Capítulo 23
Terminan el cigarro y regresan al coche para acercarse al lugar donde está el retén.
No escuchan música y tampoco hablan. El viento que entra por las ventanillas delanteras y recorre el auto para salir por las ventanillas traseras es ruido suficiente.
Manuel piensa que ahora le gustaría fumar otro cigarro.
Para él, no tiene sentido hablar con los soldados, ¿cuánta gente ha de pasar por este camino todos los días?
¿Por qué habrían de acordarse de Carolina?
Los ve ahí delante. Los mismos hombres que vio de camino a El Álamo.
Las mismas armas, los mismos uniformes. Pasan al costado de ellos sin que los detengan y es Rodri go quien orilla el coche más adelante.
Se baja con decisión mientras busca en su celular fotos de su amiga para mostrarles a quién están buscando.
Manuel no se baja, permanece sentado, mirando por el retrovisor cómo su amigo habla con los soldados.
Parecen reconocerlo, le dan la mano. Le cuesta creer que son los mismos soldados.
No entiende por qué tratan con respeto a su amigo si a él lo humillaron.
Abre la puerta del coche, la cierra de nuevo.
Se mira en el espejo. Vuelve a abrir la puerta, baja y camina en dirección a su amigo.
No voltea hacia los soldados, cree que lo mejor es despreciarlos.
No reconocerlos como iguales, fingir que no están ahí.
—¿Hay noticias?
—No la han visto pasar por aquí.
—No han de ser buenos haciendo su trabajo. Este es el único camino para regresar a la ciudad. Tuvo que pasar por aquí.
—Ser niñeros no es nuestro trabajo —interviene uno de los soldados.
—No, por supuesto que no. Joder a la gente que pasa por aquí sí lo es, ¿no?
—A ti sí te reconozco. Eres el niño que cruzó por aquí con dos chavas. ¿Vienes por otra revisión? Te la hacemos con mucho gusto; todo por el bien de la comunidad.
—Ya nos vamos, no queremos seguir molestándolos. —Rodrigo empuja a Manuel para que entre al coche.
—¿Quiere que los visitemos? Sabrá Dios qué estarán haciendo allá arriba. No nos gustan las cosas ilegales. Ya sabe, nuestra labor es protegerlos a todos.
—Siempre serán bienvenidos. Hablen con Fernando para que les abra las puertas de El Álamo.
—Fíjese que nos está fallando la señal. Ha de ser por tanta nube. En una de esas, pasamos y, estando allá, hablamos con el señor.
—Muy bien, estoy seguro de que se alegrará de recibirlos. Nosotros nos vamos. La lluvia ya empieza a notarse y no me quiero empapar. Buena tarde, nos vemos.
—Vayan con cuidado.
Rodrigo sube al coche, observa a Manuel.
Espera que este le regrese la mirada, que le explique por qué actuó como si no fuera él mismo.
Manuel, por su parte, pone música desde la pantalla, anunciándole así a su amigo que no es un buen momento para hablar.
Rodrigo suspira, por más que quiere discutir con Manuel, decide no comprarse esa batalla.
Le regresará un poco de la paciencia que su amigo ha tenido con él.
Llevarlo a El Álamo sin hacer preguntas.
Apenas avanzan unos metros cuando ven junto a la carretera un movimiento hipnótico que los hace frenar el coche.
Bajan y se acercan con cuidado para ver mejor.
Se encuentran con una serpiente que gira sin parar sobre su propio cuerpo, haciendo que pase de café a blanco, de café a blanco, sin detenerse.
—¿Qué le pasa? Nunca había visto algo así —dice Manuel.
—¿Estará mudando de piel? Quizá la fricción la ayuda a deshacerse de su piel anterior.
Rodrigo intenta buscar alguna respuesta en su celular.
«Serpiente girando sin parar», pero la búsqueda no carga, no hay internet en esa parte de la carretera.
Esperan un poco para ver si logran acceder, pero nada.
Rodrigo lanza un rugido y hace un esfuerzo por no arrojar su celular al pavimento.
Le frustra que algo tan sencillo no funcione como debería.
Y ahora, por culpa de algo que no está bajo su control, están parados bajo las nubes que, en cualquier momento, dejarán caer la tormenta sobre ellos.
—No creo que sea la piel. Mira, hay un poco de sangre ahí, está herida.
—¿Qué hacemos?
—¿Qué vamos a hacer? No es como que podamos llevarla al veterinario. No sabemos ni siquiera si es venenosa.
—Pero está sufriendo.
—No sabemos si está sufriendo.
—Mírala. Es obvio que está sufriendo.
—Hay una regla, ¿no? Cuando la gente graba documentales en la naturaleza, nunca deben intervenir.
—¿Nos iremos dejándola así?
—¿Qué quieres que hagamos? Si llueve más fuerte y no puede moverse como debería, se va a ahogar. Quizá es lo que toca, así deja de sufrir.
Rodrigo busca alrededor de él algo que pueda usar.
La única piedra que encuentra, lo suficientemente grande para hacer el trabajo, es mucho más grande de lo que necesita.
Tiene que levantarla en cuclillas, con las dos manos y algo de esfuerzo.
Cierra los ojos y arroja la pesada piedra sobre la serpiente.
El ruido que hace la muerte le provoca arcadas.
Se quedan mirando la piedra, que cubre en su totalidad el cuerpo de la serpiente muerta.
Es la primera vez que Rodrigo mata intencionalmente.
Nunca antes había aplastado a un mosquito o una cucaracha.
«La ayudé», se dice a sí mismo. «Ahora ya no sufre, se ha ido a donde quiera que se van los animales que mueren, que quizá es el mismo lugar al que iremos nosotros».
Ya no les importa que la lluvia esté cayendo con furia, están empapados. Lo único que pueden hacer es volver al coche y regresar a El Álamo. Esperar a que la tormenta termine para que todos puedan regresar a sus vidas y no volver a verse durante todo un año.