Capítulo 31
Natalia se queda dormida en el sillón de la sala mientras los demás siguen en el comedor sin poder dormir.
La pastilla fue más potente de lo que esperaba.
Su cuerpo no está acostumbrado a medicarse para dormir.
No sube a su cuarto porque tiene la esperanza de que Carolina regrese a El Álamo para recuperar su celular.
Quiere ser la primera en verla cuando vuelva.
El amor siempre es esperar a que el otro vuelva, tarde o temprano y de la forma que sea.
—Oye, Fernando, ¿y Rocco? ¿Dónde está? No lo he visto desde que llegamos.
Joana hace la pregunta, pero, de pronto, todos se lo cues tionan.
No habían pensado en eso, es cierto, no han visto ni oído al perro.
Aunque nunca se les acercaba, siempre se le veía a la distancia, como vigilándolos, cuidando que no se metieran en problemas o alguien les hiciera daño. Un perro negro, esbelto, imponente.
—Murió hace dos meses. —Las miradas de todos se vuelven tristes, compasivas, pero Fernando las percibe con lástima.
—Lo siento mucho, Fer.
—Sí, Fer. Lo sentimos, aquí estamos si necesitas hablarlo.
—Estoy bien, no se preocupen. Solo lo veía dos o tres veces al año.
—Pero igual creciste con él; ¿cuántos años tenía?
—Dieciséis años, ya era viejo.
—Compartir dieciséis años es muchísimo.
—Sí, aunque no compartimos todo ese tiempo. Les digo, en los últimos años lo veía muy poco. Estoy bien, en serio.
—Cuando murió mi perrita, lloré como cuatro meses se guidos —continúa Joana.
Saca su celular para mostrarles a todos algunas fotos de su shih tzu.
Las mismas fotos que ya han visto antes porque Joana tapiza sus redes sociales con las fotos de sus mascotas.
Buscan cualquier tema de conversación, cualquier excusa para quedarse un poco más de tiempo en el comedor.
Están cansados y tienen sueño, pero siguen inquietos por lo que sucedió con el celular de Carolina.
También tienen miedo. Manuel piensa que quizá los soldados sí vieron a Carolina esa primera noche, incluso es probable que ellos tengan que ver con su desaparición.
No sería la primera vez que algo así pasa.
Verónica cada vez está más convencida: las cosas que ve no son los demonios de su cabeza, son seres reales que la ven, le hablan, la acechan.
—¿Qué es lo más triste que han vivido? Para mí, definitivamente fue la muerte de mi perrita.
Nunca se me ha muerto un familiar, así que no puedo imaginar ese dolor.
No creo estar preparada para algo así. Creo que, más bien, lo más triste que me pasa es despedirme de mi abuela cada vez que la veo.
A veces lloro después de pasar la tarde con ella, la veo desgastada.
Me pongo a pensar que quizá esa sea la última vez que la vea y eso me pone muy triste.
Luego, pienso que lo mejor es que no la vea tan seguido, para no sufrir tanto, pero me siento culpable por no verla.
¿Qué pasa si esa era mi última oportunidad para convivir con ella?
Entonces, me siento triste y culpable todo el tiempo.
Las velas están a punto de apagarse. Se va agotando la cera que sostiene las mechas y la luz del comedor va cambiando.
Todavía pueden verse los rostros, pero también hay sombras nuevas que se forman, enmarcando la nariz o el cuello o los brazos de los amigos.
Fernando se levanta de la mesa para abastecer con más alcohol a sus amigos.
Nadie más es capaz de levantarse de la mesa para regresar al lugar donde encontraron el celular.
—¿Nadie? ¿De verdad nadie puede ser honesto con sus emociones un rato? Estoy lo suficientemente borracha para tener poca paciencia. ¿Qué es lo más triste que han vivido? Por favor.
Joel descubre que Verónica lo está mirando. No sospecha que, con esa mirada, quiere decirle a él y al resto del grupo que perderlo ha sido lo más triste que le ha pasado. Entiende, más bien, que Verónica le está pidiendo que hable. Que conteste la pregunta.
—Perderme a mí mismo —responde Joel.
—¿De qué forma?
—No sé, a veces siento que hago lo que los demás quieren o soy lo que los demás esperan. Casi nunca me he sentido realmente yo. Pero luego, me cuesta saber quién soy. Entonces, es difícil querer convertirse en alguien cuando no sabes quién eres. Creo que eso es lo triste, no saber quién soy.
—Debe ser una crisis de la edad —comenta Verónica.
—¿Te entristece o te frustra no encontrarte? —retoma Joana.
—¿Las dos? Es triste vivir frustrado.
—¿Manuel? ¿Rodrigo? ¿Verónica?
—Despertar todos los días para ir a trabajar —dice Rodrigo.
—¿Un problema real no tienes?
—Ey, no hagas menos mis dolores.
—Creo que coincido con Joel. Lo más triste que me ha pasado es perderme a mí misma —dice Verónica—.
Quizá no de la misma forma. Creo saber quién soy, pero al mismo tiempo siento que tengo que reconstruirme todo el tiempo.
Tengo la sensación de que todo a mi alrededor está cambiando constantemente y estoy en una carrera que voy perdiendo.
Voy dejando pedacitos de mí por todo ese camino.
Doy y me quitan y vuelvo a construirme con lo que encuentro.
—Pero eso es bueno, ¿no? De eso se trata crecer, de cambiar y aprender y mejorar.
—Sí, tienes razón. Pero a veces el cambio puede ser violento cuando todo se mueve rápido. Un árbol no crece un metro de la noche a la mañana.
—¿Manuel?
—No sé. Mientras hablaban, estaba tratando de recordar algún momento particularmente triste, pero, siendo honesto, no lo encuentro.
—Yo tampoco —dice Fernando al entrar al comedor con una charola llena de tragos que empieza a repartir entre sus amigos—. Estar triste me parece un desperdicio. Además, de un egoísmo impresionante.
—¿Estar triste es egoísta? Gracias, Fernando, por aportar siempre las peores opiniones.
—El mundo no gira a nuestro alrededor. Estar melancólico no es más que un susurro en busca de atención. Ya no somos niños como para estar lloriqueando porque la vida no es lo que esperábamos.
—Bueno, pero no es lo mismo estar melancólico que estar triste.
—Esta conversación es muy melancólica.
Se escucha un golpe en la puerta principal.
Todos lo oyen. Nadie dice nada, pero resulta difícil imaginar quién habría llegado hasta ahí con ese clima y a esa hora.
Verónica es la única que se levanta de la mesa, está lista para enfrentar su destino, sea cual sea.
Cuando llega a la entrada, ve cómo la puerta se mueve, como si alguien la estuviera pateando del otro lado.
Abre la puerta con toda la rapidez que es posible, no quiere darle la oportunidad a nadie de esconderse, de jugar con sus mentes.
Pero no encuentra más que oscuridad y lluvia.
Y mucho viento, un viento constante que no viene en ráfagas, que no podría haber movido la puerta de la forma en la que se movió.
Regresa a la casa, cierra la puerta y, al avanzar apenas un par de pasos, escucha otro golpe.
Vuelve a abrirla, avanza unos pasos para buscar entre la oscuridad a un hombre o una sombra.
Alguien a quien pueda culpar por los ruidos y los movimientos de la puerta.
En cambio, a unos cuantos metros, bajo la lluvia y con movimientos erráticos, se encuentra con un zopilote.
Verónica no sabe si no puede volar porque se ha mojado o porque se encuentra herido.
Da unos pasos hacia atrás, de regreso al techo, a la casa.
Cruza el umbral, pero no es capaz de cerrar la puerta.
«¿Qué es lo humano?», se pregunta. «¿Qué es lo contrario a vivir en la melancolía?
¿Hacer algo para que las cosas cambien?».
Se quita el suéter y, con él, arropa al zopilote, lo lleva consigo hasta el comedor.
—¿Qué es eso? —preguntan casi todos al unísono.
—No sé, creo que se golpeó al querer protegerse de la lluvia. Parece que no puede volar, quizá si lo dejamos aquí hasta que se seque podríamos dejarlo libre para que regrese de donde vino.
—Esas madres comen cadáveres, Verónica. Qué asco; puede tener alguna enfermedad contagiosa —dice Manuel.
—No seas exagerado, no pasa nada. Ven conmigo —Fernando agarra del hombro a Verónica para guiarla.
Nadie se mueve de su lugar, pues no quieren ver que harán con el zopilote. Les asquea pensar en qué lugares ha estado, sobre qué animales muertos se ha parado y a cuáles se ha co mido antes de llegar hasta ahí.
En el patio hay una jaula grande. Verónica recuerda que antes esa misma jaula estaba llena con pericos de colores hasta que, un verano hace muchos años, por el simple hecho de querer divertirse, los liberaron a todos.
No pensaron en la libertad de los pericos, solo querían que alguien se molestara, que alguien los regañara o por lo menos ver los puntos de colores volar por los cielos.
Pero nadie les hizo reclamo alguno ni les preguntaron por los periquitos.
Pasaron un par de días y ya ni siquiera los niños se acordaban de ellos.
Es hasta hoy, tanto tiempo después, que Verónica recuerda la travesura.
Colocan al zopilote dentro de la jaula, le ponen agua fresca en un tazón y un trozo pequeño de carne fresca en otro plato. Mueve las alas, pero no logra volar ni ponerse de pie sin perder el equilibrio. Se tambalea por toda la jaula hasta que se rinde y se acurruca sobre sí mismo en un rinconcito.
—¿Cómo sabremos si se lastimó al volar contra la puerta o si solo está empapado? —pregunta Verónica con las manos en la boca, ansiosa por no saber el destino del pájaro.
—Mañana por la mañana debería estar completamente seco. Lo sacamos para ver si vuela.
—Y si no vuela, ¿qué hacemos?
Fernando se queda en silencio, escuchando la lluvia a sus espaldas.
No entiende la manía humana, el deseo de alargar la vida aun cuando se sufre.
Cree que puede escuchar el corazón del zopilote.
Un latido suave que se va ralentizando, pero que luego regresa con fuerza, quizá al recordar a los polluelos que dejó en algún lugar del bosque.
Él sabe que nunca podría ser padre, no nació para eso.
Sostener algo tan delicado, cambiar toda su vida.
Sacrificar sus deseos por amor. Piensa que el ave morirá.
Se estrelló contra la puerta a toda velocidad; es un milagro que siga con vida.
—¿Qué hacemos, Fernando?
—Esperemos que pueda volar.
—¿Hay algún veterinario cerca?
—Debe haber alguno en el pueblo. Las personas que viven por aquí tienen muchos animales.
—Bueno, podríamos llevarlo cuando se calme la tormenta.
—Hay que dejar que descanse, ya veremos cómo amanece. Nosotros también deberíamos dormir pronto.