y mastica dos tabletas que prometen ayudarla, aunque en realidad nunca ha sentido que hagan algo por ella.
No se va la sensación. Siente el ardor en la garganta.
«Por favor, por favor», repite. «Que se detenga».
A veces el reflujo la lastima tanto que termina con dolor de oídos durante algunos días o llega a quedarse afónica.
Han sido días complicados como para tener que ir al doctor regresando a la ciudad.
No quiere verse obligada a inyectarse un corticosteroide.
Es bochornoso tener que bajarse el pantalón para que el médico penetre su piel con la aguja.
Sentir cómo su cuerpo se acalambra y, aun así, tener que sufrir el dolor de garganta unos días más.
Odia todo tipo de medicamentos porque cree que el cuerpo debe sanar solo y porque no hay medicina que le de alivio inmediato.
Sale de su habitación, ve la puerta que siempre permanece cerrada y trata de abrirla.
No hay sorpresas, no lo logra. Baja los escalones intentando no hacer mucho ruido porque Natalia debe seguir dormida en la sala.
Se asoma para ver si está bien, si sigue dentro de la casa.
La ve dormir un rato, observa que su respiración es suave y toca su propio corazón.
Le asombra sentir la velocidad de su palpitar, tan contrario a la tranquilidad con la que duerme su amiga.
¿Qué estará soñando Natalia y qué estará viviendo Verónica para encontrarse en estados tan diferentes?
Camina hacia la cocina y toma un vaso del gabinete con la misma precaución para no hacer ningún ruido que pueda molestar a los demás.
Abre el refrigerador y toma la jarra que hay dentro para llenar su vaso con agua fresca.
Al regresar la jarra, ve unos paquetes con carne.
Se ve fresca, tiene un color rojo vivo. Parece que el animal fue sacrificado esa misma mañana.
Debería revisar al zopilote, ver si sus alas se secaron, si ya puede volar, dejarlo libre desde ahora para que no se estrese por permanecer encerrado hasta la mañana.
Siente el agua fresca en su mano. Aún no ha bebido y ya puede sentir el alivio limpiar su garganta de los ácidos gástricos.
De pronto, los músculos de su cuello pierden toda la fuerza, la barbilla le cae contra el pecho, como si el sueño la hubiera vencido durante un par de segundos.
Despierta de nuevo, deja el vaso sobre la barra fría y camina hacia el patio.
Espera no encontrarse a nadie en el camino.
Dentro de ella, sabe que todos están dormidos, pero también Carolina debía estar dormida cuando la encontró la primera noche.
La primera noche, ¿qué pasó la primera noche? Algo den tro de Verónica intenta recordar, pero el recuerdo está guardado en un lugar al que no puede acceder.
El zopilote está seco, seguramente después de batir tanto sus alas para volar de nuevo sin ningún éxito.
Sigue acurrucado en el mismo rincón de la jaula.
Verónica no tiene con que sujetarlo, pero sabe que no le hará daño.
Parece estar muy cansado. Abre la jaula, lo agarra con sus dos manos y lo lleva a su pecho.
El ave que tan mansa se dejó tomar un par de horas antes, ahora se retuerce para recuperar su libertad.
¿Qué hacemos con aquello que ya no puede salvarse?
Le alcanza el cuello con un picotazo ágil.
Verónica sangra, pero sigue sosteniendo al zopilote con fuerza.
La sangre corre por su cuello; la ha lastimado.
No podemos vivir en un mundo sin ley y sin reglas.
No podemos lastimarnos sin castigo alguno.
Algo debe de cambiar. Tiene que existir el arrepentimiento.
No podemos, no, no podemos. Seguir, no, no podemos seguir, no.
Sin castigo y sin arrepentimiento. No. Podemos.
Si él no entendió, hay que hacerle entender.
No. Podemos. Sí, sufrir. Verónica usa toda su fuerza, que es más de la que recordaba tener, y le rompe el cuello al animal.
El zopilote deja de luchar, lo deja caer al suelo y se agacha para verlo de cerca.
Pone la mano en su cuello herido y sus dedos se manchan de sangre.
—Me lastimaste —le dice al ave muerta—. Me duele, me lastimaste, me dejarás una cicatriz. ¿Por qué me hiciste esto? Yo te quería salvar. —Verónica llora desconsolada—. Yo no quería hacerte daño, yo solo quería salvarme. ¿Por qué me pusiste en esta posición? Yo solo quería salvarnos.
Se limpia las lágrimas con las mismas manos manchadas de sangre. No deja de llorar, no deja de sangrar. Por suerte, la lluvia tampoco se detiene. Camina hacia ella y deja que el agua limpie su cuerpo. La purifique.
Los rayos caen a su alrededor, pero ninguno le hace daño.