Cuídate, cariño Capítulo 25
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Capítulo 25

Un rayo sale de la tierra en dirección al cielo. Se desplaza en vertical y cae luego sobre un árbol, que cae a su vez sobre el camino. Los rayos no deberían salir de la tierra, pero este lo ha hecho; ha costado mucha energía, pero ha cumplido su tarea.

Rodrigo y Manuel ven cómo el árbol cae frente al portón de entrada de El Álamo, bloqueando el acceso con cualquier tipo de vehículo.

Tienen que bajar del coche, caminar por encima del árbol y luego por entre el lodo hasta llegar de nuevo a la casa.

La caminata final hasta la casa les parece poca cosa después de lo que han vivido desde la mañana.

La nostalgia al recordar a la dueña del restaurante, el enfrentarse a los soldados una vez más, tener que matar a la serpiente para evitar que siguiera sufriendo y terminar empapados, padeciendo por el frío y el viento.

Hacer todo este viaje, esta odisea, para regresar sin ningún tipo de respuesta.

—Tendrás que llamar a alguien para que libere la entrada. Hay un árbol obstruyendo el acceso. Le cayó un rayo y, por poco, morimos ahí aplastados —dice Rodrigo frente a la puerta del comedor.

—¿Qué les pasó? Vengan a sentarse con nosotros a comer —dice Fernando, como si fuera común que la gente entre enlodada a la casa.

—Estamos sucios, ahora regresamos.

—No pasa nada, luego limpiamos. Les hará bien tomar algo caliente. Dejen la ropa sucia en el piso. Ahora les traigo una bata para que se cubran.

Manuel y Rodrigo empiezan contando lo que vivieron des de su salida de la casa.

Lo largo que les pareció el camino, la parada que hicieron en el antiguo restaurante, el cigarro que se fumaron juntos.

Verónica mueve los pies de arriba a abajo sin poder detenerlos, no quiere intervenir, pero la historia está tomando demasiado tiempo y ella solo quiere saber si tienen noticias de Carolina.

Se ha mordido la lengua muchas veces para no preguntar por ella.

No quiere iniciar ninguna discusión. Rodrigo les dice que los soldados no vieron a Carolina pasar por la carretera.

Manuel dice que son unos ineptos, que seguro pasó por ahí, pero no tienen la capacidad de recordar a las personas que deberían estar protegiendo.

Mencionan la amenaza de los soldados, pero se ríen al pensar en el árbol que cubre el paso.

—Quizá Joana podría verificar que esté en la ciudad —sugiere Fernando.

—Joana me marcó hace poco y ya viene de regreso. ¿Alguien ha intentado marcarle a Carolina de nuevo?

—Yo —dice Natalia—. Me sigue mandando a buzón.

—Quizá bloqueó tu número. Lo intentaré yo.

Intentan marcarle, pero nadie tiene recepción.

La tormenta ha hecho que pierdan la señal.

No salen llamadas y no hay internet. Verónica se acerca a la ventana, ve cómo un rayo cae a unos pocos metros.

Por un momento, cree que el ente ha vuelto, que la ve detrás del cristal, pero, después de tallarse los ojos, entiende que solo fue el destello del rayo lo que alteró su visión.

Nunca antes en su vida había visto una lluvia tan potente.

No puede ver muy lejos porque el agua que cae tapa la visión.

—Deberíamos encender las luces de la casa para que Joana pueda vernos cuando llegue. Supongo que no podemos hacer nada con el árbol de la entrada, ¿verdad? —pregunta Verónica.

—No se puede hacer nada hasta que pase la tormenta. Es peligroso con tantos rayos cayendo, pero ahora enciendo todas las luces; tienes razón —responde Fernando.

No pueden hacer nada, deben permanecer al resguardo de El Álamo.

Quizá fue mala idea que Manuel, Rodrigo y Joana regresaran.

Si no fuera porque Joel está ahí, Verónica cree que ella no hubiera regresado desde la ciudad o desde el pueblo o de cualquier lugar más allá del portón de entrada.

Pero hay una deuda que quiere cobrar: necesita una explicación auténtica.

Una verdad a la cual se pueda aferrar. Quiere entender qué fue lo que pasó.

Por qué dejó de amarla, aunque él diga que siempre la amará.

¿Por qué no bastó?, ¿por qué no fue suficiente?

Ya no quiere que Joel se arrepienta de haberla abandonado.

Nunca fue eso lo que quiso. Solo quiere entender.

Quiere una verdad, aunque esta pueda ser cruel.

Quiere que le expliquen con palabras de este mundo el dolor que siente y no puede señalar. Cree que puede soportar la verdad.