Capítulo 14
Los hombres encienden la fogata con facilidad.
Por suerte, Fernando se ha puesto ropa interior.
Verónica no sabe si podría encender una fogata, se ve sencillo, pero nunca lo ha intentado.
Siempre hay alguien que enciende el fuego por ella.
Le parece raro que nunca se ha quemado, ya no solo con las llamas vivas, sino que ni siquiera con el calor de una sartén, la cera de una vela o una gota de aceite.
Lo más parecido que ha podido sentir es el agua casi hirviendo en la regadera, pero disfruta de ese calor, la relaja; nunca ninguna ducha ha estado tan caliente como para hacerla sufrir.
Aunque suda mucho, su piel no se enrojece en el sauna como la de los otros.
Se pregunta por qué será. Debe probar un calor verdadero.
—¿Alguna vez te has quemado?
—¿Quemado? —pregunta Natalia.
—Sí, quemado, quemado. Con fuego, digo.
—Yo con un cuete cuando era muy niña, pero nada grave.
—¿Qué parte del cuerpo te quemaste, Joana?
—El pulgar. Recuerdo que me quedó negro, pero no sé si fue la pólvora que quedo en mi dedo o más bien era el color de la piel quemada.
—Ah, yo con un chispero. De esos que se ponen en los pasteles, ¿saben cuáles? Igual nada grave —retoma Natalia.
—Es que creo que yo nunca me he quemado. Estaba pensando en eso hace rato.
—¿Nunca?
—Y con nada. Yo qué sé, me faltó jugar más de niña o algo.
—Si tú lo haces, yo lo hago contigo.
Natalia le acerca el cigarro al que apenas le había dado un par de caladas. Verónica entiende de inmediato lo que le sugiere hacer.
Hace seis años, en otro lugar de El Álamo, todos sus amigos decidieron quemarse la muñeca con un cigarro.
Estaban borrachos y a alguien le pareció buena idea marcarse como muestra de lo que eran capaces de hacer por su amistad.
Todos, menos ella. No lograron convencerla.
Nunca entendió por qué los otros lo hicieron.
No mostraron dolor, pero la marca del cigarro tardó meses en desaparecer.
Joana fue la que más sufrió por aquella marca, a veces lloraba al verse la muñeca manchada por ese punto que parecía permanente.
Se ponía cremas día y noche que la ayudaron a ser la primera en deshacerse de la cicatriz.
Es por eso que a Verónica le sorprende que Joana le quite el cigarro a Natalia de las manos para marcarse de nuevo, justo en el mismo lugar.
No sabe si lo imagina, pero a Verónica le parece que el ruido que hace su piel es parecido al que hace la carne de hamburguesa cuando cae a la parrilla.
Verónica quiere cuestionar a su amiga, «¿qué haces?
¿no recuerdas lo que pasó la última vez?
» Pero no dice nada, no tendría sentido.
Lo hecho, hecho está. Además, no podría ser así de hipócrita.
Sujeta el cigarro entre el índice y pulgar, tiene que darle una calada para avivar el tabaco.
Lo presiona contra su muñeca, en un espacio que se deja ver entre sus venas.
«Entonces, así es como se siente», piensa.
Ese dolor que nunca antes había sentido y que no puede comparar con nada más.
¿Cómo le explicaría a alguien lo que sintió?
Y si alguien se lo hubiera explicado, ¿cómo lo habría entendido?
Rodrigo, Natalia, Fernando y Manuel se van pasando el cigarro. Siempre siguiendo los mismos pasos: una calada para que el tabaco adquiera un color similar a la fogata frente a ellos y después un segundo contra la muñeca.
—No tienes que hacerlo —le dice Verónica a Joel.
Él no formaba parte del grupo hasta que iniciaron su relación, no estuvo cuando se marcaron por primera vez.
Sin embargo, no parece incómodo por aquella flagelación.
El cigarro llega hasta él. Contempla la idea de unírseles en el ritual.
No quiere ser aguafiestas pero, al mismo tiempo, no sabe si quiere compartir una marca con ellos.
Joel no debería estar ahí, terminar con Verónica es terminar con todos ellos.
Regresar a su departamento con la convicción del final de su relación y, a pesar de eso, cargar con un recordatorio ya no solo mental, sino físico, de que estuvieron juntos…
Joel le da una, dos, tres caladas rápidas al cigarro que termina por ser solo un filtro que arroja a la fogata.
De pronto, Verónica siente cierta presión en el hombro, como si una mano reposara sobre ella.
Una mano sin dedos. Siente como si un muñón intentara sujetarla por el hombro.
Sabe lo que hay a sus espaldas, no tiene que voltear para verlo.
En su cabeza, tiene grabada la imagen de aquel ser.
Levanta la mirada hacia el otro lado de la fogata.
Manuel la observa y le lanza una sonrisa rápida.
Esto le dice todo lo que tiene que saber: nadie más puede ver lo que hay detrás, solo ella puede verlo, solo ella puede sentirlo.
Nada ha cambiado. Quiere volverla loca, pero no le dará esa satisfacción.
Tendrá que hacer algo más para llamar su atención.
Eventualmente, se cansará. Si no la aterra, se aburrirá.
Eso es lo que ha leído en algunos libros.
Esos seres se alimentan del miedo, de la mirada.
No le dará nada de lo que le pida. Es mejor así, fingir que no existe.
Porque es verdad, no existe, no puede existir.
Trata de escuchar a través del fuego la conversación que tienen los demás.
Quiere que las palabras de sus amigos la regresen a lo real, pero le cuesta entenderlos.
El crepitar del fuego es más fuerte que cualquier otro sonido.
Quiere arrojar su trago a la fogata para apagarla, pero no sería suficiente.
Además, llegaron hace poco, nadie entendería su reacción.
Entonces, intenta dividir los ruidos, compartimentarlos.
El crepitar en un canal, las voces en otro, las ramas de los árboles movidas por el viento en otro.
Toma el sonido como si fuera algo físico, lo sujeta, lo mueve, lo coloca hasta que el volumen de todos los sonidos regresa a la normalidad.
Una ráfaga de viento sopla desde su espalda, hace que el fuego se agite, y el peso en su hombro desaparece.
—No, no comprendo por qué te pusiste de su lado —dice Rodrigo. No dice: escupe.
—¿De qué lado hablas? No hay bandos, no seas infantil.
Manuel no mira a Rodrigo al hablar, tiene los ojos puestos en la fogata. Sabe que mirarlo sería un desafío para el otro.
—Le dijiste que lo mejor sería que terminara conmigo. Eso es traicionar a tu amigo. El mundo es así: hay que elegir un lado. No puedes jugarle al neutral para no meterte en problemas, para caerle bien a todo el mundo. Defiende tu postura por una vez en la vida.
—No podemos estar en paz cuando tomas. Eres alcohólico, Rodrigo.
Manuel lo dice con el cansancio que viene después de hablar del mismo tema muchas veces antes.
Se ha cansado de la conversación, de intentar ayudarlo y solo escuchar excusas.
«No es mi culpa», piensa. «Siempre tengo que ser el intermediario en sus relaciones.
Todas las mujeres que han salido con él desde que lo conozco se han acercado a mí para pre guntarme, para decirme, para pedirme.
Como si yo tuviera algún tipo de control sobre él.
Ni siquiera me escucha. Todo tiene un límite.
¿Qué debía aconsejarles?, ¿qué le tuvieran paciencia?
¿Decirles que abajo de aquel barril lleno de alcohol hay un hombre bueno, en control de sí mismo?
No, estoy cansado de ponerle excusas, de mentir por él».
—Estoy enfermo.
—Sí, Rodrigo, pero cuando yo estoy enfermo voy al médico, tomo mi medicina. Tú solo sigues bebiendo.
Rodrigo se termina la cerveza sin quitarle la vista de encima a Manuel, pero él sigue sin voltear a mirarlo.
Sabe que su amigo tiene razón, pero no quiere darle ningún tipo de satisfacción.
Ni una disculpa, ni siquiera quedarse callado.
Olvidar el reclamo. No entiende por qué lo hace, pero mientras arroja la botella hacia unos arbustos, sabe que mañana se arrepentirá de lo que ha dicho.
Verónica ve cómo la botella es absorbida por el arbusto casi sin moverse. Se ve quieto, imperturbable. Ni siquiera el viento mueve las ramas.
—Bueno, esto fue mejor que la insoportable small talk que estábamos teniendo.
Solo Rodrigo reacciona al comentario de Fernando.
Se pone de pie y camina de regreso a la casa.
En su caminar puede percibirse que cada paso le cuesta trabajo; tiene que mandar la orden consciente a sus pies para que se muevan sin tambalearse.
Manuel también se levanta y se va por el camino contrario.
Sabe que sus amigos le harán preguntas. Está demasiado cansado para responderles, para repetir lo mismo que ha pensado muchas veces.
Verónica aprovecha que los demás están desorientados, tratando de entender lo que pasó, para asomarse al arbusto.
Quiere recoger la botella para no dejar basura tirada, pero no la encuentra a simple vista y no quiere meter la mano por miedo de encontrarse con algún animal o rasparse con alguna espina.
Regresa a tiempo para escuchar con claridad cómo sus amigos discuten sobre Rodrigo.
No sabían que es alcohólico. Es cierto, siempre que se encuentran en El Álamo beben todos los días, pero lo que sucede ahí no es un reflejo de la realidad.
Están ahí para desconectar de sus vidas, para reencontrarse una vez al año.
No podían saberlo, ellos ya no conocen al Rodrigo actual, excepto Manuel.
Él ha tenido que verlo caer en el alcohol una y otra vez.
Nadie lo diría, pero una parte de ellos se alegra del ritual anual; no podrían convivir todos los días con quienes se han convertido.