Cuídate, cariño Capítulo 24
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Capítulo 24

Verónica baja de la cama para acostarse en el piso, mirando el techo.

Le duele la espalda. Puede palpar los músculos, los nervios, cada parte de su espalda convertida en pequeños nudos.

Cree que el calor del piso radiante y la postura firme podrán ayudarle a reducir el dolor, ablandar los nudos.

Escucha cómo la lluvia cae con fuerza sobre la casa.

Agradece el agua; después de vivir una sequía de cinco años en la ciudad, todos estarían contentos incluso con recibir huracán tras huracán.

Pero ¿cómo le harán sus amigos para regresar con este clima?

No solo es la lluvia, sino el viento que mueve los álamos de un lado a otro; parece que podrían romperse por la mitad como si fueran un palillo de dientes.

Los árboles, que en un día normal se ven tan altos e imponentes, se ven tan frágiles esta tarde.

—¿Estás aquí? —pregunta, pero nadie responde.

Sabe que alguien la vigila; esa sensación ha estado con ella desde que llegó a El Álamo, a veces con mayor intensidad y otras de forma casi imperceptible. «Me miran, pero no me hablan; o me hablan, pero no me miran», piensa. «Nunca pueden verme, hablarme y oírme».

La biblioteca tiene un ventanal enorme en el centro de la habitación, pero hoy no entra luz suficiente para sentarse a leer.

Tiene que encender las lámparas de piso y techo, encender todas las luces para poder descifrar lo que dicen los lomos de los libros.

Olvidó traer el libro que estaba leyendo y no tiene tiempo suficiente para tomar uno nuevo.

Debe elegir, entonces, un poemario, un libro que permita ser leído y abandonado hoy mismo.

La biblioteca está completa. No cabe ni un solo libro más en los libreros.

Son los mismos textos que han estado desde que visitó El Álamo por primera vez.

Si no tienen polvo, es porque los empleados de la propiedad deben mantener el espacio limpio, porque parece que nadie los ha leído en muchísimo tiempo.

Elegir una lectura entre cinco mil ejemplares no es una tarea sencilla.

Se decide por La Odisea , no le dará tiempo suficiente para leerlo completo, pero por lo menos podrá releer el regreso de Ulises a Ítaca, que en realidad es la única parte que le gusta de verdad.

—¿Está bueno? —Joel le dice señalando el libro. Entró a la biblioteca sin que Verónica lo escuchara llegar.

— La Odisea es La Odisea .

—¿Qué significa eso?

—Que no te podría decir que es malo, aunque lo fuera. Me gusta el final del libro, es mi parte favorita.

—¿Es un final abierto como los que te gustan?

—No sé si me gustan los finales abiertos.

—Todas tus películas favoritas son así. No veo por qué debería ser diferente con los libros.

—¿Vienes por un libro?

—No, te estaba buscando. La comida está lista. Natalia hizo pasta y ensalada.

—¿Vamos?

—En un rato. Quiero ver los libros que hay aquí. Creo que nunca había entrado.

Joel se pone de cuclillas para ver lo que los demás normalmente dejan pasar. Toma algunas fotos con su celular: títulos que buscará luego para agregarlos, quizá, a su propia biblioteca.

—¿Por qué te gusta el final? —pregunta Joel sin dejar de mirar hacia los libreros

—¿De este libro? —responde Verónica para ganar algo de tiempo y así aterrizar por qué le gusta tanto—.

Es una historia de promesas. La promesa que hace Ulises de volver a casa cuando termine la guerra; al mismo tiempo, Penélope promete esperar su regreso.

Todos prometen cosas a los dioses y lo más lindo es que no se toman esas promesas a la ligera.

Las promesas significan algo. Las palabras significan algo.

—La voz de Verónica se quiebra—. Al final, todos cumplen con lo que prometieron, sin importar que el camino haya sido difícil.

Joel ve las lágrimas resbalar por el rostro de Verónica sin comprender del todo lo que está pasando. Siempre le han conmovido las películas, las canciones, los libros, es cierto. Él no recuerda, aunque lo está intentando, cuándo fue la última vez que lloró.

—Está lindo eso que me contaste.

—¿Joel?

—¿Sí?

—Me hubiera gustado que cumplieras tu promesa. No, me hubiera gustado que nunca me hubieras hecho ninguna promesa.

—Ven, vamos a comer. Nos están esperando.

—¿Por qué no pudiste estar a la altura de tus palabras?

—Verónica, lo siento.

—¿Por qué me decías que me amarías por siempre?

Yo sabía que no podrías cumplir esa promesas.

Te pedí que no me dijeras esas cosas porque no podrías sostenerlas.

Pero lo decías y lo decías y lo decías. Siempre te amaré.

Una parte de mí se creyó lo que decías. Creí que en verdad me amarías por siempre.

Yo vivía muy bien sin la esperanza de algo eterno.

—Pero eso es verdad; siempre te voy a amar.

—Eso no es amor. El cariño no es amor. No repitas que me amas, que siempre me amarás, por favor.

—¿Vamos a comer?