Capítulo 19
Verónica ve las hojas de los árboles en busca de movimientos que no sean provocados por el viento, pero no ve nada fuera de lo normal.
No hay réplicas del sismo que sintió. La tierra está húmeda y aparentemente tranquila.
Un escenario que debería tranquilizarla, aunque el efecto es todo lo contrario.
De camino a la alberca, recuerda que hay una pequeña capilla al fondo de la propiedad, ahí se casó la hermana mayor de Fernando.
Esa fue la primera boda a la que la invitaron.
No es religiosa, pero siempre ha encontrado en esos espacios algo parecido a la paz.
No sabe si es porque ahí dentro todos se comportan como si Dios de verdad los observara o por los techos altos o por la iluminación.
No vuelve a la casa para ponerse ropa adecuada, camina hacia la capilla con su traje de baño y la bata encima.
El camino es oscuro, no solo porque el cielo está nublado, sino también porque la capilla se encuentra rodeada de los árboles más viejos de El Álamo.
La puerta está cerrada, pero basta con un empujón con el hombro para que esta ceda.
La poca luz que entra por los vitrales ilumina el polvo que flota frente a la gran cruz de madera.
No sabe cuánto tiempo ha pasado desde que alguien entró, pero sospecha que algunos meses por la puerta hinchada, el aroma a encierro y las huellas que quedan marcadas sobre el polvo con cada paso que da para acercarse a la cruz.
Imagina a Jesús clavado, con las manos ensangrentadas y el cabello castaño.
En su mente le pide que la ayude, que la guíe.
Le promete fe ciega en él; si tan solo le diera una señal para tomar el camino correcto.
Para lograr sentirse bien. Cierra los ojos y junta sus manos frente a los labios.
—Por favor, Dios —dice—. Por favor, Dios. Ayúdame. Dame una señal para creer en ti, para obedecerte.
Alarga los silencios entre petición y promesa para darle tiempo a Dios de responder, pero nadie le dice nada.
Siente una mezcla entre resignación y felicidad. La alegra, no puede negarlo, que Dios no le haya respondido. «Debo de tener razón», piensa. «No hay Dios que nos proteja. Es mentira lo que decían mis abuelos, mis padres, mis tíos. No existe Dios y aquí sí tiembla».
No se sienta en ninguna de las bancas porque no quiere que la bata blanca se llene de polvo; en cambio, levanta su bata para que llegue hasta la mitad de su muslo y se arrodilla. Quiere intentarlo una última vez.
—¿Lo hice mal? —pregunta—. ¿Es así como tengo que pedírtelo?
Nadie llena el silencio, está sola. Sin Dios y sin nadie.
Se ríe de sí misma y se pone de pie. En cuanto sus dos pies regresan a la tierra fuera de la capilla, siente que vuelve a temblar, solo que esta vez el sismo es más prolongado.
Debe estirar los brazos para mantener el equilibrio, pero no pierde la calma.
Los árboles no se caerán y no hay techo sobre ella que pueda derrumbarse.
La tierra deja de moverse después de unos segundos.
Todo sigue igual a su alrededor. Espera unos segundos más para asegurarse de que no habrá una réplica inmediata que haga que se caiga.
Luego, corre hacia la casa, entra por la puerta trasera y busca a sus amigos.
Tiene tanta prisa que no le da tiempo de frenar y choca de frente con Natalia.
—¿Lo sentiste? —le pregunta.
—Sí, casi me tiras al suelo.
—No, ¿sentiste el temblor?
—Ya te habíamos dicho que no.
—Ese no, el de hace un par de minutos.
—¿Otro temblor? No, no sentí nada. Todo está en orden en la casa, además.
—No hay forma de que no hayan sentido el último temblor. Duró muchísimo.
—¿Te sientes bien? Quizá sí deberías tomar un suero. ¿No fuiste a nadar?, ¿por qué estás seca?
—No, no nadé. ¿Dónde están los demás? Ellos sí debieron sentirlo.
—Creo que Joel y Fernando fueron al sauna. Manuel y Rodrigo se estaban haciendo un licuado antes de salir al pueblo. No sé si todavía siguen ahí o ya se fueron.
Se apresura hacia la cocina. Los ve ahí, tomando el licuado.
«¿De qué es el licuado?», se pregunta Verónica viendo ese líquido entre naranja y rosa.
Fue a la cocina para preguntarles si habían sentido el sismo, pero ahora prefiere no preguntarles nada.
No quiere que le vuelvan a recomendar tomar un suero o preguntarle si se siente mal.
Claro que se siente mal, no entiende nada de lo que pasa a su alrededor.
Por qué ve entes extraños; por qué Joel vino a El Álamo; por qué, a pesar de estar en el mismo lugar, parecen extraños.
Hablan poco. Van a la cama juntos, pero se masturban porque ninguno puede hacer que el otro tenga un orgasmo.
¿Por qué es la única en sentir cómo la tierra tiembla?
También, ¿qué saben los demás? ¿Saben más que ella?
Fernando, por ejemplo, parece imperturbable, parece saber algo que ella desconoce.
Tiene que recuperar la compostura, sabe que la mayoría de las preguntas no tienen respuesta.
—¿A qué hora se van al pueblo?
—¿Quieres venir?
—No, me siento rara. Creo que debería tomar una siesta.
—Suena bien. Te envidio un poco, yo nunca he podido tomar siestas.
—¿Qué están tomando?
—Licuado de mamey.
—No sabía que teníamos mamey.
—Debieron traerlo muy temprano, ¿quieres un poco?
—No, sigo llena por el desayuno. ¿Han sabido algo de Joana? ¿Ya tuvo su entrevista?
—La tiene a las dos, todavía falta una hora. Se debe de estar arreglando; llegó hace rato a su casa y me mandó foto de mi camioneta. La dejó cargando con un vecino que tiene la misma camioneta que yo.
—No me extraña, están por todos lados. Si Joana les dice algo, me avisan, por favor. También, en cuanto sepan algo de Carolina, ¿me escriben?
—Tú descansa; nosotros te avisamos cualquier cosa.
Verónica sube las escaleras. Se detiene frente a la puerta que permanece cerrada y repite el movimiento con el que abrió la puerta de la capilla.
«Si funcionó allá abajo, también debería funcionar aquí», piensa.
Lo intenta por segunda vez, pero la puerta sigue cerrada.
No sabe nada sobre su vida, sobre sus relaciones, pero si por lo menos supiera lo que hay detrás de esa puerta, quizá podría aferrarse a ese conocimiento para adormecer su sed de respuestas.
No para en su habitación, sino que sigue caminando hasta la de Joel.
No está ahí. Natalia ya le había adelantado que se encontraba en el sauna con Fernando; de todas formas, entra a ese cuarto.
Quiere ver si encuentra algo que le dé una pista sobre el nuevo Joel, ese que le cuesta trabajo reconocer.
Lo primero que encuentra es una playera tirada en el centro de la habitación, la misma que traía esa mañana en el desayuno.
La levanta, se la lleva a su rostro. La huele.
«Ha cambiado de perfume», piensa. Antes el aroma era similar al tabaco, pero ahora detecta notas cítricas.
Hay un libro sobre la mesita junto a la cama, un libro gordo.
Una edición de bolsillo que debe tener unas mil páginas.
Ella no podría, se dice, leer ese libro tan largo.
Prefiere los libros cortos. Dedicarle tanto tiempo a una sola historia le parece limitante.
Como vivir, crecer y morir en la misma ciudad, sin haber salido nunca de ella para conocer cómo hacen las cosas en otro lugar.
Junto al libro hay un vaso vacío y una caja con pastillas.
Verónica sabe para qué son, ella también las toma para dormir cuando se siente ansiosa.
Saca una del empaque y se la pasa sin tomar agua.
Cree que Joel no se percatará de la falta.