Capítulo 13
Antes de bajar al sauna, Verónica intenta abrir la puerta que siempre ha estado cerrada.
Esta vez escucha un clic, pero la manija sigue sin girar.
Está detenida en su posición horizontal, como si estuviera acostada.
Durmiendo y viviendo un sueño profundo del que no puede despertar.
Soñando con todas las cosas que no puede mostrar.
Vuelve a intentarlo. Trata de bajar la manija, de vencer el seguro, pero nada sucede. La puerta sigue cerrada y no puede saber qué hay detrás.
Nadie había encendido las luces del camino, pero ya era muy tarde para hacerlo ella, esos focos solo se encienden des de el interior de la casa.
¿Será que no han llegado al sauna o a nadie le importó la oscuridad?
Verónica camina despacio, aunque conoce el camino, no sabe si algo ha cambiado.
Quizá un cable o una piedra podrían hacerla tropezar.
Camina despacio no solo por eso, sino que aún siente que alguien la observa.
Unos ojos clavados en su espalda que le impiden acelerar el paso.
Si caminara más rápido, si corriera, esto alertaría a quien sea que la esté observando.
Es mejor fingir que nada sucede, pronto llegará al sauna y podrá cerrar la puerta.
Apoyar su espalda contra ella para que nadie más entre hasta que sus amigos lleguen.
Cuando por fin se acerca lo suficiente, puede ver a la mayoría de sus amigos a través del cristal, que no debería ser cristal, sino metal de no haber sido modificado.
Ahí dentro está Natalia, sentada con su traje de baño y una copa de vino blanco en la mano.
Verónica se detiene un segundo, su cuerpo no le permite procesar que su amiga está ahí y no arriba hablando con Carolina.
Escucha un ruido, algo que se arrastra por el suelo.
Podría ser una ser piente o una lagartija, pero ella no se queda para averiguarlo, acelera el paso.
Ya no le importa si alguien la está observando, quiere salvarse de la mordida de la serpiente.
La temperatura dentro del vagón apenas es más cálida que el exterior, se percibe que ha pasado poco tiempo desde que encendieron las resistencias.
Joel le pregunta si está bien, la vio correr esos últimos pasos.
Ella solo menciona el ruido que escuchó.
Él le sonríe, sabe que le siguen aterrando las serpientes, eso no es algo que cambie después de unas semanas.
Es un miedo que suele acompañar a las personas durante toda la vida.
Le conmueve saber que hay cosas que no cambian, que puede reconocer a Verónica, pues sigue siendo la misma mujer que no puede ver a esos animales ni siquiera en la televisión.
Ella no trajo ninguna copa de la casa, pero hay vino en latas, así que toma una.
No le dice nada a Natalia. No pregunta por la llamada que escuchó, no hace mención de Carolina.
No lograría nada al traerla de nuevo a la conversación, no quiere arruinar la atmósfera que se ha creado. Este espacio más tranquilo, más cómodo.
En busca de respuestas, contempla la posibilidad de que no fuera Natalia la que hablaba con Carolina, sino Fernando, que es el único que no ha llegado al sauna.
Escuchan música electrónica con una bocina pequeña que alguien debió llevar.
Parece que los demás vinieron más preparados que ella.
No sabe cómo es que todos llegaron tan rápido si ella solo subió a ponerse el traje de baño.
Natalia se acerca a su oído, le dice que parece que el ritual funcionó.
Le lanza una mirada rápida a Joel, luego a ella, y una sonrisa.
A Verónica no le parece que haya funcionado.
Está ahí, es cierto, pero no ha regresado.
Algunas veces se pregunta si el hombre que ella veía alguna vez estuvo ahí o si ella lo imaginó en su locura.
Sobre todo ahora, que se le aparecen figuras extrañas y percibe miradas y escucha voces.
No debe pensar en eso, sabe que la mente puede alimentarse de las ideas que se le den.
Absorbe indiscriminadamente la realidad y la fantasía. Lo bueno y lo malo.
—¿Qué le pasa a Fernando? No parecía tan borracho.
Manuel es el primero que ve a Fernando acercarse a ellos.
En una mano carga una cubeta con hielos y un par de botellas.
Eso es todo. No lleva nada más, sin sandalias que lo protejan del camino empedrado.
Sin traje de baño, sin ropa interior. Entra al sauna completamente desnudo.
Todos levantan la mirada, intentando no ver lo que creen que no deberían ver.
—Desde que regresó de Finlandia se desnuda a la menor provocación. Yo todavía no me acostumbro y eso que lo he visto algunas veces más que ustedes.
Esto no le molesta a Rodrigo. La realidad es que está acostumbrado a ver el cuerpo desnudo de Fernando.
Lo ha visto desde que eran muy pequeños.
Ellos dos fueron los primeros que notaron cómo sus cuerpos iban cambiando.
Saliendo de la escuela, se reunían con la excusa de hacer las tareas, pero más bien querían verse desnudos.
Ver las similitudes y las diferencias entre ellos.
Una vez que descubrieron que sus cuerpos detuvieron el cambio acelerado, dejaron de compararse entre sí y pasaron a compararse con los actores que veían en los videos pornográficos.
No fue hasta que Rodrigo tuvo su primera novia que dejaron de reunirse para masturbarse juntos. Nunca más volvieron a ser tan unidos.
—Como los poco agraciados no pueden soportar su desnudez, nos han forzado poco a poco a que tengamos que vestirnos siempre que estamos en público.
Este país moralista nos ha arrebatado hasta eso.
Ni en las playas, ni en los saunas de los gimnasios.
Ni siquiera en nuestras casas. El otro día vinieron a tocar a mi departamento para quejarse de que me vieron desnudo desde el edificio que está del otro lado de la calle.
Es facilísimo no ver, voltear a otro lado —lo dice sin emoción en la voz, incluso cuando se enoja o se alegra, habla con una voz monótona, pero no aburrida.
— Wow , en serio tienes una postura sobre la desnudez.
—Estar desnudo es una de las pocas cosas que sé hacer bien. Véanme bien, quiero que todos me vean. Es la única forma en la que dejará de ser incómodo. Todos. Verónica, tú también. Y tú, Joel. Verme no te hará gay, ¿eh? Listo, no hay sorpresas. Ya podemos seguir tomando.
—¿Quieres otra?
Verónica tarda un poco en entender qué es lo que Joel le pregunta, no sabe en qué momento se terminó su lata de vino.
Lleva apenas cinco minutos dentro del sauna.
Tiene que ser culpa del calor, su necesidad de hidratación que no discrimina entre agua y alcohol.
Antes de que pueda responder, Joel ya le ha quitado la lata vacía de las manos y le ha puesto otra recién abierta.
Ella lo mira a los ojos y le agradece mentalmente.
Quiere ver si él entiende lo que ella piensa o si por lo menos reconoce los gestos que utiliza para agradecer, si los recuerda.
Pero Joel no le regresa la mirada, la cuida, pero no la observa.
Siente como si una mano invisible le apretara el cuello, le cuesta respirar y pasar saliva.
Siempre ha buscado su mirada, pero, incluso cuando seguían siendo novios, Joel no podía ver los ojos de Verónica por más de tres segundos.
Ella los contaba, siempre. Perdía el hilo de la conversación porque le interesaba más cuánto tiempo podría mantener la mirada.
No importaba si le compartía un recuerdo de la infancia, si le hablaba sobre la conversación que escuchó en el café o si lo ponía al día con el drama familiar.
Las únicas veces que podía verla a los ojos por más de tres segundos era cuando ella lloraba.
Verónica siempre pensó que esto era porque realmente no veía sus ojos, sino las lágrimas que se le acumulaban.
Era eso o en realidad a él le gustaba verla triste.
Se pregunta por qué quiere que Joel la mire, qué gana con esa mirada.
No llega a una respuesta, solo sabe eso: quiere ser mirada.
Se rinde y gira su rostro hacia el exterior.
Se sobresalta al ver a través del cristal aquella figura que cada vez le resulta más familiar.
La sombra con el contorno iluminado. En donde deben ir los ojos, tiene unos huecos que permiten atravesarlo, ver los árboles que hay detrás.
Cierra los ojos, sabe que su imaginación está jugando en su contra, que un poco de oscuridad la regresará a la realidad.
Pero en cambio, en ese flotar en el espacio, donde no debería escuchar nada, hay una voz que le dice: yo siempre te he visto por quién eres.
No es la voz la que le hace abrir los ojos, sino el sudor que se cuela por debajo de sus párpados. Ya no espera que alguien más vea lo mismo que ella. No hay nada del otro lado del cristal. Todos siguen hablando como si nada hubiera pasado, porque es verdad, nada de eso pasó.
Verónica suda más que los otros, no importa cuántas latas de vino se termine, si no sale pronto del sauna, podría desmayarse.
Pero no quiere adelantarse a la fogata, sobre todo después de reencontrarse con aquella sombra.
Por suerte, todos deciden acompañarla, pues no tiene ningún sentido pasar más de treinta minutos en el sauna.
Aunque ella es la única que sigue bañada en sudor, los demás ya tienen la piel roja y Rodrigo lleva tiempo quejándose de cómo la cadena que lleva alrededor del cuello lo está quemando.
Salir del vagón los hace sentir más vivos que nunca, no solo la frescura del aire les calma la piel, sino que el aroma de los álamos les recuerda que están rodeados de naturaleza; de árboles y animales que llenan el vacío de la noche con sus ruidos.
Podrían dejar de hablar, no existiría el peso de los silencios incómodos que han cargado sobre ellos desde que llegaron.
Pero ahora sí les apetece platicar entre ellos, el alcohol los ha vuelto sensibles y el calor del sauna les ha acelerado el corazón.
El sonido de la noche es opacado por la bocina que Natalia saca del vagón, que habían dejado ahí dentro.
La música no molesta, les va marcando el paso y el camino hacia el lugar donde deberán iniciar la fogata.
Bailan un poco mientras caminan por el lado opuesto al que llegaron.
A Verónica ya no le preocupa encontrarse con una serpiente, no porque haya superado el miedo que les tiene, sino que ya no logra escuchar a los animales rastreros que la rodean.
Dentro de la propiedad, hay decenas de ratones y lagar tijas, más de diez serpientes y un par de coyotes.
Hace una semana, los coyotes no habrían entrado a El Álamo, pero ahora mismo se sienten atraídos por algo que flota en el aire, inodoro e invisible.
Los amigos no lo han notado, pero a su alrededor los árboles son más verdes que en el exterior, a pesar de que hace frío y el otoño ha llegado.
El Álamo es el terreno más verde y más vivo.