Cuídate, cariño Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Joel aprovecha el hueco que dejaron Manuel y Rodrigo para acercarse a Verónica. Han hablado muy poco desde que llegó. Siente que le debe algo. No puede explicarle por qué vino hasta aquí, pero por lo menos puede acompañarla, escucharla.

—Están divertidas las vacaciones, ¿no? —dice acercándose a su oído.

Su aliento, una mezcla entre miel y alcohol, le eriza la piel a Verónica. Joel siempre carga con unas pastillitas doradas que le dan ese olor. Deja paquetes por todos sus lugares, en el coche, en su cuarto, en la mochila que usa para ir al gimnasio, en las bolsas de todas sus chamarras.

—¿Me das una pastilla?

—Ten, la pediste justo a tiempo. Es la última.

—Hoy debe ser mi día de suerte.

La sonrisa de Joel se desvanece despacio.

Se pregunta si hay algo más detrás del comentario de Verónica.

¿Es un buen día porque él está ahí? Se han visto al fin, después de las insistencias de su exnovia.

¿Romperá su corazón de nuevo, cuando reafirme que la ruptura es permanente?

Que no puede hacerle eso, hacerse eso. Vuelve a sonreír con una sonrisa algo actuada.

Se siente ridículo al pensar así, darse a sí mismo el poder de hacer que el día de los demás sea bueno o malo.

Como un pequeño dios que abraza y desaira.

Que vuelve los días afortunados o los deja como uno más en el calendario.

—No sabía que vendrías.

—Perdón, no quería incomodar a nadie.

—No es eso. Solo no sabía que vendrías.

—Si te soy sincero, yo tampoco lo sabía.

Desperté sintiendo este impulso de venir a acompañarlos.

Ni siquiera lo pensé, quizá debí, pero no lo hice.

Llevo días sintiéndome extraño. No sé, como si estuviera en modo automático.

Hago o digo algo y luego no lo recuerdo.

No sé, por ejemplo, qué comí ayer o cómo llegué aquí.

Te digo, es como si todo lo hiciera en automático, sin pensarlo.

—Te entiendo, también me pasa. Es difícil retener recuerdos, pero antes no era así, ¿no?

Cuando éramos adolescentes recordábamos todo lo que pasaba en el día, en la semana; recordábamos lo que habíamos hecho un mes antes con precisión.

Quizá es un síntoma de la edad. Ahora en mi cabeza hay dos o tres temas que van cambiando, pero a los que les doy toda mi memoria, toda mi capacidad mental y emocional.

—Tal vez tienes razón, puede que sea la edad. Pero no sé, tal vez debería regresar a terapia. No sé por qué la dejé.

—La dejaste porque tu psicólogo te ponía tareas. Decías que no hacías tareas desde la secundaria y no ibas a volver a eso.

—Me ponen muy de malas las tareas.

Fernando pregunta si quieren más leña. El fuego se irá apagando si no le lanzan algunos troncos.

Joana ya percibe cómo la temperatura ha bajado, se encuentra con los brazos cruzados para retener algo de su propio calor.

Durante un par de segundos, se escucha la duda de los amigos, suficiente tiempo para que Fernando decida tomar la decisión de ponerse de pie e ir en busca de la leña que guardan en un cuarto pequeño, donde también almacenan una variedad de objetos a los que les dan poca utilidad.

—¿Ya se reconciliaron?

La pregunta de Natalia interrumpe la conversación que Verónica y Joel estaban retomando. Ponen la espalda recta mientras buscan las palabras para responder. Verónica voltea hacia Joel, esperando que sea él quien rompa el silencio que ya se ha alargado más que suficiente.

—No entiendo —atina a responder Joel.

—Que me alegra que ya se hayan reconciliado, es lindo verlos platicar de nuevo.

—Pero nunca ha sido necesaria ninguna reconciliación. Siempre nos hemos querido. Claro que hay cambios en la dinámica, pero el núcleo sigue siendo el mismo.

—Bueno, eso, qué bueno que se han vuelto a encontrar.

Verónica ve a Natalia con resentimiento.

No tenía por qué hacer aquella pregunta tan imprudente.

Ojalá sea solo eso, imprudencia y no mala leche.

Joana alterna su mirada entre sus dos amigas y decide que lo mejor es llevar a Natalia a la cama.

Después de Rodrigo, ella es la que más ha bebido.

Un trago más y ya no solo tendrá que acompañarla a la cama, sino que tendrá que ayudar a limpiar el vómito o levantarla del piso.

Lo mejor es adelantarse. Ya es muy tarde de cualquier forma y ella ya no soporta el frío.

Fernando regresa justo a tiempo para ver cómo las dos chicas caminan hacia la casa.

Entiende que ya no tiene nada que hacer ahí, así que solo arroja los troncos hacia el fuego y le desea buenas noches a Verónica y Joel antes de irse a dormir.

De pronto, los sonidos de El Álamo se intensifican.

Ven como las luces de los cuartos se encienden y se apagan, y ellos no saben muy bien cómo llenar el silencio ahora que se quedaron solos.

Joel toma las últimas dos cervezas que hay en la hielera y deciden que se irán a dormir una vez que las terminen.

—¿Perdón?

Joel no intenta que sea una pregunta, pero sale como tal. No sabe qué es lo que Verónica quiere de él, pero está convencido de que debería dárselo.

—Ya no sé cuántas veces me has pedido disculpas.

—Yo tampoco, aunque seguro contigo tengo el récord. Pero parece, dime si me equivoco, que no ha sido suficiente.

—¿Por qué te disculpas, Joel? Me pides perdón sin decirme por qué, ¿de qué te arrepientes? ¿Qué hubieras hecho diferente? ¿Por qué nunca me has podido dar algún tipo de explicación? Me gustaría que mostraras otra emoción más allá del arrepentimiento. Decir perdón es decirme nada.

Entiende que debe disculparse, pero no sabe por dónde debería empezar.

Es mucho para que su propia mente lo comprenda.

Es el hilo que sale del suéter: si intentara jalarlo, ya no habría suéter, solo una bola de hilo.

Arrepentirse de algo es arrepentirse de otra cosa y luego de otra y terminar arrepintiéndose por ser quien es, por haberla conocido.

—Perdón por lastimarte.

—Está bien, Joel.

Está convencido, sus palabras han quedado cortas, su discurso es ineficiente.

No puede decir lo que piensa porque eso no serviría de nada.

Verónica no lo entendería, él tampoco termina de entenderse.

Lo que diga será diseccionado, escudriñado y, luego, confundido.

Así que la besa, sin una pizca de deseo, pero con todo el peso de la culpa.

Cuando piensa que la está besando sin desearla, la jala de la cintura para acercarla a él.

Pasa de los labios al cuello y del cuello al pecho, dejando un rastro débil de saliva con olor a miel.

La fogata se apaga de golpe, como si una nube encima de ella hubiera dejado caer toda la lluvia que llevaba consigo. Se van la luz y el calor. Verónica piensa que no necesitan del fuego. La memoria es suficiente para recordar cómo tocar sus cuerpos y el calor puede nacer del roce y la cercanía.

—Vamos a la casa.

Joel dice esto con la esperanza, con la creencia de que podrá recuperar el control de la situación. Hacer que Verónica duerma y así poder huir a su propia habitación. Encerrarse detrás de esa puerta hasta el amanecer.

Entran a la casa, no escuchan ningún ruido.

Los demás deben estar dormidos. Suben las escaleras, poniendo atención a cada escalón, al desgaste en el borde.

Pasan por la puerta que permanece cerrada.

Esta vez, Verónica no intenta abrirla. Llegan al cuarto donde deben tomar la decisión.

Dar un paso hacia el interior es, en realidad, regresar al pasado. Decirse: nada ha cambiado.