Capítulo 28
Nadie logra encontrarle sentido a la entrevista falsa.
Se debaten entre una broma, una equivocación, incluso la idea de llevarla hasta ahí para secuestrarla, o algo peor.
Sus papás podrán ser un fastidio, pero pagarían el rescate que fuera necesario para liberarla.
Fernando se ofrece a hablar con su familia para conseguirle un mejor trabajo del que le podrían haber dado después de cumplir con aquella entrevista.
Es un premio de consolación que no deseaba, pero que agradece.
No quiere seguir buscando trabajo. Es lo único en lo que piensa.
No puede salir a cenar o ir al cine sin distraerse al recordar que está desempleada.
Las luces parpadean unas cuantas veces antes de apagarse por completo.
La planta eléctrica entra al rescate, aunque le es imposible suministrar electricidad a toda la casa.
Se encienden algunas luces de emergencia, más tenues que las de uso diario.
También queda encendido lo indispensable: el refrigerador, la parrilla, la bomba hidráulica que permite que el agua llegue al segundo piso, la cafetera y otros dispositivos de consumo bajo.
Fernando busca compañía para ir al cuarto de mantenimiento.
Hay que bajar las pastillas de todo lo que no sea necesario o la planta podría agotarse más rápido.
Joel se ofrece a acompañarlo. Se llevan una de las lámparas de emergencia, aunque la luz encendida es suficiente para no tropezar.
El cuarto se encuentra en el sótano, un lugar al que nunca ninguno de los amigos ha bajado.
Joel sigue a Fernando, casi pisándole los talones.
Bajan las escaleras y, con cada escalón que pisan, la temperatura parece aumentar algunos grados.
Hay humedad, calor y una oscuridad imponente que parece tragarse hasta la luz de la lámpara.
Además, hay un olor metálico que encaja perfecto con el sonido a tornillos sueltos.
Joel se queda en el último escalón mientras Fernando mueve cajas, muebles y objetos que le estorban hasta que llega a las cajas que estaba buscando.
Baja ocho de las pastillas. La mayoría pertenece a los equipos que están fuera de la casa principal: el sauna, la calefacción de la alberca, el portón eléctrico…
Todos sin energía. Encuentra también unos bidones a medio llenar con combustible para abastecer el generador en caso de que el apagón se extienda.
—Yo no sabría qué se hace en estos casos —dice Joel avergonzado, pero también admirado.
—He visitado esta casa desde que nací. Son cosas que se tienen que aprender eventualmente. Mi papá detestaría que fuera un inútil en momentos así… sin ofender. Estoy convencido de que tú debes saber cosas que yo no sé hacer.
—¿Eres bueno en el Excel?
—Definitivamente no.
—Bueno, ya estamos parejos.
—Me parece justo.
—No le rasquemos entonces; no es fácil llegar a lo justo.
Joel baja el último escalón y sigue la luz en la mano de Fernando.
La humedad se ha pegado a sus cuerpos. El sudor se mezcla con el vapor que hay en el cuarto.
Le pide la lámpara y, con ella, alumbra sus alrededores.
El sótano es enorme, cubre el mismo espacio que la casa, pero, sin paredes que delimiten las áreas, da la sensación de no tener fin.
La lámpara no puede iluminar el otro extremo.
—¿Quieres ver algo?
—¿Algo como qué?
—Ven, agárrame del hombro para que no tropieces.
Lo guía hasta una de las paredes, empotrada en ella hay tubos y máquinas que están quietas y tibias al tacto.
Fernando le explica que eso que parece sacado de una película steampunk era hace muchos años el corazón de la casa.
Se encargaba de mantenerla caliente, mover agua por la propiedad, subir y bajar lo que almacenaban aquí abajo, ventilar los espacios de arriba.
A Joel le asombra el tamaño de aquel mecanismo.
En estos tiempos, todo eso se puede hacer con máquinas mucho más pequeñas y eficientes.
No se requiere ni el espacio ni el esfuerzo, pues funciona con la naturalidad de algo vivo.
—Da miedo estar aquí abajo, ¿no? —pregunta Fernando.
—La humedad no ayuda, hace que cueste respirar. Por suerte, no soy claustrofóbico.
—Yo trato de no bajar a menos que sea totalmente necesario, como hoy.
—Me sorprende, con lo mucho que te gusta estar dentro del sauna.
—Es diferente, allá puedo estar desnudo con relativa normalidad. Estar sin ropa en el sótano no me haría ver muy cuerdo y todavía me importa un poco lo que piensan los demás.
—No creo que alguien te pueda ver aquí abajo.
—Ahora mismo tú, pero tienes razón. Nadie baja al sótano.
Fernando le pregunta si está listo para irse. Joel duda un poco. A pesar de las condiciones que hay ahí abajo, le gustaría quedarse más tiempo. Seguir explorando ese sitio tan poco visto. Pero acepta regresar con los demás, pues no sabe cómo explicar su deseo sin sonar extraño.