Capítulo 20
Tienen la sensación de que el camino al pueblo es más largo de lo que solía ser.
Antes, era común que bajaran a un pequeño restaurante a la orilla del camino.
Desayunaban, subían y bajaban de nuevo para comer.
La dueña del restaurante los amaba, pues los conocía desde pequeños.
Les cocinaba siempre lo que ellos quisieran; platillos que no estaban en el menú, pero que a ellos les encantaban: asado de puerco, cortadillo, sopa de fideos, discada.
Ellos también querían a la señora. No podían no querer a quien los quería tanto.
Hace tres años, de camino a El Álamo, planearon llegar al restaurante antes de cualquier otra cosa.
No habían desayunado para que el reencuentro con su comida fuera todavía más memorable.
Lo que encontraron al llegar fue un local vacío, se asomaron por los cristales y solo encontraron oscuridad.
No estaban las mesas, ni la caja registradora, ni los cuadros que colgaban de las paredes.
Preguntaron a las personas que se encontraban cerca, pero nadie sabía qué había pasado con la señora.
«Un día dejó de venir», les dijo uno. «No volvió más, dejó de pagar la renta; no era su local.
No le avisó nada a la única mesera que trabajaba con ella.
Dicen que la vieron salir de su casa, muy concentrada en el camino y con el paso acelerado.
Siempre salía a caminar, pero esa vez nadie la vio volver.
Muchos piensan que se la comió la tierra».
No tenía familia, nadie que pudiera darles una pista para encontrarla si es que abandonó el pueblo.
«Las gentes aquí se desaparecen», les dijo el mismo señor.
«Se van y no vuelven. Miren a su alrededor; somos un pueblo en mitad de la carretera.
Estamos acostumbrados a ser un lugar de paso.
Ya ni nos encariñamos con los que llegan.
Unas semanas después vino el dueño para sacar todas las cosas, venderlas para recupe rar lo de la renta no pagada.
El dueño tampoco supo qué pasó con ella, no podía localizarla.
Solo repetía una frase con cada cosa que sacaba del local: “Esto no es propio de ella”, “esto no es propio de ella”».
Ese año, los amigos intentaron recrear los platillos, lo intentaron varias veces hasta que terminaron por rendirse.
La comida no se alejaba tanto de la que comían en el local, pero faltaban los platos, las mesas, la voz de la dueña diciéndoles mis niños.
—Paremos en el restaurante; quiero fumar un cigarro ahí.
La idea de no encontrarse tan pronto con los soldados le parece bien a Manuel.
Se detienen en el local vacío que antes era el restaurante.
Nadie más volvió a rentarlo. Es un pueblo chico.
No sería muy inteligente pagar para abrir un negocio en ese lugar.
Las tiendas y las fondas que hay en el pueblo siempre forman parte del patio o la casa de alguno de los habitantes.
Comparten los dos un solo cigarro, porque en realidad a ninguno de los dos se les antojaba fumar. Fuman porque les apetece una pausa, detenerse en ese lugar sin ponerse sentimen tales. Sin decir: quiero recordar.