Capítulo 11
Tiene la mejilla húmeda por su propia saliva, pero despierta de la siesta sintiendo que no descansó.
No se abrigó para dormir, sabía que si ponía algo de peso encima de ella, no despertaría hasta la mañana siguiente.
En su departamento tiene un par de cobijas pesadas que le hacen sentir tan segura que solo las usa cuando no tiene que despertar temprano al día siguiente.
Su computadora se encuentra sobre la cama y en ella se reproduce un video de dos horas con música para dormir.
No recuerda haber puesto esa música, no recuerda ni siquiera haber sacado la computadora de su maleta.
No la cierra, de cide que quiere tener algo de ruido mientras se acomoda el cabello y termina de maquillarse.
Sabe que detrás de la puerta, en algún lugar de la casa, debe estar Joel.
Seguro sigue dormido o ya se encuentra en el primer piso bebiendo o charlando con alguien, contándoles qué cosas ha hecho durante las semanas que no ha estado con ella y durante el año que ha pasado desde que estuvo en esta casa.
No sabe cuánto tiempo durmió, pero el sol sigue entrando por la ventana.
Estos días ha estado oscureciendo poco antes de las siete, así que calcula: «Deben ser apenas las seis».
Abre la ventana, un aroma a humedad entra de golpe al cuarto y le parece que esa podría ser la señal de que una buena noche está por empezar. Quizá algo nuevo podría nacer.
En el otro cuarto, Joel despierta desconcertado.
Sabe que está en El Álamo, sabe que él mismo manejó hasta llegar ahí.
Sabe, sabe, sabe todo lo que ha hecho para llegar a este momento y aun así no lo entiende.
¿Por qué hace lo que hace? Siempre se pregunta lo mismo.
Desde hace mu chos años, quizá toda su vida, ha ido por el mundo sin poder pensar antes de actuar.
No puede, lo ha intentado, ir contra sus impulsos.
Cuando quiere algo, lo toma. Si no le apetece hacer algo, no lo hace.
Si quiere estar solo, se queda en casa sin responder el teléfono.
Si quiere compañía, sale, la encuentra. Sus acciones siempre, en el pasado, venían del deseo.
Pero él no quiere estar aquí. ¿Qué le dirá a Verónica cuando la vea, qué ha reconsiderado la ruptura?
Eso sería mentirle, y ya no puede, ya no quiere mentirle más.
Si dijera otra mentira, no sabría cómo salir de ahí, perdería el norte.
Tendría que armar un escenario para que, una vez más, sea Verónica quien descubra las mentiras y no él quien confiese los engaños.
Tocan a su puerta. Detiene su respiración por un momento, como si de esta forma pudiera pasar desapercibido.
—¿Quién?
—Soy yo. Ya están sirviendo la cena, te esperamos abajo.
Es Fernando quien le da el aviso. Reconoce su voz como una de las más graves que ha escuchado en toda su vida. Sabe que de haber tenido su mano contra la puerta habría podido sentir la vibración de la madera al chocar contra esa voz.
—Voy —dice en voz baja, pero ya nadie lo escucha. Fernando bajó al comedor sin esperar ninguna respuesta.
Echa un vistazo rápido al espejo para ver si se ve presentable y se enjuaga la boca con agua.
Si abre la maleta para sacar su cepillo de dientes, tendrá que ordenar el resto de cosas que ha traído y no quiere que los demás se desesperen.
Sale del cuarto y camina por el pasillo, ve que la puerta de Verónica está abierta.
La luz cálida de la lámpara de mesa contrasta con la luz azulada que entra por la ventana.
Se asoma un poco, sin cruzar el umbral, pero no hay nadie dentro.
No se escucha ningún ruido ahí, sin embargo, allá abajo puede oír cómo las sillas se arrastran por el suelo.
—Joana, ¿puedo cambiarte el lugar? No quiero estar frente a la ventana.
—¿Y eso?
—Me da miedo, no puedo dejar de imaginar figuras que pasan por la oscuridad. Estoy muy malviajada.
—Está bien, pero siéntate frente a mí. Ya a nadie le importará donde estemos sentadas. Que cada quien se siente donde quiera.
Verónica escucha el crujido de las escaleras, sabe que verá a Joel en cualquier momento. Se seca las manos en el vestido, pero no sirve de nada, se vuelven a humedecer al instante por culpa del sudor.
—Hola. Perdón, no quería hacerlos esperar. Me recosté en la cama y morí.
Joel se acerca a la mesa y abraza a las personas que tiene cerca y no había visto al llegar. Primero, le da un abrazo a Rodrigo; se golpean las espaldas y el ruido rebota por el comedor. Luego, abraza a Joana sin acercar mucho su cuerpo a ella.
Ha evitado ver directamente a Verónica, pero ahora tiene que saludarla.
No puede tratarla diferente, tiene que ser un encuentro natural.
Se hace consciente del movimiento de sus ojos.
La mesa, las velas, el suelo, su reflejo en el cristal de la ventana.
Se reconoce, es él, parado frente a su exnovia, solo la mesa entre los dos.
Sabe que la atención está en ellos, así que apresura el paso para rodear la mesa y darle un abrazo a Verónica.
La sujeta por la cintura y la acerca a él.
Puede sentir su cuello contra el suyo, sus pechos, su cadera, puede sentir incluso cómo se tocan sus pies.
Ambos se sueltan al mismo tiempo, pueden coordinar incluso cuánto debe durar el abrazo.
Joel se sienta junto a ella, cualquier otra elección de asiento hubiera resultado extraña.
Todos llenan sus copas con el vino que se encuentra en los decantadores que hay sobre la mesa. Lo sirven ahí no por la sedimentación u oxigenación del vino, sino porque se ven mejor que las simples botellas.
—¿Ya sabemos algo de Caro?
Verónica la recuerda al ver como todos están sentados en lugares diferentes y aprovecha para hablar de algo que quite la atención sobre ellos.
—¿Qué pasó con Carolina?
—Nada, Joel. Verónica está preocupada, pero la realidad es que no pasa nada. Hizo un berrinche y se fue anoche. La llamé, pero no entran ni las llamadas ni los mensajes. Seguro puso su celular en modo avión, a veces se desaparece así. Les aseguro que no pasa nada.
—Pero no puedes estar segura de eso. Entiendo que la conoces muy bien, Nat, pero quizá deberíamos tomarlo más en serio.
—¿Y qué hacemos? ¿Irnos? ¿Llamar a la policía y a los soldados que están en el camino?
—Quizá deberíamos.
—¿Por qué siempre tienen que arruinar la comida con este tema?
—Porque solo cuando comemos estamos todos juntos.
Nadie sabe qué deberían hacer, pero Rodrigo se ofrece a bajar al pueblo. Saben que los soldados están deteniendo a todos los que pasan por ahí, quizá puedan preguntarles si la vieron irse con el hombre con el que está saliendo.
Fernando y Manuel solo ven a los demás sin intervenir.
A Fernando le importa poco, está acostumbrado al drama de sus amigos.
Todos los años alguien se enoja y hace alguna escena para llamar la atención.
A Manuel le da pánico pensar que tendría que reencontrarse con los soldados o, estando ahí, con cualquier otro tipo de autoridad.
A Joana también le empieza a cansar esa conversación.
Todos son adultos, todos pueden cuidar de sí mismos.
No soporta los berrinches, los juegos, la insensatez.
Ella es la que se quedó, ella y todos los que están en esa mesa.
Nadie quiere estar ahí; está segura de eso.
Pero son ellos quienes lo soportan, quienes se quedan, porque así es la vida.
A veces se tiene que hacer lo que no se quiere y esperar un poco, o esperar simplemente, porque eventualmente todo termina.
Sabe que ya no podrá volver a ver a Carolina de la misma manera.
Ahora le ha perdido un poco el respeto. Deja de escuchar a los demás, no quiere intervenir.
Que sean ellos quienes se encarguen de decidir lo que quieren hacer.
Deja de escucharlos y solo mira su reflejo en el cristal de la ventana.
Ve cómo su cabello se mantiene, a pesar de la humedad que absorbió por estar en el baño con Verónica.
Ve sus ojos y le parece que la persona en el reflejo es ella, pero al mismo tiempo es alguien diferente, alguien que ella no conoce.
Piensa que eso es lo que pasa cuando uno se toma el tiempo para verse con atención en el espejo.
Sucede lo mismo cuando se repite una palabra muchas veces. Todo pierde sentido, todo es nuevo.
—¿Viste algo?
—¿Cómo?
—Por la ventana, ¿viste algo?
—Ah… no, no. Me estaba viendo a mí misma.
Verónica voltea a la ventana, pero su visión enfoca directamente a la oscuridad que hay detrás; al camino, los árboles.
Le cuesta un poco acercar el enfoque para lograr verse en el reflejo del cristal.
Pero ahí está, puede verse, no solo a ella, sino también a Joel.
Una cosa es verlo bajar por las escaleras, verlo sentado junto a ella, pero otra muy diferente es poder verse los dos, sentados uno al lado del otro en el reflejo del cristal, cenando en El Álamo, como si los últimos meses no hubieran pasado.
No sabe qué decirle, no sabe cómo actuar.
Le lanza miradas rápidas y discretas. Lo ve comer con cuidado, despacio y sin hacer ruido.
No lo admitiría, porque le parece tonto, pero que no haga ruido al comer siempre ha sido algo que le encanta de él.
No puede, pierde la cabeza cuando escucha a los demás masticar.
Es un ruido que no puede ignorar, que le taladra el cráneo y no le permite concentrarse en nada más.
Cuando iban al cine, podía prestarle atención a la película.
Cuando abría un libro junto a él, podía leer sin distraerse.
Es eso lo que más extraña de él: saber que está ahí. Su ausencia, en cambio, es muy ruidosa.
—Perdón por venir, no sé si esto es incómodo. Sentía que tenía que estar aquí y no pude ignorar el impulso.
—Solo es incómodo si lo volvemos incómodo. Algún día nos íbamos a encontrar, me da gusto que sea aquí.
—¿Estás bien?
—¿Tú estás bien?
—Sí.
—Muy bien, yo también.
Verónica se pregunta qué es lo que siente.
Qué es lo que pasará. Quiere tenerlo cerca, regresar con él, pero ¿cómo hacerlo con dignidad?
Sin mostrarse desesperada para no espantarlo con esa falta de orgullo.
¿Debe ser él quien se acerque? ¿Debe mostrarle lo que ha perdido?
¿Recordárselo? Quizá tocarle el hombro en medio de la conversación para que su cuerpo sienta el suyo y quizá la presión de sus dedos contra sus músculos despierten algo en él.
Debería, no está segura, seguir bebiendo para perder el miedo y la inhibición.
Puede que sea mucho, pero tal vez podría ir a su cuarto cuando todos duerman y entrar desnuda en su cama.
Recordarle así el calor, lo bien que se siente no dormir solo.
—Qué cena tan aburrida, por Dios. Yo de verdad creí que lograríamos pasarla bien estos días.
Nadie aquí sabe tener una conversación, no small talk , una conversación de verdad.
Podemos esforzarnos un poco, ¿por favor?
Beban, beban, beban, que todos ustedes son más divertidos cuando están borrachos —dice Fernando mientras les acerca las copas con una sonrisa—.
Bebamos y vayamos al sauna. Dios sabe que todos necesitamos relajarnos un rato.
Podemos encender la fogata y terminar ahí la noche, aprovechemos que no está lloviendo.
Me encanta tenerlos aquí, pero, por favor, no seamos tan aburridos.
Todos asienten, están de acuerdo con Fernando.
Deben esforzarse un poco más. Esforzarse solo una vez al año para mantener estas relaciones que quizá ya no son tan importantes, pero que siguen siendo un mapa.
Entre ellos se reconocen, se reflejan. En los demás, pueden ver quiénes son o por lo menos quienes fueron.
Fernando se levanta de su silla y regresa con una botella de tequila.
Empieza por el final de la mesa. Toma el rostro de Joel, le acerca la botella a los labios y este abre la boca.
Toma unos tragos de tequila sin derramar ni una sola gota.
Fernando sigue con los demás. Todos toman, aunque algunos de ellos tratan de librarse o beben apenas el equivalente a medio shot .
—A ver si esto hace que las cosas cambien. Vayan al sauna, lleven lo que quieran tomar. Se suda mucho ahí dentro, así que lleven su alcohol, pero también algo de agua. Yo iré acomodando la fogata, ahora los alcanzo.
Manuel sugiere que lo mejor será llevar la hielera, así tendrán todo lo que necesiten sin tener que salir al frío.
El sauna se encuentra en la parte trasera de la propiedad.
Es un vagón de tren de la época de la Revolución mexicana que después uno de los tíos de Fernando recuperó y convirtió en sauna.
Solo el esqueleto del vagón sigue siendo auténtico, todo lo demás fue remplazado.
Verónica se pregunta qué sentido tiene presumir ese pedazo de historia cuando lo deshuesaron para convertirlo en algo tan diferente, sin conexión alguna con lo que representaba.
Nunca le ha gustado usar el sauna, piensa que seguro algunas personas murieron ahí dentro.
Es absurdo tratar de relajarse en el mismo lugar donde otras personas murieron o pelearon o pasaron hambre.