Cuídate, cariño Capítulo 29
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Capítulo 29

Al subir, se encuentran con decenas de velas repartidas por los rincones de la casa y al resto del grupo sentado en el comedor.

Verónica les pregunta si están bien y por qué tardaron tanto tiempo.

Colocaron las velas para que la noche se viera diferente y no tanto porque necesitaran de más luz.

Sobre la mesa hay copas de vino y vasos con whisky.

Lo único que pueden hacer por la noche es beber y esperar que el tiempo pase.

La lluvia no mengua, se intensifica. El ruido que hace contra el techo y las ventanas es suficiente para no tener que utilizar una bocina para llenar los silencios.

—¿Y si algo malo le pasó a Carolina? —pregunta Natalia después de unos cuantos tragos.

—Ya nos habríamos enterado. Las malas noticias siempre viajan rápido.

Joana trata de tranquilizar a Natalia, pero no está convencida de lo que ha dicho.

Si no hubiera estado tan concentrada en su falsa entrevista, la podría haber buscado en la ciudad.

Se siente culpable. Si algo malo le pasó, no podría perdonarse a sí misma.

Natalia también se culpa, sabe que su discusión fue la razón por la que se fue de El Álamo.

Lo que no sabe es por qué siempre tienen que pelear tanto, por qué no pueden vivir con tranquilidad.

Cuando parece que habrá algo de paz, una de las dos dice o hace algo que lastima a la otra.

Natalia se ha preguntado si la única razón por la que siguen juntas es porque Carolina soporta todo lo que ella hace.

La empuja, la empuja, la aleja, y ella siempre vuelve.

Cada vez que Carolina regresa, Natalia piensa que así debe sentirse que alguien te quiera.

Cada vez que Natalia siente que no merece amor, lastima a Carolina para que se vaya, para quedarse sola, para recibir lo que merece.

Y siempre, invariablemente, Carolina le demuestra que no puede vivir sin ella.

Entonces, ¿por qué no vuelve? ¿Por qué no responde sus mensajes, sus llamadas?

—Se fue por mi culpa. Debí hacer algo para que no se fuera.

—Que hayan discutido no te vuelve culpable de nada. Carolina es una adulta, ella puede tomar sus propias decisiones —interviene Verónica, solo porque descubre que nunca había visto a Natalia así de conmovida.

—Sabía que se iría. Siempre que discutimos se va para que no la vea llorar.

—Si Carolina no se hubiera querido ir, no se habría ido. No la obligaste a nada, ¿está bien? Mañana podremos verla, nos habremos preocupado por nada y todo estará bien.

—No sé por qué nunca pude corresponder su amor. Amarla como ella me ama me haría muy feliz. Quizá no es mi culpa que se haya ido, pero sí es mi culpa haberla retenido todo este tiempo sabiendo que nunca podría amarla como ella quería.

No esperaban esa confesión. Solo Verónica sabía lo que sucedía entre ellas por las veces que las escuchó a través de las ventanas.

Cae una lágrima de sus ojos, pero cae directo a sus piernas, así que nadie se percata.

Comprende: eso debe ser lo que siente Joel por ella.

Una incapacidad de amarla de verdad. Retener el cariño no es amor.

Verónica sabe lo que hacía Joel cuando no estaban juntos, lo sabe todo.

Tiene pruebas guardadas en su celular que nunca le mostró para evitarle la vergüenza.

Lo sabe desde el principio porque Joel es malo mintiendo.

Y, aun así, ella espera que sea él quien la libere.

Que le diga la verdad o que le mienta con la mentira que quiere escuchar.

Si a ella no le costaba quedarse a pesar de lo que sucedía, ¿por qué fue él quien decidió terminar?

Verónica se disculpa por abandonar la conversación justo en ese momento, dice que le urge pasar al baño.

Una vez dentro, las lágrimas vuelven a caer por su rostro mientras se cubre la boca para que ningún sonido alerte a los demás.

Le avergüenza que la descubran llorando.

No entiende cómo le llega el dolor en los momentos menos esperados.

Más importante aún, no comprende por qué sigue doliendo.

Toc, toc, toc.

—Ya voy —dice levantando la voz mientras las lágrimas caen por sus mejillas.

Toc, toc, toc. Respira y exhala con fuerza antes de abrir la puerta del baño.

No hay nadie frente a ella. Se asoma por el pasillo para ver quién quería pasar al baño o quién la necesitaba.

Toc, toc, toc. El golpeteo no viene de la puerta, no viene del interior de la casa.

Toc, toc, toc. Verónica voltea hacia el interior del baño y mira detrás de la pequeña ventana.

Toc, toc, toc. Las sombras no deberían golpear los cristales, sin embargo, lo hacen.

Toc, toc, toc. Algo golpea la ventana con calma y sin demasiada fuerza. Verónica cierra los ojos.

—Esto no es real, esto no es real —se repite a sí misma.

Toc, toc, toc.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta entre dientes.

«Me hubiera gustado que cumplieras tu promesa». La frase que escucha en su cabeza es la misma que le dijo a Joel en la biblioteca. El ente no le habla, repite lo que Verónica dijo con su misma voz.

—¿Cuál promesa?

«Pagaré el precio». Verónica lo recuerda, esa es la frase que le dijo a la bruja antes del ritual.

—¿Cuál precio? Dime qué quieres de mí. Déjame en paz. Vete de aquí.

«Quiero que se arrepienta de haberme conocido».

Verónica ve a través de sus párpados la luz cegadora de un rayo e inmediatamente después escucha el estruendo que hace vibrar el cristal.

Abre los ojos, lo primero que ve son sus manos que tiemblan sin que ella pueda controlarlas.

Levanta la mirada hacia la ventana y solo encuentra oscuridad sin forma.

Quiere huir del baño, pero le aterra dar un paso en cualquier dirección.

Ahí ya no hay nadie, pero quizá vuelva a aparecer si hace cualquier movimiento.

Tiene que respirar, cerrar los ojos y respirar para recuperar la voluntad y la valentía.

Cuando al fin logra moverse, lo hace con brusquedad.

Corre hasta el comedor sintiendo que cada metro la aleja de la muerte.