Capítulo 32
No es tan tarde como pensaban. Las nubes que tapan el sol les dieron la impresión equivocada.
Apenas es medianoche. Los demás quieren seguir bebiendo.
Es la última noche que pasarán juntos en lo que resta del año.
Es mejor estar unidos en momentos como estos.
Las velas se han apagado por completo, pero las luces de emergencia siguen encendidas.
Siguen pensando en el teléfono de Carolina, aunque nadie quiere volver a hablar de ello.
Prefieren no hacer suposiciones, no caer en la histeria colectiva.
Mañana la buscarán, sabrán qué pasó con ella, dónde está y por qué no había respondido.
Fernando estira su brazo para alcanzar el trapecio de Joel.
Verónica ve cómo aprieta el músculo y cómo su exnovio ladea la cabeza y cierra los ojos.
Es algo que su amigo siempre hace, dar brevísimos masajes a las personas que tiene cerca.
Treinta segundos que te vuelven consciente del lugar en donde estás y la conversación que sucede a tu alrededor.
Nunca lo hace por más de un minuto. No importa si le pides que siga; te dirá que está cansado, que le duele la mano, que tiene que ir al baño.
Joel abre los ojos al sentir que la mano de Fernando lo abandona y se encuentra con la mirada de Verónica.
Regresa la posición del cuello a la normalidad y se sienta con la espalda pegada por completo en la silla.
Ella le sonríe al verlo de nuevo entre su grupo de amigos, conviviendo con ellos, aceptando masajes de Fernando. Bebiendo y comiendo.
—¿En qué temporada nos veremos el próximo año? —pregunta Manuel.
—Tiene que ser en primavera —responde Rodrigo—. Ya fue mucha lluvia y mucho frío. Toca un clima mejor.
Todos coinciden en que pasar la primavera en el bosque suena bien. Desde ese momento, acomodan en el calendario mental las fechas que tendrán que apartar para regresar a esa casa.
—¿Puedo preguntarles algo? —dice Joana.
—Depende de qué tipo de pregunta sea —responde Fernando.
—¿Por qué nos seguimos viendo todos los años?
—Porque es nuestra tradición.
—Que algo sea tradición no es razón suficiente. Me gusta verlos, no me malinterpreten, me gusta verlos cuando llego aquí, pero antes de venir siempre me pregunto por qué vengo. No puedo ser la única que se lo cuestione.
—Número uno: la tradición siempre es razón suficiente.
Tú no eres católica, pero todas las navidades las pasas en casa de tus tíos porque es la tradición desde antes de que nacieras.
Número dos: la antigüedad es importante.
Creo que todos tenemos otros amigos, pero ninguno nos conoce de la forma en la que nos conocemos entre nosotros.
—Es que ese es mi problema. Nos decimos eso, pero no creo que sea verdad. Fer, ¿cómo puedes conocerme más tú si solo nos vemos una vez al año y quizá hablamos unas tres o cuatro veces por teléfono entre reunión y reunión?
—Sí, te conozco más y mejor que cualquier persona que llegó después.
—No… no lo creo. No soy la misma que era cuando tenía diez años.
—Pero sé quién eras antes de que te convirtieras en lo que eres ahora, conozco versiones tuyas que ya no existen. Reconozco esas versiones extintas en ti. Eres todos esos pedacitos. Nadie fuera de esta casa puede reconocerte así.
Se hace un silencio que acredita el discurso de Fernando.
Nadie sabe cómo regresar a la conversación después de eso.
Piensan en quienes son y si se reconocen y si algo cambiaría si no se vieran en diez años o si seguirían siendo capaces de construir esa nueva imagen reordenando los fragmentos que ya tenían.
Si siguen siendo esos niños que se conocieron hace tantos años.
Verónica ve cómo la cabeza de Joel vuelve a ladearse; luego, ve la mano de Fernando otra vez masajeando el trapecio de Joel.
Baja la mirada y empieza un conteo en su cabeza.
Diez segundos. Levanta la vista para ver si el masaje sigue.
Veinte segundos… treinta segundos. Cuarenta segundos.
El masaje se detiene. Joel gira el cuello, como intentado que sus músculos regresen a una posición cómoda.
Se abren y se cierran las grietas. La tierra respira, resopla, se acomoda.
Le da espacio a lo nuevo, a lo que sigue vivo.
Se guarda lo muerto, lo que se ha desintegrado y se ha adherido a lo viejo, a lo grueso, a lo fuerte.
El silencio de aprobación se une al silencio de desconcierto.
Todos sienten cómo la tierra se tambalea de un lado a otro y de arriba hacia abajo.
Confunden los rayos con las luces que salen de la tierra, producidas por el mismo reacomodo.
Se sujetan a la mesa, a los brazos de sus amigos.
Aun cuando la tierra deja de moverse, les cuesta dejar de ver los objetos moverse.
—Otra réplica —dice Verónica.
—Esto no es usual. Yo creo que nunca había pasado, pero esta casa lleva en pie mucho tiempo, así que un temblor no la tirará —responde Fernando.
—Van dos temblores —agrega Joana.
—Van más de dos, pero nadie sintió los que yo sentí. Por lo menos, llevamos cuatro.
—Y no hay una sola grieta en las paredes. No hay de que preocuparse. Ni la lluvia, ni los rayos, ni los temblores podrán contra esta casa. Ya deberíamos de descansar.
—No sé si sea buena idea irse a la cama justo después de un temblor. Las réplicas son comunes. Ya pudimos comprobarlo.
—Necesitamos descansar. Suficientes emociones fuertes por un día.
—Y una vida.
Las luces de emergencia comienzan a parpadear.
Señal de que hay algo malo con el generador o simplemente hay que rellenarlo con diésel.
Fernando les dice que está muy agotado como para revisarlo ahora mismo, que igual con los ojos cerrados nadie ve si hay luz y ya es hora de dormir.
Mañana por la mañana verificará que no haya ningún problema.
En cualquier caso, el generador tiene los mecanismos para apagarse por sí solo en caso de que algo no esté funcionando como debería.
Nadie morirá por culpa del generador, les asegura.
Mientras todos se despiden para subir a dormir, Verónica piensa con pesar que esta podría ser la última vez que verá a Joel.
Él está aquí por una razón que ninguno de los dos entiende y, una vez que salgan de El Álamo, esa razón podría desvanecerse.
Puede ser que vivan el resto de sus vidas en la misma ciudad sin volver a encontrarse más que en sus recuerdos y en los lugares que alguna vez compartieron.
«Está claro», piensa. «Debo obtener una respuesta antes de que nos vayamos de esta montaña y regresemos a la ciudad.
Una respuesta clara y definitiva que termine con la espera».