Capítulo 30
Casi se estrella con la mesa del comedor. Le cuesta un poco recuperar la normalidad en su respiración, pero, antes de que pueda decir algo, escucha detrás de ella la voz de Natalia.
—Esto es una broma, ¿verdad? —dice sosteniendo en lo alto un celular—. No da risa, ¿por qué no dijeron nada?
—¿Qué cosa? —pregunta Manuel.
—Es el celular de Carolina, estaba en la cocina. A la vista de todos, alguien debió ponerlo ahí hace poco. ¿Quién lo tenía?
Verónica se queda muda. Tiene atorado en la garganta un grito de ayuda. Tiene la imperiosa necesidad de contar lo que vivió en el baño, pero sabe que Carolina es más importante.
No lo entienden, ¿cómo es que el celular llegó a ese lugar?
Nadie lo había visto. ¿Por qué Carolina no ha regresado por él?
No es posible que alguien abandone así el celular, con toda su información.
Natalia arroja el celular sobre la mesa.
No es posible que haya aparecido ahí sin que alguien lo haya tomado.
Las manos que reposan en la mesa pueden sentir las vibraciones del celular.
Y los ojos que giran pueden percibir la pantalla que se enciende.
Largo
Largo
Largo
Largo
Los cuatro mensajes llegan uno detrás de otro. Rodrigo saca su celular del bolsillo y empieza a negar con la cabeza.
—Yo no tengo señal. Seguimos sin señal por la tormenta, ¿por qué el celular de Carolina sí puede recibir mensajes?
—¿Quién está escribiéndole eso?
—No tiene el número guardado.
—¿Respondemos el mensaje?
—No sabemos la clave, no podemos responder.
—Llamemos a ese número.
—No tenemos señal desde nuestros celulares.
—¿No hay teléfono fijo?
—No, la casa nunca tuvo teléfono.
—El celular de Carolina se está quedando sin batería. Alguien anote el número para llamar cuando recuperemos la señal.
—¿Me lo puedes dictar?
—Ochenta y tres…
—Sí…
—Treinta y siete…
—Ajá…
—Cuarenta y dos.
—¿Qué más?
—Y ya, eso es todo el número.
—Son seis dígitos. Un número normal tiene diez dígitos. Faltan cuatro números. Léelos bien.
—Solo son esos seis números. No hay más.
—¡Es imposible! ¡Pásame el celular!
La pantalla se oscurece por completo. Intentan conectarlo a una de las laptops para pasarle energía, pero es inútil. El celular no vuelve a cargar. No pueden encenderlo.
—Júrenme que nadie puso el celular ahí.
—Te lo juro.
—Te lo juramos.
—Entonces, tengo que regresar a la ciudad ahora mismo. Esto no está bien. Hay algo muy raro.
—No puedes salir con esta lluvia. Esperemos a que se tranquilice.
—Debo asegurarme de que esté bien.
—El camino no es seguro ahora mismo. Un árbol se cayó en la entrada, Natalia. ¿Qué te asegura que no pasó también en la carretera? Puede haber deslaves. No es seguro. Puedes te ner un accidente.
—No podré dormir si no hago algo.
—Te doy una pastilla para que duermas.
—No me refiero a eso. No quiero dormir, quiero saber qué pasó. ¿Y esos mensajes? ¿Qué significan? Ese número ni siquiera puede ser real.
—A lo mejor es un mensaje de esas empresas que tienen sus propios números, como el banco. Mira, hace unos días me mandaron un mensaje con un código de confirmación para una compra que hice… 45578, ese es número del que me escribieron.
—¿Y qué? ¿«Largo» es un código de confirmación?
—Puede ser, quizá pidió algo en línea y necesita una palabra clave para recibirlo. Eso también me ha pasado.
Natalia lanza un grito de frustración. No hay nada que pueda hacer hasta que la tormenta amanse.
Toma las pastillas que le ofrecieron no para dormir, sino para calmar los nervios.
Verónica ve cómo sus amigos se comen las uñas, mueven las piernas y terminan trago tras trago, sin decidirse si les contará lo que vio.
Esto ya no pueden ser alucinaciones. Las visiones solo las tiene ella, los temblores solo los siente ella, las voces solo las escucha ella, pero ¿el celular que aparece de la nada?
Tal vez ahora puedan entenderla, puedan creerle.
—Al final, parece que sí la amo tanto como ella me ama a mí.
Verónica escucha la frase de Natalia y piensa que amar tanto como alguien no es lo mismo que amarle de la misma manera.
Duda si su amiga ha descubierto apenas ese amor o si está confundiendo el miedo y la culpabilidad con lo romántico.
Y si todos confundimos lo romántico con lo demás.
Y dónde está la línea que separa lo real de lo imaginario.
Y si deberíamos de abandonar al amor en pos de algo perdurable, sostenible, sin sacrificios y autoflagelación.
Buscar la ternura, quizá. Pero ¿cómo puede uno conformarse con algo menor a la fantasía y los sueños?
Verónica sacude su cabeza para librarse de esa cadena de pensamientos que la estaban llevando hacia un callejón sin salida. Toma el celular de Carolina entre sus manos y ve su reflejo en la pantalla negra que funciona como espejo de obsidiana. Ruega por cualquier tipo de respuesta.